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¡Pelayo!, de José Ángel Mañas

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José Ángel Mañas acaba de publicar en La Esfera de los Libros su nueva novela histórica. Se trata de una recreación de la vida de don Pelayo, aquel mítico primer rey astur, que resucita este otoño en forma de una deliciosa novela de aventuras. Desde Diario 16 os recomendamos su lectura. ¡Buena rentrée literaria!

-Lo primero que te tengo que decir es que me sorprende tu productividad en estos últimos años. ¿Tiene que ver con la pandemia?

-Ja, ja. Está claro que la aparición del Covid y sobre todo el primer confinamiento nos libró de muchos compromisos. Eso ha permitido a quienes ejercemos oficios creativos concentrarnos más en lo nuestro. Y no solo nosotros. Creo que quien tuviera ínfulas de escritor y no haya escrito su novela en estos últimos dos años, no lo hará jamás.

-Vayamos con la obra. Después de Conquistadores de lo imposible, de tus Episodios republicanos, de relatar el cerco de Numancia en El Hispano, hete aquí que te lanzas a recrear la batalla de Covadonga. ¿Hay algún tipo de proyecto novelístico serial detrás de todas estas obras?

-No de manera voluntaria, no. Lo que he ido ha sido interesándome por momentos cruciales de la historia de España. Me parece imprescindible entender lo que pasó en 1936, en 1492, en Numancia y en el 711, que es cuando los árabes invaden la Península, para comprender lo que es España y lo que somos los españoles. Supongo que el envite que supuso el reto nacionalista en Cataluña nos ha llevado a muchos a preguntarnos qué demonios es la identidad española y a buscar sus claves históricas. Yo lo he hecho con mis novelas, y me he dado el gusto de compartir lo que he aprendido con mis lectores.

-¿Qué has aprendido sobre Pelayo?

-De entrada, que es un gran desconocido. Yo creía conocer al personaje, y me di cuenta de que para nada. Lo ubicaba en los Picos de Europa, resistiendo contra los árabes, sí. Pero no era consciente de que hubiera estado al lado de Rodrigo durante la batalla de Guadalete, ni conocía su periplo hasta Mérida y después a las montañas, ni su viaje a la Córdoba musulmana de los primeros años. Sabía que llegó a coronarse rey, pero no cómo, y tampoco su proceso de construcción como líder. La riqueza del personaje me sorprendió. Enseguida me di cuenta de que tenía entre las manos una magnífica novela de aventuras.

-He leído en alguna de tus declaraciones, que comparas a Pelayo con el rey Arturo.

-Son el mismo tipo de personaje. Son más o menos de la misma época y cumplen más o menos la misma función. Cada uno es el primer rey mítico y cristiano de su país y están envueltos en un halo legendario similar. Quizás la principal diferencia sea que Pelayo tiene una existencia contrastada y que su contexto histórico es mucho más importante: Pelayo ganó la primera batalla de la cristiandad contra los árabes. La amenaza del islam entonces era concreta, absolutamente real. Lo que hicieron los astures con Pelayo y sus sucesores a la cabeza, una vez que los francos detuvieron la expansión de los Omeya en la batalla de Poitiers, tuvo una trascendencia mucho mayor para el futuro de la cristiandad que la que pudo tener el hipotético Arturo en su lucha contra las invasiones sajonas.

-¿Cangas de Onís entonces era como un pequeño Camelot astur?

-Puede decirse así.

-¿Y qué novedades aporta tu novela con respecto a la figura de Pelayo?

-La principal es que he resaltado el personaje de Adosinda, su hermana, a la que yo supongo frustrada a la sombra de Pelayo. Ella es la narradora de la historia de Pelayo, cuyo mito examina bajo la lupa inclemente de la envidia fraterna. Ella se siente nacida para mandar, y tiene la sensación de que Pelayo le frustra una y otra vez el camino. Primero con Opas, y luego con Munuza. Adosinda me parecía el personaje más atractivo del entorno de Pelayo. Su personalidad está implícita en las acciones que se le suponen, pero desde luego no aparece explicitada en ninguna parte. Sigue siendo una mujer misteriosa.

-En todas tus novelas históricas constato que se te dan muy bien las batallas. La de Guadalete la has clavado, el asedio de Mérida está fantástico, y la de Covadonga resulta también muy épica, con ese enfrentamiento final entre Adosinda y Pelayo…

-Cuidado con el espóiler.

-No habrá espóiler, tranquilo. Decía que ese enfrentamiento final entre los dos hermanos resulta brutal. Las historias personales están muy bien entrelazadas con las batallas, que, repito, se te dan muy bien.

-Muchas gracias. Eso forma parte del género. No se puede escribir novela histórica sin tener sentido de lo épico. En este caso tenía dos batallas que no podía obviar de ninguna manera. La primera, la mal llamada batalla de Guadalete, puesto que según las últimas investigaciones parece que finalmente no sucedió a orillas del Guadalete. Y por supuesto la mítica batalla de Covadonga, con la cueva y la cruz, y la persecución de los árabes por las montañas. Todo eso no podía no realzarlo. Y había que aprovechar el paisaje maravilloso de los Picos de Europa.

-Es curioso que te guste tanto el paisajismo en lo histórico, cuando eres más bien parco, en lo descriptivo, en tus novelas contemporáneas.

-Es que también va con el género. La definición que hace Delibes de la novela –“un hombre, un paisaje, una pasión”- se aplica como un guante a la novela histórica. Es imposible no visualizar a Pelayo sin la cueva de Covadonga, Cangas de Onís y las montañas asturleonesas de fondo.

-Da la impresión de que has disfrutado escribiendo la novela.

-Mucho. Ha sido un deleite absoluto.

-¿Y tu siguiente proyecto histórico?

-No lo sé, pero un nuevo hito de la historia de España, seguro. Lo que más me interesa es lo cercano. Yo soy de los que suscribo lo que decía Chéjov: “¿Quieres ser universal? Háblame de tu pueblo”. Hay que hablar siempre de lo que se tiene más a mano, de lo que se conoce mejor, de lo que se puede palpar y comprender.

-Pues muchas gracias, José Ángel. Y desde Diario 16 te deseamos suerte en tu nuevo proyecto.

-Muchas gracias a ti, Walter, y a todos tus compañeros del periódico.

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1 Comentario

  1. Paio en cristiano, Belay en árabe o Pelagio en latín. Tiene una gran leyenda detrás, pero nada de lo que cuentan es verdad. Aunque es esa verdad que no cuentan la que sobrepasa la leyenda. Pelayo nunca fue rey de nada, actuaba como una suerte de tribuno para Munuza, gobernador del emirato en Gigia o Gijón. Sus continuas desavenencias eran conocidas, como conocidas eran las preferencias del cónsul moro por Hermesenda, única hermana de Pelayo, que jamás fue cristiano ni tampoco politeísta como dicen las crónicas del moro Razzí o Al-Maqari. Era gallego no por no pertenecer a Cangas, pero Cangas siempre antes que a territorio del reino suevo era comienzo del cántabro, si era el río Sella límite entre Asturias y Cantabria, aunque estos antiguos países quedaron resueltos desde la última división romana. Las deidades en el norte de Hispania se habrían reducido a dos dioses, aunque estos variaban en cuanto al mapa. Pelayo creía como todo cangués en Airín o Airon en la vida y la diosa Nabia en la muerte. Y mientras fue llamado a rendir cuentas, Munuza aprovechaba para hacerse con Hermesenda para matrimoniar, que fue la causa de la revuelta de los cangueses. La recuperaba y se escondía en las grutas del actual santuario de Covadonga con los restantes supervivientes. Para el califato esta situación fue vergonzante y servía para dar pie a la revuelta auténtica, que comenzaba ese día que Munuza montando un asno (vergüenza musulmana) tendrá que dejar las tierras asturianas para regresar a Córduba, día en que Pelagio es nombrado Dux. No existe la llamada batalla de Covadonga, existe Pelayo y sus gestas, aunque el resto no se conocen. Yo no reniego de Asturias ni niego mi gran admiración por este pueblo, sólo cuento la historia bien contada.

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