Abuelo Esclavo

 

En el salón, retumba el sonido de la risa histérica de Susana Griso. Alguien le ha hecho un comentario soez para cualquier mujer con un mínimo de integridad, que ella acoge con risas y una mueca de indignación que se nota a la legua fingida. Es parte del espectáculo televisivo de un programa y una cadena decidida en cuerpo y alma a luchar contra cualquier cambio político. Un programa y una cadena que igual le da voz a un torero analfabeto cultural, que al Duque de Alba como dignos (para ellos) representantes del pueblo. Aunque lo más cercano que éstos hayan estado de la gente normal haya sido montados en un caballo dando órdenes a un mozo de cuadras.

Frente al televisor, con un volumen que bien podría despertar al vecino del segundo, dormita Leodowaldo. La edad no perdona y las neuronas deben descansar más a menudo de lo normal, sobre todo si te has levantado a las cinto treinta de la mañana. Leodowaldo, de lunes a viernes y de septiembre a junio, salvo dos semanas en navidad y una en Semana Santa, debe recoger a su nieta Lucía a las cinco treinta de la madrugada en casa de su hija, que vive a veinte minutos en coche, llevarla a su domicilio, dejarla dormir hasta las ocho y media y a las nueve acercarla al colegio que está a diez minutos andando de su portal. A mediodía, la recoge, la lleva también a su casa, dónde la abuela Balbina ha preparado la comida para los tres. A las tres menos cuarto, de nuevo al colegio hasta las cuatro y media. Luego el balonmano, las clases de inglés y la escuela de música, son un trajín que llevan a Leodowaldo y a Balbina de acá para allá todos los días, llueva, nieve o haga sol. Su hija Mercedes recoge a Lucía a eso de las ocho y media de la tarde, ya bañada y cenada y con el pijama puesto, para que cuando lleguen a casa (a esas horas, los veinte minutos de la mañana se convierten en una hora) se meta directamente en la cama. Y al día siguiente, vuelta a empezar.

Leodowaldo es un abuelo esclavo. Toda su vida ha sido esclavista. Empezó a trabajar con apenas doce años. Allá por 1962. Él, su madre, y sus cuatro hermanos se habían venido a Madrid siete años antes, para estar más cerca de su padre, condenado a trabajos forzosos en Cuelga Muros. Y allí, en la gran ciudad, había sacado adelante a sus cinco hijos trabajando de sol a sol como fregona, costurera, lavandera y hasta modistilla de los burguesillos adeptos al régimen que hacían fortuna robando a los pobres en las cartillas de racionamiento, desviando aceite de los cargamentos del estado o simplemente extorsionando a labriegos y pueblerinos cuando venían a vender sus mercaderías a los mercados madrileños. Con doce años recién cumplidos y siete años después de haber llegado a aquel Madrid empobrecido dónde los zagales iban a las vías de Atocha a recoger el carbón desperdigado por el suelo, en lugar de ir a la escuela, su madre le encontró trabajo de aprendiz de carpintero. No le pagaban nada, pero le daban de comer. Para su madre, era una boca menos que alimentar.

Con veinticuatro años, y tras haberse pasado tres en la mili, regresó a Madrid. Aunque sabía de carpintería, decidió probar suerte en la fábrica que Pegaso tenía en las afueras de la capital. Y le cogieron. Diez años más tarde, está en la calle por el cierre de la misma, y con tres bocas que alimentar. Gracias a los esfuerzos de su mujer, Balbina que estuvo fregando escaleras de sol a sol, salieron adelante en aquella gran crisis de los ochenta. De nuevo probó suerte en una fábrica. Esta vez en Altamira, empresa que fabricaba, entre otras cosas, cuadernos para escolares. Allí estuvo otros veinte años, hasta los cincuenta y siete. La empresa en los prolegómenos de la crisis del 2008, se proclamó en suspensión de pagos, echó a todos sus trabajadores a la calle y vendió los terrenos a un fondo de inversiones para construir apartamentos turísticos.

Leodowaldo, se fue al paro hasta los sesenta y dos. Se jubiló perdiendo un veinte por ciento de la pensión. Pero le convencieron de que mejor eso que nada.

Ahora, a sus sesenta y ocho años, bien podía vivir tranquilo con su pensión de ochocientos treinta y cinco euros, pero se ve esclavizado por su hija, más esclava que él, porque, aunque vive en una casa de tres plantas, garaje y una parcela de 500 m², no disfruta de ella, como tampoco lo hace de su hija Lucía.

Es la hora de la siesta y Leodowaldo vuelve a dormitar en el sillón orejero mientras en la TV, en la misma cadena de la mañana, están diciendo que los abuelos se manifiestan en Madrid, contra los recortes de las pensiones. Leodowaldo piensa que son unos locos, porque como dice la Griso, como vengan los de Podemos, pasará como en Grecia. Claro que Leodowaldo no sabe muy bien que es lo que pasó en Grecia, como tampoco ha oído nunca hablar del Factor de Sostenibilidad ni del FRA. Lo único que sabe a ciencia cierta es que a él nunca le van a recortar la suya. Claro que también sabía que su hijo, trabajando en un banco, nunca se quedaría sin trabajo y ahora malvive con 44 años de la indemnización de Caja Madrid.

 


 

PENSIONAZO

 

Imaginemos que llega un señor a tu casa y te propone que, si ahorras doscientos euros mensuales de tu salario, dependiendo del número de años en los que estés ahorrando, en un periodo mínimo de treinta años se compromete por escrito a que durante el resto de tu vida, te pagará, en concepto de capital invertido más intereses, una cantidad al mes, que ronda los mil euros. Imaginemos que tú, tu cuñado, tu primo, tu hermano, tu vecino, y todos los que tú conoces aceptan las condiciones del contrato y que tras los primeros treinta años, los que han invertido en ese negocio, empiezan a cobrar lo prometido. Pero, en unos años, hay un cambio de estructura en la compañía y los nuevos dirigentes cogen el dinero destinado a pagar a los que llegan al periodo establecido para el cobro, y se lo gastan en salarios estratosféricos e inversiones para ellos. Los primeros años después de eso, pagan a los beneficiarios del negocio con las nuevas aportaciones, pero éstas van decayendo y llega un momento en que ya no hay fondos para pagar a los que van llegando al periodo de vencimiento. ¿Cómo se llamaría esto? Sin lugar a dudas, ESTAFA.

Estamos en una coyuntura, que como ya he repetido muchas veces, lo llaman liberalismo pero que no es otra cosa que un hijoputismo desilustrado. Más que nada, porque los que lo practican se benefician de la inocencia y estupidez de la gente, así como de su ignorancia y de su falta de formación cultural, política y social para cometer sus tropelías.

Desde que estos señores embaucadores, magnates de la corrupción, prepararon las estructuras del estado para su impunidad, lo único que han hecho es destruir el sistema público para que, quienes presuntamente acaban transfiriendo los fondos de lo público a sus bolsillos, se beneficien de ello. Han lacerado la sanidad pública, para que, invirtiendo más recursos públicos, éstos acaben en manos privadas. Han convertido la educación pública en un negocio para la iglesia católica y los amigos de sectas retrógradas. Aquí además de utilizar los recursos públicos para financiar lo privado, utilizan los colegios para adoctrinar y convertir a las nuevas generaciones en siervos disciplinados y dóciles.

Acabaron con las empresas públicas con la peregrina escusa de la competitividad, habiendo convertido en cuasi monopolios los bancos, las eléctricas y la telefonía y hasta las carreteras de peaje permitiéndolas hacer y deshacer al interés del sector, consintiendo el abuso contra los administrados. Y ahora, visto el jugoso pastel, van a por las pensiones. Un sector demasiado goloso para dejar de hincarle el diente.

Para el abuso contra las pensiones, lo primero que hicieron fue crear un mantra, que difundieron hasta la saciedad y hasta que se grabó a fuego en el cerebro de los siervos televisivos: “Tu pensión, la paga el trabajador actual. Se necesitan cinco trabajadores por cada pensionista”. Como si haber cotizado durante los treinta años requeridos por el sistema, de forma obligatoria y con las condiciones que te han impuesto, fuera papel mojado que puede caer en el olvido de quiénes han patentado el servicio a su manera, sin negociación y de forma absolutamente condicionante. Pues no. Mi pensión, cuando llegue el momento, me la habré ganado yo cotizando a fuego durante más de treinta y cinco años.

Durante un tiempo, estuvieron dando el coñazo con los planes de pensiones de bancos y entidades financieras. Pero España es diferente y aquí poca gente hace caso de aquello que no es tradicional. Y eso de invertir en la jubilación, no caló. Si a eso le sumamos unos salarios de miseria, ahorrar, se hace difícil y para la jubilación, imposible. Y como la mayor parte de los trabajadores no se conformaron con el trágala de los fondos privados de inversión, entre otras cosas porque aquí la banca también es partidaria del hijoputismo, del negocio fácil, como las preferentes y de las prácticas poco ortodoxas, ahora lo quieren hacer por la fuerza de la ley. Otro fraude a los trabajadores más a tenor de lo sucedido en Canadá o Chile.

Otro fraude como también lo es el negar que las reestructuraciones de 2011 (PSOE) y 2013 (PP) dónde se reformó lo establecido hasta entonces para obligar a los trabajadores a cotizar más años, a jubilarse más tarde y a recibir menos pensión, endureciendo los baremos que establecen la cuantía de las mismas, establecen que el fondo de las pensiones puede ser nutrido a través de los Presupuestos Generales del Estado, mediante la inyección de fondos provenientes de tributos (IVA, Impuesto a los Bancos, etc.). Si hay fondos para rescatar bancos y peajes, más debería haberlo para rescatar personas.

De lo que no hay duda es que las pensiones es uno de los últimos frentes del hijoputismo económico. Un frente suculento que puede producir pingues beneficios y que es una verdadera trampa como ya ocurrió en Argentina en el 94 con Carlos Nemen dónde uno de los máximos beneficiarios fue la filial del BBVA, Consolidar. Un gran timo porque, una vez introducido en este sistema, que tanto gusta al hijoputismo español, no puedes volver al sistema público y como he dicho antes, en Chile, faro que guía a estos sinvergüenzas y que guio a los argentinos, el sistema ha colapsado.

Porque además hay que recordar aquí, que si recuperas tu fondo de pensión completo, el primer año de tu jubilación, el hachazo que te pega hacienda es de órdago, llevándose un tercio de tu plan de pensiones en impuestos. Lo mismo que están haciendo con todos aquellos que tuvieron que emigrar en los 60 para no morirse de hambre en la España de Franco y a los que ahora Montoro les paga emitiendo declaraciones paralelas que dictaminan que sus pensiones son rentas generadas en el extranjero. El mismo tratamiento que a todos los defraudadores que se llevan la pasta a los paraísos fiscales para no pagar impuestos. Indignante. Las pensiones deberían estar exentas de IRPF porque no son rentas del trabajo. Pero eso a los corruptos se la trae al pairo.

Pero como decía ese sinvergüenza cuyo nombre no quiero recordar, es el mercado el que incita a este tipo de estafas ciudadanas. Y no pararán hasta conseguir que las pensiones públicas desparezcan y sean sustituidas por gestión privada obligatoria. No dejan de dar avisos. Como el que dio el otro día, otro genio de los mercados a la sazón Gobernador del Banco de España, que merecería estar destripando terrones de sol a sol en cualquier barbecho cercano a Écija del 1 de junio al 31 de agosto, que dejó claro que a los abuelos que no les llegue la pensión, siempre pueden acudir, como en USA, al banco a hipotecar su casa por una pensión ridícula que en ningún caso superará el 80% valor de la casa (y si vives más, te mueres de asco) y que es más que probable que acabes regalándosela al banco si te mueres en un plazo relativamente corto.

Y aquí entramos directamente en lo público con el dichoso coeficiente reductor llamado “Factor de Sostenibilidad” que a partir del 2019, puede reducir tu pensión en una media de 230 euros mensuales al incorporar a los ya retorcidos ratios de cálculos para establecer la cuantía de tu jubilación (años cotizados, cuantía cotizada y años con los que te jubilas) uno más, tan verosímil como una encuesta cocinada por Metroscopia: la edad de tu muerte. Es decir, para el cálculo de la pensión a partir del 1 de enero del 19, se tendrá en cuenta un coeficiente basado en la esperanza de vida. Que evidentemente lo pondrán cercano a los 85 años, con lo que tu pensión se verá drásticamente reducida todos los meses, y si te mueres antes, pues mejor para el estado.

Pero los abuelos son bastante culpables de esto. Porque durante años han insistido en sostener con su voto a estos indeseables de la corrupción, precisamente por miedo a que su pensión se viera mermada o reducida considerablemente. Y ahora, que ven como el lobo puede dejarles en la indigencia, están escurriendo el voto desde Málaga hacia Malagón, hacia ese partido naranja heredero de la falange que propone que todo el mundo pague por ir al médico, que las recetas de medicamentos tengan copago o que las pensiones sean privadas. Eso sí, llevan la bandera de España bien delante y a la vista.

España no tiene remedio. Hay que luchar para echar a estos sinvergüenzas corruptos y para evitar que los fascistas anaranjados lleguen al poder, pero todo parece perdido. Mientras los Leodowaldos de España no apaguen la TV completamente y piensen quiénes son los que les han estado esclavizando desde que nacieron hasta que se mueran y sean conscientes de dónde está el problema, seguiremos yendo de mal en peor. La miseria del siglo XVII está a la vuelta de la esquina nuevamente.

De nuevo, la calle es nuestro único salvavidas.

Y apagar la TV.

 

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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