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Pensar la extrema derecha, combatirla después

Francisco Martínez Hoyos
Doctor en Historia
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Los que pensaran que Internet abría el camino a una utopía democrática, al proporcionar a cualquier ciudadano un canal de expresión, hace tiempo que encontraron razones para sentirse decepcionados. Las redes sociales, en la práctica, fomentan el narcisismo y el espíritu de trinchera. Twitter, como podemos comprobar sin demasiado esfuerzo, saca lo peor de nosotros mismos. Lo sabe bien el historiador italiano Steven Forti, instalado en España desde hace años, acosado en la red por atreverse a decir que Junts per Catalunya, el partido de Carles Puigdemont, presenta rasgos de extrema derecha. Sus detractores le sometieron a un vergonzoso linchamiento y tuvieron la miseria moral de poner en duda que deba continuar con su puesto de trabajo en la Universidad. ¡Cómo se atrevía un extranjero a opinar de lo que no le incumbía! Ninguno de los xenófobos advirtió, por supuesto, que de esta forma solo confirmaban la exactitud de la crítica.

Forti sabe de lo que habla. Su último libro, Extrema derecha 2. 0 (Siglo XXI, 2021), que ya ha conocido varias ediciones, es una completa disección de un fenómeno global que nos preocupa a todos, el auge de los partidos políticos de signo autoritario. ¿Vuelve, quizá, el fascismo? Frente la tentación del simplismo, nuestro autor nos recuerda que no debemos caer en la tentación de identificar, mecánicamente, a los extremistas de la actualidad con los de la década de los treinta. Este es un punto fundamental, puesto que, si se trata de combatir algo, primero hay que entender bien lo que es, algo que solo se puede hacer desde el rigor de las ciencias sociales. La izquierda, por desgracia, tiende demasiado a las reacciones emotivas y moralistas cuando debería tener más presente el consejo de Michel Corleone El Padrino III: “No odies a tus enemigos. Te impide juzgarles”.

Aunque existen algunos elementos de continuidad con el fascismo histórico, la extrema derecha actual constituye, básicamente, una novedad que hunde sus raíces en un proceso de actualización que se inició en los sesenta. En la actualidad, sus partidarios, gracias a un uso muy hábil las nuevas tecnologías, han conseguido expandir sus ideas y presentarlas como si fueran de sentido común. Fomentan así (contra)valores como el nacionalismo exacerbado y la xenofobia. La base de su discurso no se asienta en la racionalidad, sino en la emoción, siempre a partir de una visión muy distorsionada de la circunstancia objetiva. Las encuestas evidencian que la gente tiende siempre a creer, por ejemplo, que en su país viven más extranjeros de los que hay en realidad. En España contamos con un 10 % de residentes, no más de un 20%, como muchos suponen.  

¿Qué hacer ante la proliferación de afirmaciones que son, por decirlo suavemente, inexactas? La izquierda tiende a suponer que todo es un problema de educación. Si divulgamos el conocimiento científico, la verdad resplandecerá sobre la mentira. El problema es que las cosas no son tan fáciles. Los sentimientos son también hechos, por lo que hacemos mal en despreciarlos como algo propio de bárbaros. Como nos recordó William Davies en Estados Nerviosos (Sexto Piso, 2019), si nuestros conciudadanos se sienten inseguros, de nada servirá que les recordemos que esos peligros que temen no existen. Debemos, por el contrario, tomarnos en serio las emociones como temas políticos y procurar encauzarlas para desactivar su potencial destructivo. En una línea similar, Forti propone que la izquierda, al dirigirse a los que no piensan como ella, reaccione con más empatía y capacidad de comunicación.  

Los mensajes de contenido moral, por desgracia, alcanzan más visibilidad, con independencia de si son o no veraces, que aquellos otros que pretenden cimentarse la simple ecuanimidad. De ahí que las apelaciones a la indignación, que señalan siempre un chivo expiatorio, lleven las de la ganar. Eso es lo que aprovechan partidos como VOX para sembrar la desconfianza en el sistema democrático y presentarse como los defensores de los de “abajo”. ¿Es este el fundamento de las opciones populistas, a derecha o izquierda? Como Forti muy bien apunta, aún no tenemos una definición indisputable de lo que significa el populismo pese a las toneladas de tinta que se han gastado. Tal vez esté el problema esté en que determinados debates teóricos se plantean desde una óptica en exceso nominalista. Está bien contar con palabras precisas, pero aún importa más tener presente las realidades que esos términos designan. A fin de cuentas, como reza un viejo dicho, “el nombre no hace la cosa”.

Distinguir entre los vocablos y lo que hay detrás de ellos se vuelve especialmente urgente cuando la nueva extrema derecha asegura defender la “libertad”, en sus discursos contra un comunismo puramente imaginario, pero actúa como liberticida. Forti, en su libro, proporciona las herramientas intelectuales necesarias para que la izquierda, lejos de esclerotizados discursos militantes, haga frente a ese enemigo que, hoy por hoy, la tiene sumida en la mayor de las confusiones. Este desconcierto se refleja en el uso del término “fascismo”, en ocasiones tan abusivo que amenaza con vaciarse de contenido. Fuerzas como Alternativa para Alemania o el Partido de la Libertad holandés no pretenden, como Hitler o Mussolini, encuadrar la sociedad o instaurar el unipartidismo, aunque eso no significan que no representen un desafío para la democracia tal como la conocemos.

Uno de estos retos es el relativo a las fake-news. En contradicción con la evidencia más elemental, un político como Donald Trump puede denunciar un supuesto fraude electoral y lograr que millones de personas le crean. ¿Es este uno de los signos distintivos de nuestro tiempo? Aunque está de moda decir que sí, el que escribe estas líneas tiene sus dudas. Excepción hecha de la tecnología informática con la que se propaga, no existe gran diferencia entre el mito del pucherazo norteamericano y la leyenda nazi sobre la “puñalada por la espalda”, la traición que habría provocado la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Pocos años después, la derecha española justificaría la insurrección del 18 de julio a partir de un complot comunista inexistente. Por otra parte, todos los rumores sobre multimillonarios que acechaban en la sombra, como los Rothschild o los Rockefeller, se parecen sospechosamente a los que ahora se esparcen sobre Gates o Soros.  

La denominada “posverdad” no es nueva por su sustancia, solo por las herramientas que producen su difusión masiva. Se ha dicho, no obstante, que lo que la hace novedosa no es la afirmación de que la verdad no existe, sino la pretensión de que los hechos están subordinados a nuestro punto de vista político. Habría que preguntarse, en este caso, hasta que punto la izquierda ha contribuido a semejante estado de cosas. No en vano, los académicos progresistas llevan mucho tiempo afirmando que la objetividad brilla por su ausencia y que todo depende de nuestro paradigma teórico. ¿No es esto, en realidad, una dimisión de la razón ilustrada en pos de un horizonte que se diferencia poco de los “hechos alternativos” del trumpismo?

Uno de los apartados más suculentos de Extrema derecha 2.0 es el que entra en la galaxia rojiparda, es decir, en el intento de hacer una mezcla nacionalbolchevique de elementos de izquierda y de derecha, para así vestir con un disfraz revolucionario lo que no es, en realidad, sino pura rección. Forti sitúa en esta corriente, como un ejemplo de manual, a Diego Fusaro, el filósofo marxista italiano que prefiere el nacionalismo al globalismo, la xenofobia a la solidaridad, los antivacunas a la ciencia. Este pensador elogiaba también a Vladimir Putin, al que definía como “el único verdadero antifascista”. Releído este comentario después de la invasión de Ucrania, lo único que produce es estupor y vergüenza ajena. Uno está tentado de creer que basta con ser guapo y tener un poco de labia para hacerse con un lugar bajo en sol en el mercado de las ideas. Tendemos a suponer, por un exceso de romanticismo, que los intelectuales son heroicos buscadores de la verdad cuando muchos de ellos no pasan de mercachifles que buscan colocar, como sea, sus productos entre una clientela.

En España, Fusaro ha visto como sus obras se traducían, a veces en editoriales y prestigiosas, mientras sus ideas se acogían con interés en determinados círculos más o menos despistados. Ha llegado a darse así la paradoja de que Julio Anguita, el icono de la izquierda pura, alabara al líder tan conservador y xenófobo como el italiano Matteo Salvini. Tal vez la clave de este contrasentido radique en que muchos confunden ir de “enfant terrible” con ser un rebelde auténtico, aunque esta miopía dista de ser algo sorprendente. En otros tiempos no faltaba quien elogiaba Francisco de Quevedo por oponerse al poder sin darse cuenta que sus principios, los de un castellano tradicionalista, nada tenían de avanzados.    

Forti escribe desde el rigor analítico pero también desde la pasión cívica, la de un ciudadano que quiere diseccionar los peligros para la libertad con vistas a combatirlos desde una mayor eficacia. Su libro, por tanto, no se queda en lo puramente académico sino que esboza un programa de combate. Si queremos de verdad defender el sistema contra el acoso de los bárbaros, nuestro camino pasa por reforzar el Estado del Bienestar, no por desmantelarlo. Pasa también por asegurar los derechos de las minorías, no por estigmatizarlas. La lucha debe abarcar distintos planos, desde las movilizaciones en la calle a la pugna ideológica.

Podríamos añadir que la izquierda debería impedir que la derecha se apropiara de términos como “nación” o “familia”, como si solo pudieran ser ideas reaccionarias. Debemos, por el contrario, pensarlas desde una perspectiva renovadora y crear alternativas que resulten atractivas para el común de los mortales. La serie televisiva “Modern Family”, protagonizada por parejas poco convencionales en un sentido estadístico, demuestra que nos es que los progresistas sean contrarios a los valores familiares. Es que los conciben de otro modo, más abierto a la diversidad y la democracia. Por el contrario, es la derecha la que ataca a la familia al favorecer un modelo económico que hace cada vez difícil la compatibilidad entre la vida laboral y la vida doméstica.

Con la patria sucede lo mismo. Existe un abismo entre una España nacionalcatólica, con nostalgias imperiales, y otra abierta a Europa y al mundo. Nacionalista es el que quiere que se gobierne la cosa pública desde los presupuestos de una identidad tan imaginaria como excluyente. En cambio, alegrarse de que gane tu selección no es un micronacionalismo que te convierta, ipso facto, en facha. La izquierda, por desgracia, no siempre capta la diferencia.

De lo que se trata es de lograr un equilibrio, ni por exceso ni por defecto, tanto en estos temas como en otros. El debate sobre la corrección política, en este sentido paradigmático. No puede consentirse, como es obvio, que a un homosexual le llamen “mariconazo de mierda”. Pero, si ciertas lógicas las llevamos al extremo, caemos en la caricatura. La mayoría de la gente no va a entendernos si hablamos de “ellos”, “ellas” y “elles”, o sin pretendemos convencerla de que los pitufos, son, en el fondo, un puñado de fascistas bajo un gobierno gerontocrático. En estas cuestiones, la dosis es siempre el elemento fundamental. Por algo este criterio sirve para diferenciar a la medicina del veneno. 

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