El defecto o la condición humana que siempre es más indignante, más involucionista, más desalmada, más banal, más provocadora de un “todo vale”, más antiética y más terca en el error es (racionalmente) el NO SABER VALORAR. ¡Claro!, pues ya un ser humano cualquiera sabiendo valorar al momento tiene garantizado ser muy sensato, ser muy prudente, ser muy comprensivo, ser muy sabio, ser muy justo, ser muy generoso, ser muy ético o, en el fondo, sin duda lo tiene todo para que sea posible el bien en él.

Pero el no saber valorar no es una determinación ajena a la voluntad ni es una incapacidad producida por un solo factor o por pocos,  sino en realidad es un producto de vejaciones (de dignidad o de capacidades éticas) que una persona ejerce sobre ella misma y, además, por muchas circunstancias, que la sociedad (o un grupo social con sus ayudantes-cómplices) ejerce sobre ella.

El no saber valorar empieza en muchos ámbitos vitales y consentimientos:  en el sobreproteccionismo, en la pérdida de la propia identidad, en una errónea mediación cultural absorbente o alineadora (la cual confunde todos los valores), en ésa obsesiva búsqueda de un protagonismo social tan forzado, tan ficticio, tan irresponsable o tan chuli-frivolizante (como es el caso del que se realiza en las redes sociales), en una ausencia de unas éticas referencias (que siempre suelen estar vetadas o no facilitadas socialmente) y en la gran desinfomación ya programada o ya ideada por muchos retorcidos intereses sociales. ¡Obvio!, puesto que innegablemente no van a quedar sin actuar o sin influir en todo lo que se pueda para sus propios beneficios. Así es.

El no saber valorar, tal incapacidad, es como la ignorancia, sí, que deja todo bien sin verse en una persona en concreto. Y, al no verse un bien, pues ya no se defiende ése bien o se defiende el que tiene confundido o asimilado (en una apariencia) como bien;  o sea, se maldefiende a cualquier bien por seguro y aun se maldefiende siempre así a la misma racionalidad.

El caso es que el no saber valorar crea, una vez y otra,  tantísimas consecuencias o inevitables infraestructuras suyas en la sociedad que, transcurrido cierto tiempo, ya algunos bienes pierden movilidad social o un mínimo respaldo social. Y en su puesto lamentablemente queda (justificado o buenizado) lo que sí ha conseguido ése requerido respaldo social:  unos impulsos por llegar a las apariencias, unos criterios de valoración muy enfermos ya de frivolidad (a trasnochado e indolente carpe diem), una retoricidad vacua-esteticista que siempre produce mediocridad o una imponente demagogia que, estúpidamente, siempre aborrega o ya lapida la capacidad de conciencia. ¡Eso es! Y la conciencia es algo muy importante para saber lo que hacen unos u otros, y si lo hacen correctamente o no.

No obstante, tarde o temprano, lo esencial tiene que exigirse, ¿cómo no si conlleva el bien?, ¡sí!, tiene recuperarse al fin ya o de una vez, con la lucha suficiente, con el riesgo necesario (en racionalidad); ¡sí!, que es como el recuperar la tierra para una planta, como recuperar lo que el ser humano ha ido perdiendo de su condición natural o antihipócrita.  Pero la sociedad eso no lo va a hacer, no lo va a consentir, no lo va a ayudar, ¡nunca!, tan presa o enganchada que está de sus intereses sociales fijados o dominantes.

El que sí lo va a hacer es únicamente el que siempre demuestra razón-ética sin parar (avalándolo su historial de hechos o su currículum), el que nunca ha traicionado a sus deberes éticos, el que nunca se ha movido por lo que les gusta a tantos retorcidos intereses sociales, el que es para sí o para lo que tiene que ser  por su propia y auténtica integridad-equilibrio, el que tanto ha perdido porque gane una gota de razón al menos… o de cordura. ¡Ése!

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre