Ah Houellebecq, enfant terrible y ancien terrible, cómo me ha gustado tu novela, lo he pasado genial, y el último día -como en mis mejores tiempos- me zampé doscientas páginas del tirón, aunque para hacerlo tuve que ponerme unas gafitas de cerca por primera vez en mi vida, y no fue del todo fácil porque las únicas que tenía a mano eran unas rosas y muy cursis que debió olvidarse alguna de las escritoras que navegan conmigo los jueves en El Barco-Taller.

Pero cuando terminé de leer, excelente final que en mi cara -soy un tío raro- dibujó una sonrisa de comprensión y satisfacción, hasta las gafitas rosas me hacían gracia y me levanté para buscar un espejo y hacerme una foto, que no un selfie, con ellas.

Cómo te encanta la vida, tío, y qué bien disparas contra ella. Cuatro hermosos suicidios en Serotonina, todos brillantes y tan románticos como el de Anna Karenina. Qué manera, si me permites la metáfora, de tirarte al tren: a la Garbo le habría encantado hacer de ti, o más exactamente de tu ingeniero agrónomo amante del porno y de la inevitablemente solitaria vida en la ciudad: monsieur Florent-Claude Labrouste.

Ya desde el principio me gustó que te transformaras y travistieras en un tío de cuarenta y seis años, es una edad que francamente está muy bien, y que te descojonases ya en la línea de salida de tu propio nombre como narrador y personaje: que si Florencias y Claudias…, lo que equivalía a decir: aquí voy a reírme de mí mismo a base de bien, todo lo que me de la gana. Y vaya que lo consigues, Michel, hermano Michel… hermanastro más bien, pues yo sólo de adopción, y parcialmente, soy francés. Te ríes de todo, y lo haces con gran arte, como debe ser.

Qué bien construida está la novela… al mirarla en su conjunto no he podido evitar pensar en Lorenzo Silva, a quien llamo -de corazón- amigo, y que es un “natural”, en el sentido inglés de la palabra, en el arte de las ficciones de largo aliento y que además tiene una novela de juventud, El Urinario, que siempre me ha recordado a ti…. Pero estamos hablando de ti, y de nadie más, perdóname Michel, perdóneme usted señor Houellebecq.

No te ha salido por casualidad la siembra perfecta de los fragmentos más escandalosos y de enfant terrible a lo largo de la novela: en los momentos oportunos, para que no decaiga, para salarla cuando corre el riesgo de parecerle al lector sosa.

Y cómo mantienes la rienda corta y firmemente sujeta en las páginas finales: un jinete cabalgando sobre un caballo de apariencia nerviosa, un pura sangre con los cascos acariciando el mismísimo borde del abismo: si me caigo será por que yo quiera.

Serotonina es un canto a la vida formidable, un pulso al tedio de vivir y a la impertinencia de la degradación del cuerpo que es la vejez. Y lo ganas, el pulso, con una facilidad sorprendente, genial y brillante. Mi aplauso y todos los bravos que quieras, ¡muy bien! Había visto algunas críticas y comentarios patéticamente negativos, pero seguro que no lo hacen con mala intención, hay mucha gente que no sabe leer; entre los llamados “profesionales de la literatura” también.

Gracias por la novela, Michel Houellebecq, me has devuelto las ganas y el placer de leer (llevaba alrededor de dos años casi sin), y gracias también a nuestro relativo Padre Herralde por enviarme un ejemplar, su editorial cumple 50 años y es una alegría que sea capaz de mantener su talante y lucidez.

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorEducación y gracias
Artículo siguienteLa liberalización del taxi que propone Casado supone entregar el sector a los fondos buitre
Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

diecisiete − catorce =