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Peter man

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Los bomberos trabajan para terminar de sofocar el fuego que ha consumido el camión. Cotidio, por la ventana, observa las labores de extinción. Él ha visto desde su posición, mientras fumaba un cigarro, como Raúl, el hijo de la vecina, junto con dos amigos a los que conoce del barrio, pero no de quién son hijos, se metían en la caja del camión que el conductor ha dejado abierta para evitar que le fuercen las cerraduras para llevarse un contenido inexistente, y han prendido una chisquera dentro como si fuera una caseta de juegos. La llama ha prendido el poliespán que aislaba la caja frigorífica visible por un desgarro del aluminio interior y se ha extendido enseguida a todo el vehículo.

Raúl es uno de esos chicos sin filtro que va por la vida actuando por impulsos. Con cada trastada, sus padres intentan quitar hierro a la situación defendiendo a su hijo con disculpas peregrinas como que “sólo es un niño”, “es un niño muy movido”, “es que es muy imaginativo, se aburre y lo hace para llamar la atención”,… Nunca le han recriminado sus acciones, ni siquiera cuando al novio de su hermana, que se despedía de ella bajo el dintel de la puerta del portal con besos y arrumacos, le bajaron los pantalones del chándal en pleno beso de tornillo con tan mala suerte que arrastraron los calzoncillos y le dejaron al muchacho con el pene al aire en plena erección a la vista de todos los vecinos que tomaban la fresca junto al parque. Al novio no volvieron a verlo por la zona y a la pobre Laura, la hermana de tan sólo 15 años, le costó nueve sesiones de psicólogo superar el trance.

Mientras el último retén de bomberos espera entre el humo alrededor de los restos del camión, Cotidio recuerda su niñez. Él también hizo alguna que otra trastada, pero ninguna de ese calibre. Tal vez porque la más “gorda” fue romper el cristal de una casa en el pueblo. Haciendo puntería con un tirachinas contra la veleta que estaba en lo alto del tejado. Tiraban guijarros recogidos de entre la grava con la que estaban reparando la carretera, y hacían que con cada golpe de tirabeque en un Cid que culminaba la veleta, este girara sin control. Con tan mala suerte que en uno de los intentos, a su amigo Celedonio se le escapó el tiro y acabó rompiendo un cristal de la buhardilla de la casa. Echaron a correr, y esa fue su perdición. El dueño de la casa, al verlos correr, salió a la calle y vio los cristales en el suelo. Esperó pacientemente hasta que volvieron al parque junto al que se encontraba la casa, los agarró por el brazo y les hizo acompañarle a ver a los padres de cada uno de los amigos. Los dos primeros padres intentaron disculpar a los muchachos. “Son cosas de críos, no te enfades, le dijo uno”. “Todos hemos hecho trastadas cuando éramos pequeños, le dijo otro”. Pero cuando llegaron a ver a su padre, en lugar de intentar disculparle como habían hecho los padres de sus amigos, le dijo “pues que lo pague”. El dueño de la casa no daba crédito. “¿Me está usted diciendo que su hijo va a pagar el cristal roto?” Y el padre, “Exactamente. Él ya sabe que todos sus actos tienen consecuencias. Si ha roto el cristal, aunque sea por accidente, usted tiene el derecho a que se lo paguen. Y él tiene dinero de las propinas”. El hombre reconfortado por la actitud de su padre, a final le dijo que estaba agradecido por la respuesta y que le deba pena el muchacho. No tendría que pagar el cristal. Sin embargo, a Cotidio le dejó claro que los actos tienen consecuencias y que es mejor pensar las cosas dos veces y ponerse en la piel de los demás antes de actuar. A partir de ese día tuvo claro que no debía participar en la quema de un montón de aliagas que había en un barbecho tan cerca de un rastrojo que era evidente que si le prendían fuego acabaría propagándose y quemando las tierras no cosechadas (como así sucedió), o que no debía soltar un pedrusco enorme desde el puente a la vía justo cuando pasaba el Talgo de las diez.

Ha acabado el tercer cigarro desde que vio como Raúl y sus amigos se metían en la caja del camión y prendían una hoguera dentro. No sabe si contarle a la policía lo que ha visto, porque a pesar de las constantes trastadas del sinvergüenza de su vecino, hacerlo puede suponer joderle la vida para siempre. No ha habido heridos porque el camión estaba aparcado en el descampado sin nada alrededor y al ser de una gran empresa, seguro que está asegurado. Sin embargo, si ha decidido contarle al padre de Raúl, lo que este y sus amigos han hecho. Y la posibilidad de que si no hace entender a su vástago que no puede comportarse como si en la vida sólo existiera él y nada importase, acabará acudiendo a la comisaría a denunciar el incendio del camión.

Está harto de que los hijos de sus amigos con los que rompió el cristal, se comporten como bárbaros, riéndose de los ancianos, cagándose en las puertas de los abuelos indefensos que aún viven en el pueblo o rompiendo las mesas y sillas de la terraza del bar para divertirse. Y todo porque sus padres siguen disculpándoles con la eterna y falaz premisa de que todos hemos sido niños o que sus hijoputeces son “cosas de críos”.

*****

Peter man

Hemos llegado a un punto de infantilización social que da miedo. Nadie es responsable de nada. Todos buscamos excusas que nos exculpen o cargamos las culpas sobre otros, o lo que es peor, sobre el propio rebaño o sobre la coyuntura para poder vivir sin remordimientos en una apatía que nos permita acomodarnos en lo placentero con una pátina sobre nuestra conciencia para que todo le resbale.

Escuchaba el otro día ojiplático en uno de los pódcast de “Buenismo bien” que nos regalan Kike Peinado, Manuel Burque (ese día no participaba) y Henar Álvarez, como una activista feminista (de la que no recuerdo el nombre) le echaba la culpa al patriarcado social por una decisión que ella había tomado con dieciocho años: operarse el pecho para meterse dos prótesis de silicona. Igual me cae la del pulpo, pero digo yo que la decisión de operarse la tomaría ella y no la sociedad. Es como si un fumador le echara la culpa de su cáncer de pulmón a la sociedad que le llevó a coger el vicio del cigarro a los catorce años, para hacerse el mayor.

Deberíamos hacernos cargo de nuestros actos y ser responsables de sus consecuencias. Sin embargo, sobreprotegemos a nuestros hijos en demasía, intentando evitarles cualquier fricción con la infelicidad. Veo como en hogares a los que Caritas alimenta cada semana con su bolsa de productos básicos (leche, aceite, arroz, pasta, legumbres y hasta chocolate), se gastan 500 euros en “comprar” un perro de raza porque uno de sus hijos se ha encaprichado en tener perro (como casi todos los chavales a los doce, catorce años). Veo como esos mismos padres u otros por el estilo, se privan de todo para que sus hijos puedan llevar en los pies unas zapatillas de doscientos euros (que al igual que las de treinta, confeccionan niños en condiciones esclavas en el tercer mundo, pero que valen cuatro veces más por llevar las hojitas, el swoosh, o la estrella negra embutida en un círculo). Veo a chavales que deberían estar en el instituto, en la universidad o trabajando, gastar gasolina como imbéciles en sus motos o coches, comprados con el sudor de los padres mientras ellos viven a pensión completa en el hotel familiar. No trabajan, no estudian y lo que es peor ni tienen intención de hacerlo porque no les faltan cincuenta euros en el bolsillo para sus cosas. De nuevo sus padres les disculpan cargando sobre la sociedad y el gobierno por la falta de trabajo. Aunque jamás han movido un dedo para cambiar la situación y no dudan en demostrar simpatía por este sistema que les ha dejado en la situación en la que viven.

Vivimos en la sociedad del sí, de la inmediatez y de la cultura del “por qué yo lo valgo (que los fascistas llaman del esfuerzo) que ya no consiste en ganarse el pan con el sudor de tu frente, en conseguir derechos a base de lucha, sino en la alabanza de los hijos de papá. Como hemos visto estos días con la hija de “Don Amancio” que más allá de su valía se va a hacer cargo del grupo de «papá», y porque una vez, como escarmiento por su comportamiento en los estudios o como excentricidad de la rebeldía juvenil, estuvo doblando camisetas en una de las tiendas de la cadena familiar, los carcagacetilleros lo cuentan como si hubiera pasado de la misera de la chabola al yate de 50 metros de eslora ganado con su trabajo.

La responsabilidad de que, por ejemplo la Comunidad de Madrid, sea la que menos invierte en educación y sanidad pública y en gasto social por habitante de todo el estado, no es de todos los individuos que creen que la libertad consiste en poder ir al bar cuando quieras, sin mascarilla y sin horario restringido y por eso votan a una elementa con demasiadas demostraciones de disfunciones cognitivas y de comportamiento. No. La culpa es de los políticos, así en general que se llevan la pasta, nos roban y sólo trabajan para ellos mismos, aunque precisamente los únicos que han demostrado como ciertas esas aseveraciones son los que reciben el voto masivo de todos estos energúmenos sociales.

Cuando suceden hechos de prepotencia, despotismo y abuso como cuenta aquí Enrique G Pozo, periodista de La Ser, la culpa no es de nuestra apatía y nuestra estúpida forma de votar en contra de nuestros intereses que hizo que permitiéramos que unos señores condenados por corrupción hicieran que cualquier actuación policial sea impune (siempre prevalece la versión del policía, incluso en algunos casos con grabaciones que demuestran lo contrario), que sigamos permitiendo que el gobierno de coalición que nos prometió y firmó un acuerdo para la derogación de la Ley Mordaza, siga sin hacerlo aunque desde la propia Unión Europea se les haya dicho que deben reformar una ley por su carácter “represivo”. La culpa es del propio ciudadano que se para a comentar con otro ciudadano un presunto abuso policial y una presunta detención ilegal por racismo, en lugar de seguir su camino y bajar la cabeza o mirar para otro lado.

Hemos creado una sociedad de apáticos ignorantes y tiranos, egoístas cuyo culo vale más que ningún otro culo. Los derechos son cualquier capricho individual que se le pueda ocurrir al archipámpano por más variopinto que sea y las obligaciones son las autoimpuestas. Mientras, los derechos de verdad, los conseguidos durante años de lucha, sangre, sudor y coacción de nuestros antepasados dejamos que sean papel mojado y que se extingan como el fuego que consume un papel de fumar en segundos. Ya no se respetan los días festivos. No se respetan ni las vacaciones cuando desde la oficina te llaman por teléfono para consultarte algo tan urgente que lleva tres meses sin resolverse pero que al jefe de turno se le ha ocurrido resolverlo en ese preciso instante que tu ni te acuerdas del trabajo.

Hemos creado una sociedad de infantiles acomodados que están acostumbrados a que nada de lo que hacen tiene consecuencias para ellos, porque es más fácil vivir en la ignorancia que en la perpetua lucha contra las injusticias de los poderes que todo lo controlan. Y cuando les tocan en primera persona los efectos de su conducta egoísta, siempre hay un político de turno de guardia, una situación general social o una mención a la sociedad en general a la que agarrarse para apartar de su mente la responsabilidad y cargar contra ellos la culpabilidad de sus actos y su desgracia. A nadie parece importarle que el médico de familia te atienda por teléfono, tres días después de solicitar consulta. O que el especialista te de cita a un año vista. O que si se te van a operar y el anestesista ese día pilla la gripe y se pone malo, como no hay personal suficiente tengas que esperar otros 18 meses para que te vuelvan a operar de nuevo. Sin embargo, están todo el puñetero día apoyando por redes sociales, a una familia de mamarrachos que quieren que su hija sea una ignorante como ellos y les ofende que la enseñen en catalán. O nos sacamos selfis con un cartelito “#Yo soy pandemia” pensando que quién te va a despedir le importan las redes sociales en lugar de salir a la calle y luchar por tu puesto de trabajo como los trabajadores de Tubacex o del metal en Cádiz.

Cuando el ser humano, históricamente se vuelve egoísta, egocéntrico y apático, entran a saco los populistas del fascismo. Luego vienen las purgas, los asesinatos en masa y las guerras para solucionarlo. Queremos que nuestros hijos no sean infelices y les estamos llevando directamente al matadero.

Así es imposible cambiar la tendencia.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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