El escritor barcelonés Albert Lladó. Foto: Jordi Vera.

No hay género que se le resista al editor, periodista y gestor cultural Albert Lladó (Barcelona, 1980). Después del ensayo, los relatos, el teatro o las entrevistas, aborda ahora la novela con una historia ambientada en la parte trasera de la Barcelona preolímpica, donde un grupo de amigos levantan un universo particular con reglas propias, siempre moviéndose en los bordes. La travesía de las anguilas (Galaxia Gutenberg) es un canto al despertar a la vida y a la resistencia en una época y un lugar que no eran precisamente del color de rosa que se estaba pintando por todos. Como apunta Lladó en esta entrevista, “no es extraño que los fondos buitres llamen “bichos” a las personas que intentan desahuciar. Lo que no siempre saben es que esos “bichos”, a veces, logran convertir su vulnerabilidad compartida en resistencia colectiva”.

“La ficción busca una verdad literaria, no una verdad histórica”

 

Aristóteles decía que las anguilas nacen del fango. ¿De dónde surge La travesía de las anguilas?

Las anguilas son animales realmente curiosos, que se pasan la vida transformándose constantemente, cruzan todo un océano, para finalmente volver a su lugar de origen. Algo así le pasa al protagonista de la novela, que vuelve muchos años después al barrio donde nació para reencontrarse con sus amigos de adolescencia, y para comunicarles que su maestro, una especie de arcángel libertario que les enseñó a ser adogmáticos, ha fallecido. Lo importante de las anguilas, y de esos personajes, es que pueden evolucionar sin ser capturados. O eso creen.

 

Para narrar los márgenes, ¿se hace necesario u obligatorio descender a la marginalidad, o incluso haberla vivido en algún momento? ¿O todo lo contrario, puesto que al crear materia de ficción supuestamente todo está permitido y no se nota la pose?

Los personajes, precisamente, no se dejan capturar por la marginalidad. Han nacido y crecido en los márgenes, pero eso no significa que no estén buscando, siempre, universos propios de sentido. Creo que la ficción busca una verdad literaria, no una verdad histórica. Por lo tanto, uno puede escribir una novela magnífica sobre la Revolución Francesa sin haberla vivido en primera persona. Lo que pasa es que normalmente trabajamos con material que tenemos cerca, con experiencias de vida que luego las podamos transformar en artefactos narrativos. Y por eso me pareció interesante volver a mi infancia en la periferia para narrar unos paisajes que, creo, no se han narrado como yo quería hacerlo. No hay nostalgia ni lamento, sino una voluntad de mostrar cómo desde la fronteras no se ven las fronteras. Y, por lo tanto, es desde los márgenes de la ciudad desde donde se puede resignificar la urbe, que normalmente se ha explicado a sí misma, y al mundo, desde un punto de vista muy determinado.

 

Aquella Barcelona olímpica le dio la espalda a muchos de sus vecinos, que debieron adaptarse a un hábitat tan cambiante como inhóspito. ¿Por qué esta mítica ciudad tiene marcado a sangre y fuego ese sino de contrastes entre lo mejor de sí misma y lo peor?

Porque, pese a la gentrificación, los simulacros y las franquicias, aún es una ciudad viva. Es cierto que, desde hace décadas, se intenta “limpiar” Barcelona y ponerla “guapa” desde lugares que no atienden a todos los rincones de la ciudad. Pero lo interesante son los procesos de resistencia, y las huellas que éstos dejan en sus habitantes. Me parecía importante volver a leer esas cicatrices desde la narrativa. No para darle voz a los sinvoz, no para hacer una estetización de la pobreza. Lo que hacen los personajes de La travesía de las anguilas es habitar un paisaje. Y ahí, como en el centro más céntrico de una ciudad, nace y crece el deseo, el miedo y la amistad.

“Lo importante de las anguilas, y de los personajes de ‘La travesía de las anguilas’, es que pueden evolucionar sin ser capturados. O eso creen”

 

Es en sitios así donde germina espontáneamente la semilla de la resistencia. ¿Cuál es el abono que la hace florecer?

Precisamente es ese “decir no” a ser narrados desde una mirada que quiere ser folclorizante o colonizadora. Sentir alegría en un lugar que aparentemente debería ser triste es un acto revolucionario. Las anguilas cambian de color, se esconden y reaparecen. Pero su anhelo es, siempre, la libertad indomesticable. Y, para ello, se han de crear unas reglas de juego. Eso es lo que hacen esos chavales. Crear unas “reglas de juego”.

 

También crece aquí sin control la violencia y el mal. ¿Males estructurales con los que hay que saber aprender a convivir?

Los personajes saben que han de convivir con el dolor —la aparición de la heroína es devastadora, por ejemplo— y con la sensación de fracaso —que ven esculpido en sus padres—. No intentan aprender a resignarse, pero tampoco quieren evadirse de su entorno. Confunden —porque es la misma cosa— la literatura con la vida, la lectura con la acción. Por eso la novela es, también, una especie de grito contra la literalidad. Saber leer —eso es lo que entienden pronto los personajes— significa mucho más que conocer la descripción de las palabras que nos proporciona el diccionario.

 

Su historia coral comienza, antes de retrotraerse al ambiente de euforia de la Barcelona preolímpica, con la muerte por alzhéimer de un protagonista en la semana previa a la celebración del referéndum de independencia de Catalunya. ¿De aquellos polvos estos lodos o es algo mucho más complejo?

La novela transcurre semanas antes de las Olimpiadas del 92 pero, ciertamente, está narrada pocos días antes del Referéndum de 2017. Me interesaba mucho situarla entre dos momentos de tensión, entre dos acontecimientos que han marcado un antes y un después en la ciudad. ¿Qué pasa entre los grandes hitos de la Historia? ¿Cuál es el impasse entre acontecimiento y acontecimiento? ¿Qué experiencias de vida han quedado allí, escondidas entre el fango de la Historia, que nos explican, más allá del titular y la efeméride, como comunidad?

 

¿Vivir en los márgenes saca lo mejor del ser humano por encima de sus miserias?

El desafío es convertir el límite, la frontera, en una condición de posibilidad, y no en una renuncia. Todos, de alguna manera, en algún momento, disfrutamos el privilegio de la centralidad y padecemos la supuesta condena a la marginalidad. Qué hacemos con eso es lo que nos trasforma, o no, en anguilas. Anguilas que no aceptan ser contabilizadas ni como soldados ni como autómatas. No es extraño que los fondos buitres llamen “bichos” a las personas que intentan desahuciar. Lo que no siempre saben es que esos “bichos”, a veces, logran convertir su vulnerabilidad compartida en resistencia colectiva.

 

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