domingo, 24octubre, 2021
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Planta

(The Javier Panizo Collection) (una aventura de su primo Javier, ese que se llama, al menos hasta el primer apellido, exactamente igual que él)

Javier Pueblahttp://www.javierpuebla.com
Cineasta, escritor, columnista y viajero. Galardonado con diversos premios, tanto en prosa como en poesía. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año, El año del cazador, 365 relatos que encierran una novela dentro.
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-¿Y esta planta?

-¿Qué tiene de especial? Sólo es una planta.

-Sí, pero ¿qué hace aquí? Nunca hemos tenido una planta en casa. ¿Quién te la ha regalado?

-¿Qué quien me la ha regalado?

-No me respondas a una pregunta con otra pregunta, sabes que me saca de quicio. A ver, ¿quién te ha regalado esta planta?

-Es un ficus benjamina.

-No quería saber qué tipo de planta era, aunque muchísimas gracias por la información, cariño. La pregunta es: ¿quién te la ha regalado? Una mujer, ¿verdad?

-¿Por qué tendría que haber sido una mujer?

-Los hombres no compran plantas y mucho menos las regalan Mírate a ti mismo, no has tenido jamás una en casa.

-Pero ahora tengo un ficus benjamina.

-¿La conozco? No es que tenga nada en contra de que veas a otras mujeres, siempre soy yo quien se va de casa.

-Pero siempre acabas volviendo.

-¿Y si algún día no volviese? ¿Dejarías que se instalase aquí la que te ha regalado la planta, verdad? Dormiría en mi lado de la cama. Y le prepararías el desayuno. Seguro que a ella sí que le gustan los huevos fritos con bacon. ¿Le gustan?

-Vamos, cariño, estás cansada. ¿Quieres que te caliente un poco de leche caliente y te la lleve a la cama? Deberías acostarte ya. Tienes ojeras.

-Sólo son las diez.

-Como quieras. ¿Te apetece alguna otra cosa?

-Sí, saber quien ha sido la miserable arpía que te ha regalado esta planta. Deberías deshacerte de ella.

-¿De mi planta o de la arpía?

-Entonces, ¿admites que hay una arpía?

-No admito nada. Compré la planta hace una semana en el mercado de San Antonio. Es preciosa. Y fíjate que bien queda junto a la ventana.

-No me vengas con decoraciones ni con refinamientos exóticos. No me creo que hayas comprado tú la planta. A ver, ¿cuánto te costó?

-No me acuerdo.

-¿Lo ves?

-¿Qué es lo que veo, Elvira?

-Que tú siempre sabes exactamente lo que cuesta todo, eres Panizo como tu padre y como lo será tu hijo si un día lo tienes: una máquina de calcular. Si hasta en el supermercado sabes a cuanto va a ascender la nota antes de que te lo diga la cajera.

-Pues esta vez no me he fijado. Supongo que no me importaba el precio.

-¿No te importaba el precio? Mira, Javier, llevamos juntos casi dos años: nos conocemos. Esta planta te la han regalado. Y te la ha regalado una mujer. ¿No te importaba el precio? ¡Já! ¿Y por qué la compraste?

-Me gustó.

-¿Te gustó? Lo que te gustó debió de ser alguna otra cosa que te enseñó la guarra esa.

-Elvira, estás diciendo tonterías. Además, tú nunca has sido celosa. Si el ficus benjamina me lo hubiese regalado una mujer te lo diría.

-… no sé.

 

 

Cuando piensa que Javier duerme, le ha oído respirar al borde del ronquido, Elvira se levanta de la cama y se dirige al salón para observar la planta. Pero Panizo, Javier Panizo, no está dormido. ¡Panizo nunca duerme! Javier está despierto y sonríe. Su estratagema -sería demasiado pretencioso calificar su forma de actuar como estrategia- está dando el resultado apetecido. Panizo está harto de que su Elvira abandone el apartamento cada dos o tres meses para regresar a los pocos días como si le estuviera haciendo un regalo con su presencia renovada. Harto de ese temperamento artístico, como lo llama ella, que ha heredado de su padre, el célebre pintor Camafeo, que le permite dejarle abandonado y solo. Por eso compró la planta, para darle celos. Podría, es cierto, haber utilizado a una mujer de verdad, haber coqueteado con ella e incluso llevarla a su apartamento. Pero Javier Panizo no deseaba a ninguna otra mujer: Elvira era su suelo y su firmamento. Por eso la planta, la planta que ahora está tocando, celosa e inquieta, Elvira, mientras él sonríe en la oscuridad pensando que ya no se irá más veces, que no se atreverá a dejarle solo existiendo en la sombra una mujer, capaz de enseñarle hasta las amígdalas para seducirle, o lo que es aún peor y más adictivo: llenarle de plantas hasta el último rincón del apartamento y del corazón de su esposa, compañera, mujer.

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