El otro día escribí el tuit que encabeza este artículo de opinión, pero, debido a la limitación de palabras y a lo corto que resulta poder poner mensajes en la red social Twitter, me quedé con las ganas de ampliar lo que pienso acerca de la Manada de ineptos que nos gobiernan en la vida en general.

De los creadores de topicazos tipo: tengo un amigo gay muy limpio y muy gracioso, tengo una amiga lesbiana que no lo parece o tengo un amigo negro que vino en avión, tiene estudios y no roba, llega el que dice así: “Me parece bien que las mujeres tengan puestos de responsabilidad, pero sólo si son las mejores y se lo merecen”.

(Loas de dimensiones cósmicas).

O sea, que nos dejan o permiten, ellos, los dueños del cotarro, entrar al reparto ilegítimo de lo que nos toca a las mujeres por ser la mitad de la población, es decir, la mitad de todo.

O sea, que nos dejan acceder al derecho hecho privilegio, de ser compensadas por nuestras actitudes y capacidades, pero pasando una criba en la que, de entrada, has de demostrar que sí que vales.

O sea, que ellos son siempre válidos mientras nosotras somos las dueñas de la duda, de la sombra de la sospecha, de la forma femenina del adjetivo impostor.

O sea, que ellos tienen que fastidiarla muchas veces para ser vistos como incompetentes mientras nosotras hemos de someternos a un juicio prejuicioso, en el que de entrada es no y hemos de acabar convenciendo a todos.

Que seamos aplastadas constantemente por el rodillo del machismo más descarado, y por eso más difícil de detectar, indica que una panda de tontos, borricos, meapilas, abrazafarolas, pagafantas, estúpidos, desnortados, anormales, cortos, idiotas y patanes en potencia, gozan del privilegio de la presunción de capacidad.

O sea, que sólo por ser poseedores de un falo moreno lo hacen todo bien siempre, hasta que se demuestre lo contrario.

O sea, que nosotras, como no tenemos falo moreno, hacemos todo mal hasta que no se demuestre lo contrario.

Es una situación aberrantemente injusta, que una caterva de tipos privilegiados y muchos de ellos incapaces y tremendamente torpes, se confabulen y acaben colándonos, en nuestras barbas y a plena luz, que para nosotras sí hay filtros y obstáculos que superar mientras ellos son siempre competentes.

“O sea, que ellos son siempre válidos mientras nosotras somos las dueñas de la duda, de la sombra de la sospecha, de la forma femenina del adjetivo impostor”

El máximo logro de ese artificio patriarcal es que las propias mujeres acabemos cantando la serenata de “sólo las que valgan para ello”, asumiendo la opresión como algo aceptable para nosotras y autocolocándonos en la picota por no ser tildadas de inútiles si llegamos a rascar en algún momento un puesto de responsabilidad.

Es decir, que nos fustigamos por miedo a ser fustigadas luego. Es decir, que pase lo que pase recibimos con la fusta.

La imagen visual de la situación sería algo así como que sobre nuestras cabezas femeninas hay un enorme, y conocido por todas, techo de cristal, tras el que están ellos y desde el que nos miran, en vertical y hacia abajo. Y es desde esa posición de privilegio desde la que nos dicen que allí sólo pueden estar las mejores, invitándonos a que nos peleemos entre nosotras por lograr subir. Mediante esta pugna, el machismo como sistema, se asegura que si logras estar alguna vez arriba no hables o comentes nada sobre los puestos ocupados por idiotas, ya que a gran parte de esos cretinos les debes que hayas podido subir, así que paga tu deuda con silencio, guapa.

Y así, en esa lucha por la igualdad, generamos las mujeres enormes cuadros de ansiedad, depresión, frustración e incluso síndromes como el de la ‘Abeja Reina’, el cual consiste en que debido a la presión machista del entorno algunas mujeres prefieran relacionarse con hombres y optan por establecer de manera sistemática una exacerbada competitividad con otras mujeres, convirtiéndose en unas enemigas de su género y de la sororidad como concepto.

Por eso, cuando dicen que las mujeres pueden estar, pero sólo si son las mejores, mi propuesta es atacar girando ese argumento y empezar a narrar la cantidad de hombres que están ahí sólo porque otro hombre los contrató porque son hombres. Porque lo que quieren colarnos es que no hay doble rasero solo para la mitad de la población.

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