“Desde chiquito tenía vocación para la literatura periodística y constituía mi sueño dorado la idea de escribir gacetillas y hablar mal de los alcaldes, y enseñar al público los bandidos honrados que por ahí pululan”.

Son palabras literales de un artículo de Rodríguez Marín firmado en la prensa sevillana. Y, ciertamente, al Bachiller de Osuna le otorgaron los títulos honoríficos de docto erudito y polígrafo nacional, pero más allá de querer haber sido un literato célebre, un ilustre académico, un reputado cervantista, o un reconocido investigador filológico, Rodríguez Marín se sentía muy especialmente, periodista, porque donde su grafomanía tomaba aire y se levantaba útil y humana, no era en la lengua yacente y anatómica de la filología incipiente, sino en la lengua erguida y hacendosa, viva y musculada del mensaje periodístico.

Recientemente he escuchado decir a Mario Vargas Llosa que el periodismo ha perdido la seriedad y la influencia que tenía. La profesión se ha vulgarizado mucho y se ha convertido en una forma de entretenimiento y diversión.
Qué no se ha banalizado en este país y qué no se ha convertido en mero entretenimiento y diversión con la inestimable colaboración divulgativa de los propios medios de comunicación: el periodismo vociferante y dogmático de las tertulias con apariencia de ilustrado e infalible, la gastronomía sin hambre, la escuela lúdica de los tecnócratas, el concurso de tu vida, la vida como un concurso.

A todo se le ha extraído el jugo que lo fundamentaba y lo sostenía en el tiempo y le daba valor antropológico y se le ha inyectado el suero de la frivolidad y el divertimiento, que son las nuevas encarnaciones oficiales de un país que por naturaleza ha sido tragicómico como muy bien se encargaron de explicar españoles como Larra, Valle-Inclán o Luis García Berlanga. Con la suerte inmensa de una gran cantidad de prosélitos y de un público en masa creyente y ferviente que le rinde culto diario al tótem idiotizante de los programas televisivos y se queda atrapado en la pegajosidad de las redes sociales.

Únicamente importa la puesta en escena. No hay texto sociopolítico convincente y hacedero. Interesan más las historias oficiales que la reales y se rehúye por sistema la confrontación descarnada con la realidad que degenera en trivialidad. La gestualidad y la teatralidad han invadido la vida pública con el mal llamado “periodismo” como director escenográfico, sería más acertado denominarlo vedetismo comunicativo. Tanto prestar el oído a la cantinela ideológica de la visibilidad que hemos perdido por el camino el pensamiento, el intelecto y los argumentos.

No le falta razón al Nobel peruano, el periodismo hace tiempo que perdió seriedad y rigor y lo del “cuarto poder” en muchos casos queda lejos, más bien es el cuarto de reunión y la salita de estar del Poder y de los grupos de presión, eso que los modernos llaman lobby, que es cacicato de toda la vida pero en inglés, que suena más distinguido. En muchos casos, por necesidades económicas o por puro interés, el periodismo es una industria que aspira a inventarse la verdad.

Lo afirmó popular y sabio el bueno de Antonio Machado en sus “Proverbios y Cantares”: “Se miente más de la cuenta/por falta de fantasía: /también la verdad se inventa”. Y para sobrevivir o para enriquecerse, el periodismo olvidó su servicio y compromiso sociales con la información veraz, la crítica y la investigación, en aras del show y del exhibicionismo mediático, contagiado, probablemente, por “La sociedad del espectáculo”, tal como tituló y tildó a nuestra civilización contemporánea Guy Debord en su ensayo. El periodismo de hoy en día, salvo honrosas excepciones, ha decidido que todo tema o asunto de actualidad del ámbito humano se convierta en un espectáculo informativo con la piedra filosofal de la ramplonería y la insulsez.

No sé si es un problema de sensibilidad ética o de mercancía consumible con una fuerte demanda, o ambas cosas a la vez. Pero hasta la pobreza merece un tratamiento con efectismo periodístico, cuando ya la miseria porta de modo inherente su efecto dramático sin que sea grabada o retransmitida o nos la pasemos unos a otros a través de Internet con fotos y mensajes conmovedores. No sé si ha llegado el tiempo de los androides o ya están fabricándose en serie sin que nos demos cuenta, pero el espíritu crítico de la Ilustración no se está programando y es una auténtica pena ahora que vuelve lo vintage y la moda retro, porque los bandidos honrados de Rodríguez Marín nunca han pasado de moda. Por ahí pululan. A diestra y siniestra. Mientras tanto, esperemos sentados a que vuelva el periodismo como tentáculo de la cultura.

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