Fotos y arte: Daniel Fénix.

Echo de menos infinita, desesperadamente, tener una cámara de vídeo entre las manos. El primer reflejo instintivo es utilizar el esmarfon, El Smarfon, pero carece de zoom y no se puede acunar entre las manos del mismo modo que una filmadora.

El plano es tan evidente que me duele no hacerlo; rodarlo; filmarlo.

No importa, me digo y animo, ¡puedo escribirlo!, se supone que también sirvo para eso.

El plano empieza sobre una estrella ¿roja? estampada y brillante, y se va abriendo para mostrar primero un casco de moto del que escapa un mundo de pelo rubio y rebelde.

Continúa abriéndose el plano y ahora ya ve se la moto entera y a Pita sentada sobre ella, parada ante un semáforo que cuando cambie de color le permitirá incorporarse a la corriente acuática y eléctrica de la Gran Vía.

Es casi medianoche.

Ya está la moto en la Gran Vía, y la cámara la sigue, se mueve con ella, se mueve con la moto que brilla y reverbera, como el casco, descomponiéndose en mil colores distintos, reflejo de los miles de neones y bombillas que salpican la Gran Vía de

Madrid,

Mad Madrid

Mad Madrid City.

Entonces se abre el plano por completo y Pita Sopena se funde con la ciudad viva y fascinante, hasta convertirse en un trocito más del decorado inacabable.

Fotos y arte: Daniel Fénix.

Acabo de despedirme de ella, y de Scarpa, Gonzalo Escarpa, tras ver a ambos hacer magia una vez más en Ámbito, en la sala de Ámbito Cultural del Corte Inglés, edificio de Callao, antiguo hotel Florida, planta cuarta. Magia, sí, porque eso es lo que les he visto hacer este lunes dieciséis de noviembre de dos mil veinte en una sala sin público, retransmitiendo en streaming para el mundo entero y haciendo lo imposible para que no se notase la tristeza de las sillas vacías, la ausencia de las setenta o cien personas que antes de que el virus se proclamara rey absoluto vivían en directo lo mejor que Scarpa era capaz de encontrar en el panorama poético cada dos lunes.

Siguen sobreviviendo, Scarpa y Sopena, de modo impecable; pero eso ahora no es lo importante, vuelvo a la estrella, a la moto, al plano que se abre mostrando el chisporroteo feliz que -incluso ahora- es la Gran Vía. El plano en sí mismo no es nada demasiado especial, o no lo sería si no fuese por esa alegría, la alegría de Pita Sopena, la alegría de vivir que siempre consigue transmitirme Pita Sopena, y la quiero y admiro por ello, porque la alegría no es como la estatura o el color de los ojos, es voluntad y energía.

Con una cámara de video, filmadora, habría logrado explicarlo perfectamente. Como la chica de la estrella ¿roja? en el casco se sumerge en la ciudad enferma y triste y la cura de todos sus males y pandemias, porque es ella, Pita, quien la contagia. La contagia definitiva e incurablemente con su pequeña y poderosa alegría.

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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