Carolina abre la puerta del portal y sale a la calle. Reconoce el barrio como si hubiera nacido en él. Apenas hay un puñado de vecinos que tranquila y ordenadamente han salido a tomar el aire, mover el esqueleto o darse un baño con la vitamina de la luz del sol. Los rayos ultravioletas a estas horas atraviesan el cielo despejado y brillante de Madrid en busca de pieles vírgenes que alimentar. Caricias de luz, que despiertan los sentidos y calientan el alma.

El viento juega con los mechones sueltos de la coleta de Carolina. Revolotean mansamente sobre sus pestañas, su boca y su nariz provocando en la piel un cosquilleo imposible de ignorar. Retira el mechón rebelde de delante de los ojos y se frota la cara con alivio.

El día pinta perfecto y Carolina anhela una recarga de energía. Enchufarse al manantial y sentirse bien. El músculo elevador del ángulo de la boca tira de su sonrisa dibujando bajo la mascarilla el gesto ideal, que inmediatamente se proyecta hacia el exterior a través de sus expresivos ojos verdes. Apenas son las diez de la mañana. Su idea es caminar a buen ritmo durante al menos una hora por los alrededores. Se demora unos minutos en el portal recolocándose la mascarilla.

La primavera extiende sus alas por los jardines del barrio, que a estas alturas del mes de mayo se exhiben preñados de flores de colores. Aprovechan la ausencia de intervención humana, abandonados durante meses a una polinización natural, antojadiza pero eficaz.

Los perros travesean en las parcelas, ajenos al ajetreo de los horarios, las mascarillas y las distancias de seguridad. Retozan en los charcos, olisquean y se dejan olisquear sin complejos humanoides en pos de la procreación, la subsistencia de la especie y el instinto animal. Se reconocen, se gustan y se paladean a través del ano; dulces labios del amor perruno.

¡Ay, quien fuera perro en el escenario actual!

Carolina reconoce al chiguagua de la vecina de enfrente, un diminuto animal de no más de dieciséis centímetros de altura a la cruz, aparentemente inofensivo, que cuando abre las fauces se transforma en Goliat; como su dueña. Ambos se mimetizan a modo de siameses, hasta el punto de que en ocasiones cuesta reconocer quien es quien. El perro lleva una sudadera rosa chicle a juego con la de su dueña. La capucha se menea sobre su cabecita al compás del movimiento de sus cortas extremidades, invadiendo intermitentemente su ángulo de visión, lo que no impide que el animal avance primoroso con menos atino que urgencia, directo a quien sabe dónde.

La primera vez que Carolina vio a “Playboy” -así es como se llama-, llevaba zapatitos de colores sobre las pezuñas y pensó que podía tratarse de una alucinación a causa de los altos niveles de contaminación del aire de grandes ciudades como Madrid. Carolina estaba recién llegada y es posible que la confusión de los primeros días y el estrés de la mudanza, le estuviesen jugando una mala pasada.

Pero no, no fue una alucinación. Las excentricidades se repitieron a lo largo de los años en forma de: chiguagua con esmoquin y pajarita, con equipamiento militar o chiguagua con chubasquero. Tuvo ocasión de ver al chucho con visera y gafas de sol en verano, con orejeras y bufanda en invierno y hasta montado en un cochecito ad hoc para los días de pereza y gandulería.

El pasillo del quinto recuerda una pasarela de moda perruna que aunque a primera vista puede resultar graciosa, Carolina entiende es perversa e innecesaria. Animales travestidos de personas, domesticados y condenados a comer, vivir y comportarse como algo que no son. Una nueva moda profundamente arraigada en las citis, que parece no incomodar a nadie; ni siquiera a aquellos que se erigen defensores de los derechos de los animales y se hacen llamar animalistas.

Playboy olisquea obsesivamente las equinas del jardincillo tratando de encontrar el lugar idóneo para levantar la patita y depositar su chorro de oro líquido con olor a amoniaco. Un acto en absoluto banal, teniendo en cuenta que le proclamará soberano del territorio recién conquistado y marcado.

Carolina observa la jugada desde el portal. Sabe que no les cae bien, ni al can ni a su propietaria. Una cuestión puramente animal; olores incompatibles o algo así. La mujer y ella nunca han hablado, aunque el chucho se comporte como una piraña enajenada dispuesta a clavarle las fauces y arrancarle la yugular, cadavez que se tropiezan en el pasillo. Decide evitar la ruta que pasa por delante del jardín donde juguetea distraído Playboy.

De pronto el pequeño depredador, capaz de olfatear la sangre a kilómetros de distancia alza la mirada y la clava en Carolina. Doscientos cincuenta millones de células sensoriales caninas, capaces de detectar la hemorragia que en esos momentos se desliza imparable por su vagina. El macho cazador ha detectado a su presa y ya solo piensa en degollarla; acometer cuanto antes la faena de darle muerte, para proclamarse el rey de las bestias. Playboy está fuera de sí, corre y ladra al mismo tiempo explotando al máximo sus reservas de oxígeno en vena, hasta llegar a su altura y abalanzarse sobre ella.

-Estúpido chucho, expele con desprecio Carolina mientras le patea con fuerza y saña.

El aforo completo de amantes perrunos que merodean por los alrededores, la observan con desaprobación.

-Me ha bajado la regla, ¿Y qué? ¿Tengo que ponerme una mascarilla roja o una pegatina en la solapa?

El can dolorido ataca el bolso de Carolina, al que por descuido consigue encaramarse, desparramando el contenido por el suelo. Al carajo con las llaves, la cartera, el colirio y también los tampax.

-Mierda-, maldice Carolina justo cuando el guapo de Carlos irrumpe en escena a lomos de su precioso pastor alemán pura sangre, de líneas perfectas y orejas erguidas. Un animal elegante y hermoso, guardián, protector y poderoso que ha llegado de la mano de su vecino preferido para rescatarla.

Playboy y el pastor alemán luchan a muerte por el tampón de la hembra joven y fértil, atractiva y follable. Mientras Carlos y Carolina sencillamente se reconocen y sonríen.

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