Cuando era pequeño, me cautivaron cuentos en los que valerosos príncipes a caballo blanco debían llegar a la torre de un castillo, rodeado de peligros y adversidades, para salvar a la pobre y frágil dama. En clase, comencé a conocer la historia del ser humano, supuestamente escrita con el puño y letra de varones. Y vi también, cómo cuando era el cumpleaños de una amiga, esta recibía accesorios cursis o muñecas delgadas, maquilladas y muy bien vestidas, mientras mi colección de Gormitis (incansables en el campo de batalla del salón), iba acrecentándose más y más.

El machismo es un fenómeno social histórico e internacional, cuyas manifestaciones culturales se hallan totalmente arraigadas en nuestra sociedad, e interiorizadas desde que tenemos uso de razón, queramos o no.
Su patrón de comportamiento, se encuentra coyunturalmente vinculado al modelo de cualquier forma de opresión de un colectivo social hacia otro. Tanto en el movimiento obrero ruso, el racismo norteamericano o el nazismo alemán, dejando a un lado las importantes diferencias en las consecuencias directas que han implicado cada uno de ellos, en última instancia, el esquema es similar, al haber un elemento clave diferenciador sobre el que se articula el conflicto: la clase social, el color de piel, las convicciones religiosas…

Si hablamos específicamente de la mujer, existe un drama y una esperanza. El drama es que aún haya quien piense que el ser más fuerte, elevar más el tono o actuar con unos desorbitados niveles de testosterona, revela mayor capacidad de liderazgo o derecho de ser admirado. La esperanza consiste en algo muy sencillo: las mujeres conforman más de un 50 % de la población mundial, y si ellas paran, se para el mundo.

Hoy en día es, sin embargo, muy ilustrativo y triste, ver cómo la primera línea política se compone fundamentalmente por hombres; aquellos que deben representar a todos los españoles resulta que ni en eso los representan. Cómo, si uno enciende la televisión para disfrutar de un partido, parece que el deporte hegemónico del fútbol está reservado en exclusiva para los caballeros, y son ellos los protagonistas de las noticias del día siguiente y quienes gozan de ferraris y mansiones, al tiempo que ellas padecen la marginación desde pequeñas, para acabar cobrando la mitad bajo la atención de un público más bien discreto. ¿ Y cuántas chicas están dirigiendo grandes negocios, al frente de multinacionales o compañías de relevancia ? Lamentablemente, muy pocas. Pero lo peor de esta situación, no es sólo pensar en ese monopolio masculino del poder político, económico y cultural, sino darnos cuenta de que en el día a día, en trabajos corrientes, cotidianos, populares, tampoco hay justicia. Porque existe algo llamado brecha salarial, que hace que por tareas iguales se pague diferente. Y eso va en contra de la democracia y de los derechos humanos.

Por otra parte, no sólo basta con igualar salarios, sino que también es crucial igualar oferta de trabajo en determinados sectores tradicionalmente masculinizados, que es necesario redefinir en sus términos más básicos a través de la educación y transformación social. Discrepo enormemente con aquellos que defienden la preparación física en el mundo militar, como factor principal y razonablemente discriminatorio, y pienso con humildad, que aunque esta sea inequívocamente relevante, nos iría mucho mejor si hubiera una mayor proporción de mujeres en dicho ámbito, que llevasen la inteligencia y el sentido de la responsabilidad por bandera, sobre el impulso y la agresividad de algunos.

Como hombre, opino que otro de los síntomas más claros del machismo, tiene que ver con la cosificación. Hay muchos, que cuando ven a una mujer sólo observan un cuerpo que les atrae. Y evidentemente no es un problema que a un hombre le pueda gustar el sexo opuesto y que su comportamiento se pueda ver influído por ello. Pero lo que sí es grave es que se pierda total empatía por la persona que está detrás de lo puramente físico y, lo que es peor, que sólo se tenga en cuenta su atractivo, menospreciando todas sus capacidades emocionales o intelectuales. Además, ella no se viste ni se arregla para que no le quites ojo o sueltes piropos inoportunos, lo hace por ella misma y debes respetarlo.

En valor de lo explicado, creo que podemos entrar en una segunda fase, haciendo una perspicaz lectura introspectiva (con autocrítica si fuera necesario), y darnos cuenta de que esta realidad lleva frente a nuestros propios ojos toda la vida, en los pequeños detalles del día a día. No es casualidad que sea el varón quien siempre pida la cuenta, asumiendo el papel de protector, cortés y poderoso. No lo hace por mal, sino porque lo ha hecho siempre. Ese es y ha sido su rol. ¿ Y quién no ha visto alguna vez el temor ante la conducción de una mujer, el menosprecio por aportar una opinión, la idea de que es ella quien debe ocupar la cocina mientras el hombre va al trabajo y disfruta de la vida, o el control enfermizo de los contactos en el móvil y de la ropa que se pone ? Creo que todo el mundo, aunque haya quien exclame que ni machismo ni feminismo o que ya hay igualdad y somos todos unos paranoicos.

Lo que es claro, es el denominador común de estas cinco situaciones: la subordinación de la mujer, que se ve relegada a un completo segundo plano. Pero ella no es de él ni de nadie. Es solo de ella misma, y debe empoderarse.

En este contexto, considero el papel de la educación pública muy importante para acabar con esta lacra, debido a que la masculinidad y feminidad tal y como han sido diseñadas socialmente, y cómo las hemos asimilado, tampoco ayudan. Si entendemos que el hombre es rígido, frío y no debe mostrar sus sentimientos y ser fuerte, y la mujer es la sentimental, que llora por todo y acaba en los brazos de su salvador, es obvio que la dificultad para mejorar es mayor. Como hombre me pregunto y considero una reflexión muy valiosa y necesaria, cómo podemos construir una masculinidad feminista, que no pierda una esencia ligada al género, porque creo que esto no es malo y que el hombre no es machista por definición, pero que a la vez, responda a los nuevos horizontes por medio de una actitud favorable a la convivencia, al respeto y a la paz.

Cuando hablamos de feminismo, hay quien se preocupa mucho porque estamos diciendo que el hombre es igual a la mujer, y vamos a perder el encanto inherente a cada género que ha definido el conjunto de años que forman nuestra historia. Pero eso es simplemente falso. El feminismo no dice en ningún caso tal cosa y, sinceramente, dudo un poco de las intenciones reales y de la ideología de quien lo interprete así, porque no es que no lo entienda, es que no quiere entenderlo. Los dos géneros son lógicamente diferentes, y se complementan entre ellos, no sólo en el amor, sino en las virtudes de cada uno, haciendo de sus similitudes un punto de unión y de sus divergencias una fuente de riqueza. Lo que reclama este movimiento desde que nació, es la igualdad real de derechos y libertades. Es que una joven pueda salir tranquilamente de noche sin echar la vista atrás por si alguien la persigue. Es que ninguna estudiante tenga que sufrir el miedo ante el posible acoso y humillación de profesores con impulsos patológicos. Es que no vuelvan a suceder terribles casos como el de la violación de la Manada. Y es también, que dejen de morir de una vez, más mujeres. Porque estamos hartos de que los periódicos lleguen a casa manchados de sangre y de que haya quien proponga derogar la ley de violencia de género o culpe, hasta en estas barbaridades, a la víctima y no al agresor.

En este sentido, me gustaría mencionar también algunos mantras que desgraciadamente se han extendido en esta época, que tratan de desvincular el carácter machista de la violencia machista, alegando que se trata simplemente de violencia y que procede simplemente de psicópatas. Y sí, es cierto que quienes cometen estos crímenes son unos psicópatas violentos. Pero son unos psicópatas que “ casualmente “ descargan su ira sobre mujeres por todo el territorio, en numerosas ocasiones cada año. Y resulta que lo hacen en un contexto social concreto, con unas circunstancias y un entorno concreto, que obviamente les condiciona. Si en EEUU han muerto tantos negros a manos de blancos, es evidente que esto se ha producido por la falta de humanidad de ciertos blancos, pero también es evidente que dichos blancos han actuado así como peones de un tablero prediseñado y preconfigurado que los impulsa y que los mueve en el subconsciente. Así que hablar de violencia de género es hablar de una violencia que tiene distintos grados de intensidad , pero que se nutre de una realidad cultural material y tangible, que nos invade a todos.

En estos tiempos que corren, algunos se hacen la víctima y piden el socorro ante la llegada del final de los hombres. Permítanme que me ría. Otros, ya están hartos de escuchar la palabra feminismo, pero el machismo en cambio no les molesta tanto. Permítanme que me averguenze. Y, por último, hay quien directamente niega la existencia del machismo, y estigmatiza al feminismo, como ha pasado con tantos otros amplios movimientos populares (he ahí el 15M), definiendo las ideas de millones y millones de mujeres a través de dos o tres acontecimientos puntuales. Permítanme que les llame cobardes.

Al margen de esto, es la obligación moral de todos los hombres comprometidos con la igualdad y con una sociedad más justa, que tomemos real conciencia de lo que están sufriendo muchas mujeres, para no caer nunca en comportamientos indecentes, y que acompañemos a las protagonistas de esta historia. A las luchadoras que merecen vivir con aires de paz y tranquilidad de una vez por todas, y llevan demasiado tiempo sin saber lo que eso significa. Porque por encima de todo, el ser humano se encontrará a sí mismo y alcanzará el mayor grado de prosperidad, cuando entienda que es social por naturaleza y que la única forma de avanzar es caminando juntos. Caminando con personas de otro sexo, de otra raza, de otra orientación sexual, de otra religión o de otra ideología política. Pero, al fin y al cabo, con personas.

Hagámoslo por las hijas del mañana. Para dejarles un mundo mejor en el que vivir, con unas normas de juego definitivamente iguales para todos.

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