Eduardo  Ruffo fue uno de los más crueles represores que recuerdan los pocos sobrevivientes que pasaron por Automotores Orletti. Además de torturar y asesinar a sus indefensas víctimas, se apropió de Carla Artes, cuando la niña fue confinada en ese centro de tortura y muerte junto con su madre, de la que nunca más se supo. Ambas habían sido secuestradas en Bolivia y trasladadas a Buenos Aires en el marco del Plan Cóndor. Carla  tenía poco más de un año y medio. La criatura permaneció en su poder hasta el 24 de agosto de 1985, cuando su abuela Matilde Artes pudo recuperarla. Dos años después, abuela y nieta fugaron a España por temor a que Ruffo pudiera apropiarse nuevamente de aquella niña. La ley de obediencia debida dictada por el Congreso de la Nación había abierto las puertas de las cárceles a decenas de represores, incluido a este miserable que se jactaba de ensayar tiro al blanco apuntando a la cabeza de sus víctimas. Cuando Carla volvió a la Argentina en 2012 para testimoniar en la causa, reveló que Ruffo la sometía a malos tratos y que abusaba de ella desde los cinco años. Ruffo estaba cumpliendo una condena de veinte años, pero el Tribunal Oral Federal Nº 1 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires decidió convertirla en perpetua a tenor de la gravedad de los delitos cometidos.  

Inexplicable contradicción

Lo que hay que objetarle a esos mismos jueces es que le hayan concedido a este monstruo la prisión domiciliaria. Una inexplicable contradicción. Si desde la cárcel estos genocidas siguen poniendo en riesgo la seguridad y la vida misma de muchas personas, hay que imaginar lo que son capaces de hacer desde sus domicilios.

Esta historia la he narrado en el libro La Abuela de Hierro en varias ediciones, la primera de ellas de octubre de 1995. La última en 2017, después de la muerte de Carla, ocurrida el 22 de febrero de 2017 a los 41 años de edad. Desde España, su abuela Matilde, conocida como Sacha, no ocultó su satisfacción por la decisión del tribunal. “Se ha hecho JUSTICIA con mayúsculas, de alguna manera es un alivio, aunque quisiera saber qué hizo este asesino con mi hija Graciela” expresó Sacha desde Mallorca, donde reside desde hace varios años.

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