El escritor portugués Mário Cláudio. Foto: Rosa Da Silva. FOTO:GONÇALO ROSA DA SILVA

Pocos géneros literarios se le resisten a Mário Cláudio (Oporto, 1941), quizá ninguno, ya que hasta es un reconocido letrista de fados, además de poeta, dramaturgo, ensayista y narrador, sin dejar pasar por alto su reputada carrera académica en Biblioteconomía y Ciencias Documentales. Esta novela que ahora publica en español La Umbría y la Solana la presentó en su país en 2008 y supone un bellísimo homenaje al inseparable dúo formado por Lisboa y Bernardo Soares, el que probablemente sea el heterónimo más misterioso y complejo del impar Fernando Pessoa. Mário Cláudio, natural de Oporto, siempre ha huido de la centralización cultural que la capital lusa impone en todo el país, pero ello no es óbice para que Buenas noches, señor Soares contenga pasajes evocadores de una ciudad y un tiempo que ya nunca más serán con unos personajes entrañables que dan la dimensión de aquella Lisboa de los años 30 del pasado siglo, cuando Pessoa paseaba por la Baixa acompañado de incontables sombras a su alrededor.

Usted recibió el Premio Pessoa en 2004. Esta novela que ahora se publica en España la escribió usted poco después de recibir este galardón. ¿Fue un gesto de agradecimiento al inconmensurable poeta y escritor portugués o ya tenía previsto abordar esta historia previamente?

No. La redacción de la novela ya estaba avanzada, y la entrega del premio fue un mero incidente que coincidió con el trabajo que tenía entre manos.

¿Por qué la sombra de Pessoa sigue siendo tan alargada aún hoy, más de ocho décadas después de su fallecimiento?

Con Camões, Eça de Queirós y Camilo Castelo Branco, Pessoa forma parte de la galería de los más grandes de la literatura portuguesa. La circunstancia de que mereciera una mayor atención internacional que los otros, quizás viene realzada por su caso único, la heteronimia que vivió y practicó, esto habría aumentado su fama, que está enteramente justificada por la genialidad de la obra.

“Pessoa y Lisboa son ‘lugares’ inseparables”

En Buenas noches, señor Soares, elige la figura de uno de los heterónimas más famosos del autor de Libro del desasosiego, precisamente el protagonista de este inclasificable libro. ¿Por qué precisamente Soares?

Bernardo Soares es el heterónimo del que menos se conoce, porque Pessoa no lo caracterizó con la claridad que dedicó a los demás. Tiene por tanto algo de percha, en la que se hace deseable suspender diferentes vestimentas.

¿Qué tiene de particular? ¿Quizás que hay muchos Soares dentro del propio Soares, muy propio de Pessoa, al modo de las matrioskas rusas?

Soares constituye así un eje útil para la animación de varios personajes que lo rodean.

Lo evocador y lo fantasmagórico están muy presentes en su libro. Tiene el aroma de aquella Lisboa ya inexistente que también y tan bien reflejó en muchas ocasiones Pessoa a través de sus heterónimos. ¿Ha sido ese uno de sus objetivos al escribir Buenas noches, señor Soares?

Pessoa y Lisboa son “lugares” inseparables, lo que finalmente lo convertirá en un poeta urbano y poco portugués. Esto también se sumará a la leyenda en la que se ha convertido, un hombre que, como Kavafis, se confunde con la ciudad que nunca abandonó.

¿Qué ve el joven narrador de su novela en el señor Soares cuando entra a trabajar en el almacén de telas donde el heterónimo de Pessoa ejercía de traductor?

En cierto modo, todo lo que quieren los lectores. Puede ser el padre, el maestro, el amigo o un ente totémico, expresándose a través de enigmas, y conteniendo en sí mismo, para el joven que lo contempla, múltiples claves para la explicación de la vida.

¿Es Soares probablemente el heterónimo más cercano a la personalidad de su autor?

Creo que será lo más cercano al aparente gris provinciano experimentado por Fernando Pessoa. Pero en una personalidad como la suya, tan poliédrica y tan secreta, las existencias menos evidentes no serán menos ricas que las demás.

La historia familiar del joven António da Silva Felício es estremecedora, tanto en el devastador retrato que realiza de su hermana Florinda, como de su indolente cuñado o de la cruel suegra de su hermana. ¿Le han servido todos ellos para plasmar el retrato de una sociedad demasiado cotidiana en aquellos años?

Las figuras de este perfil abundan en todas las latitudes, y solo el espíritu del lugar les da alguna especificidad.

Para terminar, resulta inevitable hablar del arca de Pessoa, una especie de agujero negro insondable aún, al que usted también hace un guiño en su novela. ¿Nos puede deparar alguna nueva sorpresa a los entregados seguidores de Pessoa?

Siempre, siempre. Un arca sin fondo no define exclusivamente el sueño de cualquier investigador. Corresponde a lo que cualquier autor desea transmitir en herencia, pero de lo que solo unos pocos pueden presumir.

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