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Plandemia

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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No ha llegado la guerra. Al menos no la declarada. No son colas para comprar pan, leche o artículos de primera necesidad. Entre las personas que hacen cola, no hay harapientos sucios, niños con mocos, ni tampoco síntomas de no tener un techo bajo el que poder ducharse, dormir en condiciones o guardarse de las frías noches de diciembre. No hay escombros en las calles ni entre los edificios, al menos no evidentes, porque los del corazón y la razón no son visibles. Los pacientes e impacientes que aguardan su turno dando la vuelta a una manzana que tiene más de doscientos metros de fachada, están ocupados, en su mayoría, viendo pantallas de teléfonos celulares que les evaden de ese mundo físico de la espera y les traslada a la felicidad del chiste fácil de WhatsApp, del vídeo cien veces copiado y repetido de TikTok, de la enésima disputa en Twitter entre cuñaos que rebaten al licenciado en físicas, sobre la dificultad de la obtención de energía nuclear por fusión, de la que dicen que es un proceso simple porque lo han visto en un programa de Telecinco o lo han leído en la contraportada del Marca.

En definitiva, no es una cola habitual en un país arruinado por la guerra. La espera es por y para la “libertá” de saber si el positivo de covid, dado por un test de antígenos comprado con el dinero de cada uno de ellos en la farmacia más cercana, es confirmado en una prueba Covid realizada en un ambulatorio de sanidad pública. Uno de los pocos que aún atiende enfermos en esta ciudad de cantamañanas solitarios que no interactúan con los vecinos, que creen que su casa de paredes de cartón es su castillo inexpugnable dónde pueden hacer el ruido que les dé la gana, a la hora que surja, tener mascotas encerradas en cuarenta metros cuadrados que ladran porque echan de menos a su amo, o que tienden la ropa mojada justo cuando la del vecino de un piso más abajo se acaba de secar porque en su casa, cada uno puede hacer lo que le salga del higo, en ese concepto de «libertá» dónde deseos son derechos y no hay obligaciones de contrapartida.

Camila observa a sus compañeros de espera desde la esquina contraria dónde da la revuelta la cola. Graba el momento en su móvil porque, a pesar de que todos son positivos en una enfermedad que se lleva por delante a un pequeño porcentaje de los vacunados, todos parecen creerse estar fuera de la estadística. La mayoría, parecen despreocupados. Unos llevan la mascarilla mal puesta. Otros charlan entre ellos sin conocerse de nada. Otros, la mayor parte de ellos, permanecen absortos mirando sus teléfonos móviles.

Todos parecen obviar que están ahí, que tienen que aguantar dos o tres horas de cola, porque ese centro es de los pocos que aún realizan pruebas sanitarias de urgencia. Todos parecen despreocupados a pesar de que algunos vienen de barrios lejanos en los que la cita para la realización de la PCR de confirmación, sólo pueden hacerla presencialmente porque por teléfono es imposible al estar siempre saturado. Todos obvian que entre la petición y la cita siempre hay una distancia de 7 días. Una semana de espera, en los que según protocolo de la Comunidad de Madrid, aunque seas positivo, si estás vacunado con pauta completa, tienes que ir a trabajar. Al menos es lo que le dijeron a Camila en clase de su hija, cuando tuvo que ir a recogerla el día anterior a las doce de la mañana, porque había tres alumnos positivos. Curiosamente su hija ha dado negativo y sin embargo le han dicho que no vuelva al colegio hasta después de navidades y que no salga de casa hasta el día 24 de diciembre.

Todos parecen despreocupados a pesar de que pedir cita en el ambulatorio de su barrio, es una lotería. A pesar de que cuando te la dan, lo mínimo para consulta son tres días si esta es telefónica y siete si exiges que sea presencial (o 17 días como la de la foto). Todos están absortos en sus móviles, viviendo sus vidas irreales de la red, mientras la lista de espera para ser operado en la sanidad pública es superior a un año, la consulta con el especialista superior a nueve meses y la sanidad pública en un estado de coma tan precario que cualquier cita con un especialista, sin fama, en una póliza privada para pobres, está ya a un mes vista.

Camila es la única de las pacientes de la espera del test de antígenos que parece cabreada con la situación. No por la espera, que también, sino porque la cola en la que está, es la evidencia de un síntoma que parece que todos los demás no reconocen: la muerte prematura de la sanidad pública madrileña.

*****

Plandemia

Hace un par de semanas los servicios sanitarios de la Comunidad de Madrid, me enviaron la cita para la segunda dosis de la vacuna de COVID, ya que mi primera fue toma única de Jansen. Como en la ocasión anterior, a pesar de vivir a diez minutos del corral que llaman Hospital Isabel Zendán, me tocó bajar al centro de la capital. Al llegar, la sorpresa. Una cola recorría el pabellón deportivo hasta dar una vuelta completa. En la espera, gentes de todas las edades, hasta niños, (supongo que  acompañaban a sus padres), pocas mascarillas y mucha relajación para lo acostumbrado en este país de maleantes dónde en cuanto hay más de tres esperando, se pierde la compostura y los listos de turno, intentan colarse. Pronto entendí la causa de tan «falso civismo». Casi la totalidad de los que hacían espera allí, lo hacían sin cita previa y querían vacunarse porque se acercaban las navidades, las cenas de empresa y el jolgorio de masas y querían asegurarse de llegar a 2022 vivos.

Justo cuando iba a ponerme a escribir este post, me envían una foto de esta tarde de sábado, ahora si en el corral sanitario Isabel Zendán, donde la cola, de nuevo, es kilométrica y según el amigo que envía la foto por WhatsApp, la policía ha tenido que dispersar a los “sin cita” para que los que si estaban citados pudieran ser vacunados sin echar la noche al raso.

La insolidaridad, el egocentrismo y la estupidez humana han concentrado esfuerzos para hacer de las gentes de la Villa y Corte uno de los lugares más asociales del mundo, llegando hasta el extremo de haber elegido como dirigentes a quiénes han sido condenados por corrupción sistémica, poniendo a la cabeza del gobierno comunitario a una persona con demasiados signos de incapacidad intelectual.

Porque en Madrid, y también en el resto del estado, por lo visto en las manifestaciones antirestricciones covid, la libertad no se mide en la capacidad para poder estudiar lo que el alumno desee en plazas públicas universales, ni tampoco en la cantidad de plazas hospitalarias, médicos de atención primaria o especialistas que eviten el riesgo de que una enfermedad normal, acabe convirtiéndose en una mortal, que una fisura en la rodilla no acabe dejándote cojo para siempre por falta de atención o que un cáncer no acabe en metástasis mortal porque se ha tardado cinco veces más de lo deseable en diagnosticarlo. La libertad no consiste en tener prepuesto público suficiente como para que la sanidad funcione en unos plazos que permitan sanar en un alto porcentaje. La estulticia madrileña, y la española, es tal que a la libertad se la llama «libertá» y se mide en la cantidad de horas que puedes ir al bar sin restricciones, del ruido que puedas hacer sin que nadie te diga nada o en considerar que tus deseos son tus derechos y que están por encima de cualquier otra cosa, incluidos los derechos de verdad como el descanso de tus vecinos, la urbanidad, el civismo y la empatía hacia los demás o el deber de las autoridades de salvaguardar la salud pública pensando en todos y evitando que todo el personal sanitario se tenga que dedicar a las vacunas lentificando el resto de patologías hasta que se agravan por inoperancia, convirtiéndolas en una muerte casi segura.

Leía el otro día un comentario, que más bien era una petición de socorro en Twitter que decía algo así como “¿otra vez?, ¿Cuándo se va a acabar esto?” refiriéndose al covid. Es imposible que en la sociedad actual, dónde nos han inculcado que lo individual está por encima de lo colectivo, con el nivel de egoísmo y egocentrismo existente, una situación como esta que necesita concienciación social para entender que no es un problema individual sino de todos, que da igual las veces que te vacunes si al tercer mundo no hacemos que lleguen las vacunas y sobre todo si no entiendes que la vacuna no evita la enfermedad ni el contagio, ni mucho menos que te puedas morir de COVID (aunque minore en un alto porcentaje el riesgo), si no pones otras medidas como evitar aglomeraciones, la mascarilla bien colocada permanentemente fuera de casa, el lavado de manos y evitar los espacios cerrados dónde haya mucha gente y más si son desconocidos.

A su vez, me resulta muy chocante que todos esos seres individuales cuya obsesión es no tener límites a la hora de hacer de su capa un sayo, que se manifiestan en masa en contra de las exigencias sanitarias, estén permitiendo y vean hasta con buenos ojos toda esta maraña de medidas fascistoides que nos están eliminando los derechos en mucha mayor medida y a mayor velocidad que la vida. Consienten la indefensión de Juana Rivas ante un juez cuyo apellido le delata. Consienten que seis chavales de Zaragoza sean condenados a siete años de cárcel, sin ninguna prueba pericial y sólo con la acusación de un policía y la connivencia del juez. Consienten que la fiscalía exonere al Demérito por sus presuntas y numerosas corruptelas. Consiente que su ciudad sea un nido de ratas, una ciudad sucia y llena de basura, mientras el ayuntamiento gasta cinco veces más en asesores que en la anterior legislatura. Consienten el engaño sistemático de un gobierno que se autodenomina como el más progresista de la historia, con el «escudo social» más alto, según ellos, y que sin embargo ha permitido que durante 2021 haya habido 114 desahucios diarios, 130 dependientes diarios muertos por falta de prestación y un gasto militar de más de 50 millones diarios. Permiten que un partido lleno de corrupción, siga dando lecciones de honestidad y que unos mamarrachos fascistas sigan creando odio todos los días. Permiten que un ministro del interior de un gobierno socialista, sea un tipo que le ha costado a España ocho sentencias por no respetar los Derechos humanos, que siga activo aunque que cada vez haya más sombras sobre su actuación como las denuncias ante la Unión Europea por brutalidad policial contra protestas obreras y malos tratos en las cárceles.

Se jactan de que viven en la sociedad de la «libertá» pero, están dejando que el gobierno de la nación envíe policías como brazo armado de los empresarios, mientras resuelve en un pispas una amenaza de cierre patronal regalando millones de nuestros impuestos a los empresarios del transporte. Hacen la vista gorda cuando la ministra de trabajo se deja fotografiar en actitud infame con el presidente de la patronal, mientras la imagen de la policía entrado en Río Sampedro en busca de trabajadores como en la peor de las dictaduras, recorre los foros de internet. Para aquellos que crean que tendrán pruebas contra ellos, hace ocho años que andan buscando a un tal M.Rajoy, al parecer, sin resultado. Le resbala que el acuerdo con la patronal del transporte se base en la estabilización de los precios del gasóleo para el transporte, mientras hoy sábado, cuando escribo estas líneas, la luz alcanza, de nuevo, el récord de carestía en la electricidad alcanzando los 423 euros el MgW a las 19:00 horas. Al trabajador no sólo no le facilitan la vida, sino que se la acaban rompiendo.

Como decía ayer en una felicitación de Navidad enviada por José Simón desde el Puerto de Sagunto, “os deseo que llegue el día en que se nos acabe la paciencia y la humanidad levante la cabeza”.

El año que viene, más. Portaros mal, pero sed sociales.

Salud, ecología, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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