Salvo algunas excepciones, la prensa y los medios mayoritarios, más que ser un cuarto poder, se han convertido en una extensión del establishment. Apenas quedan espacios que se permitan una crítica política a diestra y siniestra. Estos reductos, usualmente están circunscritos al mundo del humor. Pero este pequeño mundillo al que se le permitía la rebeldía, cada vez está más acotado: en los últimos años hemos podido ver una proliferación de denuncias a humoristas, algunas por parte de la fiscalía, es decir, el Estado.

La cobertura mediática sobre la reivindicación catalana, a escala nacional, básicamente se ha hecho desde la perspectiva de Madrid, no ciudad en sí, sino entendida como un sujeto político determinado. Tal cobertura ha ocultado un aspecto a la sociedad española, al parecer de un servidor, muy importante: hasta que llegó la represión desencadenada a partir del 1-O, las movilizaciones no se sustentaban en la indignación, sino en la ilusión y las ganas de hacer algo nuevo. Se pretendía una ruptura, cierto, pero una ruptura con una concepción de la sociedad española y del Estado que, para muchos catalanes, imposibilita cualquier intento de cambio. Esta pérdida de la ilusión, y su substitución por la indignación, es, sin duda, una victoria del nacionalismo español. Aunque ya me dirán ustedes qué tipo de Estado y medios se congratulan con tales victorias. Y qué tipo de sociedad lo aplaude sin cuestionarse.

Uno no puede pasar rápidamente por el concepto de “ilusión” sin detenerse un momento. La ilusión es también una ficción, la proyección de un deseo futuro en el presente. La ilusión colectiva tal vez ilumine, pero a riesgo de cegar. Uno debe mirarse las propias ilusiones, y todavía más las colectivas, con cierta sospecha o, como mínimo, escepticismo e ironía (cosa que ya nos acerca al humor). Mirar atrás, al pasado, y ver las ilusiones de antaño, no solamente nos tiene que despertar cierta melancolía o alerta (depende de qué ilusiones uno mire) sino que debe provocarnos ese escepticismo. Para que el escepticismo no nos agarrote y nos sumerja en la inacción, disponemos de la ironía. La ironía de la sonrisa (no la carcajada) del sentido del humor crítico y autocrítico, es una de las mejores distinciones de los seres humanos. Me atrevería a decir que “un valor en sí mismo”.

Así pues, es necesario compensar la irracionalidad inherente a la ilusión con ironía y escepticismo; sospechar de nosotros mismos y de nuestras intenciones que, claro, siempre son buenas. El programa de “Polònia” puede enervar a muchos unionistas, cierto, pero la crítica a los políticos independentistas, incluso a la sociedad independentista (esos personajes obsesionados con ir a manifestaciones o decorar con lazos amarillos y esteladas), también es dura y descarnada.

El humor no solamente es la salvaguarda de las minorías (el ácido humor judío) sino que pone en solfa las mayorías (la crítica social de los Monty Phyton). El humor desnuda la incoherencia, incluso el ridículo, de cualquier posición extrema… y suele enervar sobremanera aquél que no percibe que su posición “también” es extrema.

El humor no es tan solo un vehículo para criticar a los políticos o a la sociedad, la parodia no es solo un altavoz de la queja, también es un reflejo de la sociedad misma. La teleserie americana “Friends” (“amigos”, recordémoslo, “amigos”) se visiona una y otra vez por distintas generaciones. Es un humor rápido y situacional, sucesivo, alegre y cómodo. En ese ámbito, es muy bueno. Es, por encima de todo, un humor “ingenioso”, con un ingenio basado en lo políticamente correcto: ¿hay algún gag que pueda molestar a algún sector de la sociedad? Lo dudo. Es un humor para consumir plácidamente, excelente en su superficialidad. En uno de sus gags, dos de los personajes (Phoebe y Joey, por si conocen la serie) están jugando al ajedrez con movimientos muy rápidos, picando alternativamente con la palma de la mano el reloj cronometrador y moviendo piezas. Parece una partida rápida Kasparov vs Karpov, de genios, de expertos. Entonces, de repente, nos indican que no saben jugar al ajedrez. No tienen ni idea. Lo simulan. Simulan la forma de expertos porque es “guay”. Como si fueran dos niños de cinco años jugando a imitar los adultos. Contrástese con la incomodidad social que generan tantos gags de los Monty Python y su Circo Volador, con la incomodidad política que genera el “Polònia”. Cuando se ataca al humor no se ataca el humor en sí, sino el que disiente, el incómodo, el crítico con lo aceptado o lo correcto. Y así, el humor se nos muere. Luego, este humor llegará al cielo y se encontrará San Pedro vestido de Guardia Civil que preguntará a su Señor, ataviado con la toga de Marchena, si lo deja pasar. <<De ninguna manera. Pero se lo digo con sumo agrado>>. Y es que hay un humor que más bien es simple cinismo.

No dudo, es más, afirmo, que “Polònia” tiene sus sesgos ideológicos, eso es inevitable (creo). Pero es que el humor de crítica política solo puede acercarse a la objetividad mediante la frivolidad. Y si uno no quiere ser simplemente frívolo, es inevitable que afloren esos sesgos: porque de una manera u otra, el humor político toma partido. La cuestión es sobreponerse a estos sesgos, normalmente, al menos, riéndose de uno mismo. “Polònia” suele hacer una crítica profunda: más allá del vodevil de las formas, la carga de contenido es profunda. El humor inocuo está condenado a ser frívolo, y en el humor político esto no es posible: la misma política frívola deja de ser frívola por el mero hecho de ser política, es decir, que en política casi todo tiene consecuencias (o debería ser así). El límite de la crítica radica en la fina línea entre el personaje-político y el personaje-persona al que se parodia. Este trato lo vimos al hacerse público el Alzheimer de Pasqual Maragall: el personaje político desaparece, ya no tiene sentido como tal, la persona lo envuelve todo. El respeto por la persona impide jugar con el personaje.

El humor frívolo es agradable, porque es vacuo, simple entretenimiento. Más que al espectador, entretiene el tiempo, sin más; es decir, crea un limbo donde el espectador pierde la conciencia del tiempo y del resto a cambio de, simplemente, perderse. El humor basado en la crítica política, usualmente una parodia, impele a una asociación mental que contrasta la ficción visionada con la realidad. Sea este contraste más o menos consciente, hay un esfuerzo. Cuando se parodia el comportamiento o ideología del otro, es cómoda y gratificante, reafirmativa y poco útil, pues el contraste entre parodia y realidad (nuestra perspectiva) la aceptamos con amabilidad. Pero cuando la parodia se cierne sobre el comportamiento o ideología propia, es entonces cuando surge la incomodidad, cuando nos empuja a vernos desde afuera (¿quizá con los ojos del otro? ¿O simplemente con nuestros ojos, pero cargados de escepticismo?). La sonrisa que nos despierta la parodia crítica de nuestra propia ideología, está ligeramente frenada por esa incomodidad. Nuestro rictus esconde una pregunta que circula por los recovecos de nuestro cerebro: ¿y si es verdad? ¿y si somos así? Al totalitario no le gusta este humor, pues, siendo totalitario sinónimo de absoluto, él se congratula de ser como es, sin fisuras, completamente, donde disentir es inaceptable (una “traición”). No entiende el humor autocrítico puesto que no hay resquicio para la duda sobre sí mismo. El humor, sí, plantea dudas. Las dudas devienen una grieta por donde se inmiscuye el escepticismo. El humor paródico, cuando es autocrítico, nos plantea esta pregunta: ¿y si no tenemos “plenamente” razón? El totalitario es inmune a ello. Su humor será diferente, más rígido, como la carcajada o risotada basada en la burla del contrario, en un sometimiento humorístico del otro (no es banal el humor basado en caídas, golpes, es decir, “el dolor del otro”, que supone una reafirmación de la propia seguridad, pero también la superioridad del que se ríe, del que se burla del mal ajeno). En “Polònia”, dejando de lado ciertos sesgos que existen, sí, y que desconozco si son muy difíciles de evitar, tanto un espectador unionista como uno independentista, encontrará, según el gag, reafirmación o incomodidad. El único que puede visionar el programa entero sin que se le congele la sonrisa ni un momento, aquél que no sienta cierta incomodidad ante ninguno de los gags, es aquél que vive la situación política parodiada al margen, a bastante distancia emocional. Es decir, que le importa un comino. Este es el que verá la crítica a todo el conjunto en general.

¿Es, “Polònia”, <<humor catalán>>? Les daré dos razones por las que no quiero ni sé entrar en ello. 1) Fácilmente aceptaremos que los Monty Phyton son humor inglés, y no nos rasgaremos las vestiduras. No obstante, ¿Benny Hill hacía humor tailandés o chileno? Hay un humor catalán irónico y fino, como también hay un humor catalán chusco y basto. Creo que las diferencias, más que en las formas, hay que buscarlas en la capacidad de autocrítica, pero generalizar un sentido del humor como propio de una cultura, suele expulsar aquél que no coincide con lo que queremos definir… y haría falta todo un libro. De todos modos, sí creo que hay una relación entre una cultura y cómo afronta ésta el humor. Y 2) en unos tiempos en que se prima “ver y valorar aquello que nos une por encima de las diferencias”, un servidor reconoce que debe estar muy equivocado: precisamente, a uno, lo que le interesa más son las diferencias. Fervientemente uno opina que los males del nacionalismo español florecen por menospreciar las diferencias, como si temiesen que estas fueran un ataque a algo intocable, esa cansina insistencia en “lo que nos une”. Pero las uniones, mejor dicho, las relaciones, se fundamentan mucho más en cómo se valoran las diferencias que las semejanzas; aunque parezca lo contrario que, claro, es más cómodo.

Los números musicales son el cénit de “Polònia”: se elige una canción conocida y se le cambia la letra adaptándola a los personajes que, además, siguen o adaptan la coreografía (si la canción la tiene). La letra, incluso, se subtitula, recordando aquellos musicales de Hollywood en que las canciones no se doblaban y seguíamos la letra traducida en los subtítulos. Con la gracia que, en “Polònia”, la letra cantada y la subtitulada, es la misma. El contraste entre “lo que ya sabemos” de la canción y su adaptación, es corrosivo, pues tenemos una triple representación: la que vemos en la pantalla, la que tenemos en el recuerdo de la obra original (una ficción que es “otra realidad”) y la realidad parodiada. Es como si los políticos adaptasen la realidad a una realidad-ficción para poner su letra (discurso) encima, y así poder hacer su baile. “Cambian” la realidad para que se adapte a ellos, pero como ya lo sabemos, como sabemos que es una farsa para justificar su modo estético, disfrutamos de ello, nos vencemos al gozo a sabiendas que es una momentánea sustitución de la realidad por un mensaje político transitorio. ¿No es esto lo mismo que una campaña electoral? ¿Las cuales ya casi son continuas? Los números musicales aparecen en cada programa, puntualmente, para recordárnoslo. Y cada Fin de Año se proyecta un recopilatorio de los mejores números musicales. Tal vez debería proyectarse, también, un resumen de las mejores promesas hechas en las sucesivas campañas electorales: veríamos como todas esas promesas intentan “sincronizar” la letra de cada político con la música de su momento. Y veríamos cómo las coreografías de los políticos lo que intentan es adaptar la realidad a su baile, y no al revés.

Honestamente, les diré que miro muy poco la tele, pero conocidos que sí la siguen mucho me comentan que, a veces, cuando miran los políticos “reales”, no pueden evitar “ver” el político de ficción solapándose, y hasta ocupando el lugar de la persona real. Esto me lleva a plantearme una pregunta: ¿y si lo que necesitamos es un nuevo partido político? ¿Un “Polònia”? ¡Vote Polònia! Allí estarían los personajes de Torra y Arrimadas (si lo montamos rápido), Marchena y Junqueras, Puigdemont y Pedro Sánchez, Colau y la Merkel y Franco en blanco y negro. [¿Es esto el “trumpismo”?] Y todos mezclados en un mismo partido que ocuparía los escaños del Parlamento. ¿Notaríamos las diferencias en las intervenciones? En una cosa sí: cada jueves, habría una sesión de control musical. Entonces, sonaría la música por la megafonía del hemiciclo y los diputados nos depararían una coreografía esplendorosa. Sería la política actual llevada al paroxismo. Lamentablemente, esto nos dejaría sin lugar para el programa humorístico, reducto para los políticos reales que tendrían que ganarse la vida haciendo el papel de sí mismos. Pero, claro: estos, no tienen gracia.

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