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¿Podría convertirse la democracia en populismo?

Julián Arroyo Pomeda
Catedrático de Filosofía Instituto
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“Bajo circunstancias diversas, todo individuo debería poder decidir lo que quisiera ser, alemán o judío, lo que sea” (Arendt, Carta a Jaspers)

En el siglo XX han dominado como regímenes políticos el totalitarismo y la democracia. Según Arendt, los movimientos totalitarios devienen en forma de estado. Esto se ha realizado en el nazismo y el estalinismo. Para estudiar el totalitarismo es obligada la lectura de su trabajo Los orígenes del totalitarismo, que trata respectivamente de antisemitismo, desarrollado en los siglos XVIII y XIX, racismo e imperialismo, siglo XIX y comienzos del XX, y totalitarismo en las formas de nacionalsocialismo y estalinismo.

En un régimen totalitario el Estado concentra todos los poderes en un partido único, controlando las relaciones sociales bajo una sola ideología oficial. De este modo, el Estado ejerce el poder total, concentrando todos los poderes en un partido único  y cualquier libertad se somete a él, que gobierna con sus instituciones. El jefe tiene un poder sin límites y su autoridad se impone a través del terror. El Estado dispone de mecanismos de control social (policía) y emplea una extensa propaganda para difundir sus ideas entre las masas. Es mucho más que un régimen autoritario, porque niega las libertades, los derechos del individuo y la dignidad personal. Mussolini lo expresó así: “todo para el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. En una palabra, el Estado lo domina todo y el pueblo solo es una masa que refrenda las órdenes del líder.

El fascismo es una dictadura que no niega el sujeto individual, pero lo pone en una etnia determinada con una historia común y una cultura nacional, que rechaza necesariamente a otras etnias y las expulsa de su territorio. Todo queda subordinado a la voluntad de una persona, denominada Duce, Führer, Caudillo y similares. Tiene un gran poder para dirigir a la colectividad hacia la voluntad nacional, establecida por él. Hay una jerarquía explícita: hombre, militar, miembro del Partido. Así surge el imperialismo militarista, la intolerancia contra todo el que se aparte de la línea doctrinal y el cultivo de símbolos, que son expresión de patriotismo y lealtad a la nación.

Existe el derecho, pero es solo un derecho positivo, es decir, que el Estado lo otorga a los individuos que no lo tienen de forma natural. Así que el fascismo es, en último término, un totalitarismo algo más suavizado, pero, al fin y al cabo todo se sitúa dentro del Estado. El fascismo empezó con Mussolini en los años 20 del siglo pasado, que en 1941 se profundizó con Hitler en totalitarismo. La alianza entre países occidentales y la Unión Soviética para luchar contra el nazismo acuñó las denominaciones de fascismo y antifascismo, estableciendo el totalitarismo para la Alemania de Hitler y su ambición de invadir a Europa. Poco después, en 1951, Ana Arendt fijaría la teoría científica del totalitarismo en su obra capital. Los ciudadanos ya no son libres para actuar en política, sino que solo puede hacerlo el Estado, al que todos se someten.

Arendt centró el totalitarismo en el estalinismo y el nazismo. Su objetivo es alcanzar el poder y dominar el mundo desde él con los grandes recursos propagandísticos y utópicos para seducir a las masas. En el caso de Alemania, el pueblo tuvo que enfrentarse a la conspiración judía y destruirla para salvar la raza aria. Y en el de Rusia, el enemigo es el capitalismo, que será vencido por el poder del proletariado.

En los regímenes totalitarios el poder lo ejerce una sola persona, a la que la masa se le somete incondicionalmente, organizada en una ideología que se propaga con todos los recursos del Estado, que impone el terror a todos los que se atrevan a revelarse contra ella.

El sectarismo no desmerece en este contexto, porque incluye seguir una doctrina con fanatismo e intransigencia y sin crítica alguna. La intolerancia, el odio y la discriminación no le son ajenos. Invade tanto la política como la religión.

A todo esto se enfrentó la democracia liberal, que se propuso cuidar de que el pueblo no cayera en la pobreza, ni tampoco en el racismo, porque entonces podría derivar en corrupción en la forma de populismo. Al pueblo se le promete todo con tal de conseguir el voto para después someterlo, al no poder cumplir lo que se le ha prometido. Este es un gran peligro que amenaza la estabilidad. Así empieza la falta de confianza en los gobernantes elegidos por los votos y el pueblo puede agarrarse a cualquier populismo que promete salvarle. Cerca de esto se encuentra ahora la ultraderecha en varios países de Europa. ¿No acabará el siglo XXI en una situación populista, debido a las contradicciones de la democracia? Aceptamos hoy, en general, la democracia, pero cada vez nos satisface menos su proyecto.

El profesor francés Pierre Rosanvallon caracteriza al populismo con cinco rasgos: unidad del pueblo, democracia directa, soberanía de la mayoría, liderazgo y emociones, y pasiones. Hoy se reivindica a gritos la unidad de España, las mayorías, la falta de liderazgo y el peso emocional y pasional. Esto puede convertir la democracia en ‘democradura’. Se trata de una democracia, pero autoritaria. El pueblo es el único que tiene la soberanía, por eso manda. Lo que el pueblo quiera se impone. Por ejemplo, puede querer prolongar el mandato de sus dirigentes, como sucede en América latina, en la Rusia de Putin o en la Norteamérica de Trump. Quizás esté sucediendo ya en la Hungría de Orbán o en el Brasil de Bolsonaro. Esto se confirma en su última publicación, El siglo del populismo. Historia, teoría, crítica. Por eso hay que plantear, precisamente, una alternativa.

Arendt añadiría la “banalidad del mal”. No pensar ni reflexionar puede llevarnos a hacer el mal. También, no tener un espacio público de discusión. Cada vez valoramos y juzgamos menos, no tomamos posiciones por no haber interiorizado la moral. Por eso el mal puede representársenos como algo banal. Eichmann, el mayor asesino de judíos en tiempos del nazismo, fue un hombre normal, que solo obedecía a sus superiores, ciertamente, sin pensar nada más. Esta normalidad resulta, finalmente, una atrocidad, porque no sabemos si nuestras acciones pueden ser malas, dado que creemos que toda vida humana es vida prescindible. Aquí puede seguir iluminando Arendt todavía en la crisis política en la que estamos inmersos.

Cualidad o actitud propia de la persona que defiende y sigue con fanatismo e intransigencia una idea o una doctrina, sin admitir ninguna crítica sobre la misma.

El sectarismo es la intolerancia, discriminación u odio que surgen de dar importancia a las diferencias percibidas entre diferentes grupos sociales, políticos o religiosos, o

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