Es conocido que el escritor Max Aub (París, 1903-Ciudad de México, 1972) murió en su casa cuando preparaba el tapete verde y la baraja para iniciar una partida de naipes con unos amigos. El autor de El laberinto mágico era un jugador empedernido que acostumbraba a darle a los naipes para aliviar las amarguras de los campos de concentración en los que estuvo recluido. En su correspondencia hay abundantes cartas en las que menciona su intención de publicar un volumen titulado Trampas, que ahora saca a la luz Reino de Cordelia de la mano de Pedro Tejada, doctor en Filología Hispánica de la Universidad Jaume I de Castelló, con quien mantenemos esta entrevista.

Entonces en Trampas queda claro que Max Aub fue un gran jugador. ¿Era conocida esa faceta o forma parte de la investigación que usted lleva a cabo desde hace años para recomponer la obra del escritor?

En realidad gran parte de su literatura se plantea también como juego y eso tiene que ver con sus comienzos, que fueron contactos con las vanguardias. En todo lo que es su obra literaria hay juego, hay juegos de máscaras, hay invenciones, hay bromas… Pero si se refiere a que era jugador eso sí que era conocido porque en sus diarios ya hay referencias y se sabe que jugaba a las cartas. Aub empezó a jugar en los campos de concentración. Parece ser que en los ratos libres que tenían allí sí que le gustaba echarse una partidita con los amigos. De facto hay un refrán que parece estar hecho para él, eso de que quien al juego se aficiona jugará hasta su última hora, porque se suele citar la anécdota de que justo un sábado a finales de julio, en su casa de México DF, cuando había puesto el tapete verde sobre la mesa para reunirse con unos amigos y echarse la partidita fue cuando le dio un ataque al corazón fulminante. Pero lo de jugar sí, era una manera habitual de él de reunirse con amigos y matar el tiempo.

¿Y qué juego le motivaba más? ¿Los naipes sobre todo?

Sí, él en el libro Trampas habla de todo tipo de juegos porque Max Aub tenía grandes conocimientos enciclopédicos, pero sobre todo son los naipes y él por lo visto a lo que más jugaba, entre otras cosas, era al póker. Lo que antes le comentaba de cómo el juego entraba también en su literatura se aprecia en una de sus novelas baraja que llegó a ser juego de cartas. Ese pintor imaginario que él se inventó y que mucha gente creía que existía de verdad, Jusep Torres Campalans, fue el que le dibujó los naipes, la baraja francesa, y en lo que era el reverso de cada naipe, de cada carta, iba un capítulo de una novela que se puede leer de infinitas formas. Mientras se echan las cartas para jugar una partida se puede ir leyendo esa novela de innumerables formas.

Luego es cierto que jugaba en el campo de concentración…

Sí, eso lo cuenta en sus propios diarios. Él, cuando estaba en los campos de concentración, escribía y contaba desde los aspectos más desagradables hasta otros, como por ejemplo que un día había jugado al fútbol y había marcado un gol, y él eso lo describía como un niño que estaba contento. O también un día que se sorprende de haber ganado una partida de póker. No sabemos si es que era mal jugador o era la suerte del principiante. Parece ser que ahí fue cuando se aficionó a las cartas, desde luego de niño no, porque lo que le gustaba era leer. En París vivía encima de una librería, lo que por lo visto le venía muy bien, y no parece que fuese un niño de juegos de mesa ni travieso, sino un niño más de lectura. A esto de los naipes se aficionó después, porque cuando llegó a México una de las cosas que hacía allí era reunirse con los exiliados españoles y jugar a las cartas.

¿Fue un hábito que fue adquiriendo por sus circunstancias vitales?

Sí, aparte de que realmente le gustó, pero fue una persona muy curiosa que jugaba para aprender la gran variedad de juegos que hay. En el libro de los aforismos cita juegos de todo el mundo, juegos de mesa, juegos chinos, europeos, franceses, americanos, yo creo que le gustaba matar dos pájaros de un tiro: por una parte divertirse, al mismo tiempo siempre estaba pensando y aprendiendo y haciendo gala de su erudición. El juego también le gusta porque Aub era un enamorado de la lengua española. Aunque por supuesto sabía francés, sabía alemán, siempre escribió en español y lo que le gustaba a él de los juegos eran las distintas jergas, el propio vocabulario. Max Aub habla también del dominó y utiliza la jerga de ese juego, la mula para referirse al seis doble, las blancas, le encanta todo lo que es el propio vocabulario del juego. Y luego no todo hay que circunscribirlo a que se aficionó al juego en los campos de concentración porque en sus obras sobre la guerra civil, como El laberinto mágico, hay momentos en que los soldados, para tener un respiro, juegan a las cartas o a lo que pueden…

El escritor Max Aub.

Sin trampas no se puede vivir, porque las trampas son la vida misma, dice Aub, que sin embargo no fue ningún tramposo, sino todo lo contrario, un hombre íntegro que defendió sus ideas hasta el final de sus días…

Él en todas sus obras tiene mucha ironía y mucha retranca. Aub reconoce que en la vida hay mucho tramposo y que sin trampas prácticamente no se puede vivir. Quien se lea el libro puede parecerle que es un manual para un tahúr y ni mucho menos. Lo que pasa es que sentimos admiración cuando vemos en una película a un jugador de cartas, el tramposo que nos cae bien porque sabe hacer las trampas y nunca lo pillan. Es la perspectiva que Max Aub intenta introducirnos porque él también dice que el que hace trampas juega doblemente: porque juega y se la juega, y es un arte jugar sin que te pillen. Él lo que ensalza en su obra es el juego en el que entra el azar. Dice que no le gusta el tenis o el billar porque normalmente gana el que más sabe pero en los juegos en los que existe el azar está la figura del tramposo que puede manipular la cuestión. Aub considera que jugar es un arte, y el arte al fin y al cabo es también saber manejar la mentira, ya que según dice mentir no siempre es engañar. Desde el momento en que nos gusta el arte, la ficción, estamos aceptando también las trampas, saber hacer trampas.

Con la corrupción que existe hoy, Aub consideraría que los de ahora no son auténticos políticos

Esa concepción lúdica de la vida, ¿revela que Max Aub era un hombre vitalista, feliz, o alguien preocupado por la existencia humana?

Las dos cosas. En todas sus obras suele haber mucho humor y un humor con variados registros que puede ir desde la más fina ironía hasta la mayor socarronería. Yo creo que el humor es la perspectiva que introducen las personas que se toman la vida más en serio. Aub tiene una frase que dice que le tocó construir un edificio que él nunca hubiera construido, o sea que le tocó vivir una vida que nunca hubiera elegido, pero entonces él muchas veces, cuando habla de juego, de las propias trampas que te hace la vida, de las malas jugadas que nos hace pasar, parece que es una persona que se lo toma todo en broma cuando en realidad se lo toma muy en serio porque es un escritor que toda su obra tiene un fondo ético y moral bastante importante. Cuando escribe Los crímenes ejemplares, ese catálogo en el que hay hasta antropofagia, es precisamente porque no tolera la violencia de la sociedad y en realidad lo que está haciendo es denunciar una situación. Él de todas maneras llega a decir que no hay nada más espectacular que la muerte porque la vida que le tocó vivir fue tremenda, le tocaron tres guerras que cambiaron su existencia. Desde luego era una persona muy preocupada por lo que ocurría y lo que pasa es que él siempre administraba una gran dosis de humor. Aunque parecía un hombre muy serio tenía siempre mucha retranca.

Sin embargo fue un perdedor, estuvo en el bando de los perdedores, y tuvo que exiliarse en México; perdió en el juego de la política…

La revista que fundó él mismo allí tiene un título muy significativo. La llamó Sala de espera. Él, como otros muchos exiliados, pensó que iba a estar en México mucho tiempo y se pasaba todo el rato mirando las noticias internacionales y confiando en que Franco no viviera tanto o que no hubiera que esperar a que se muriera para regresar. Lo que sucede es que a medida que pasaba el tiempo se dio cuenta de que lo que era una sala de espera se estaba convirtiendo ya en una sala de estar. Llegó un momento en que se dio cuenta de que el franquismo iba para largo. Él en México estaba contento, había muchos exiliados. En un principio el recibimiento que hicieron los mexicanos a los españoles fue bastante bueno pero pronto empezaron los roces, las envidias. Aub trabajó muchísimo, alimentó a su mujer y a sus tres hijas con lo que escribía, sobre todo en los periódicos, y fue guionista cinematográfico, hasta trabajó en la película de Buñuel Los olvidados, pero no pudo figurar en los títulos de crédito porque los sindicatos mexicanos se echaron encima alegando que los españoles estaban ocupando demasiados empleos. También lo boicotearon como autor teatral. Siempre lo tenían un poco al margen porque veían que Aub tenía mucho talento, por eso lo tuvieron bastante marginado. Al final se tuvo que nacionalizar mexicano porque veía que a España no podía volver, aunque llegó un momento en que se consideraba que no era de ninguna parte. Acabó muy amargado porque se veía a sí mismo como un autor póstumo que iba a ser reconocido después de muerto porque por una parte en España no lo conocían y por otra en México no lo valoraban suficientemente. Al fin y al cabo los mexicanos lo consideraban un español de esos chillones que siempre estaban con lo mismo: cuando se muera Franco, cuando se muera Franco…

La política actual tiene mucho de trampa, ¿qué hubiera escrito hoy Max Aub de nuestros políticos más fulleros? ¿Les hubiera dado duro?

¡Hombre y tanto! Se hubiera escandalizado enormemente porque él concebía la política inmersa en la ética. Él definía un político como un hombre para el que todos los problemas son morales. Imagínese, con la corrupción que existe hoy, él consideraría que los de ahora no son auténticos políticos. En Trampas habla sobre ellos y dice que el juego de los políticos por excelencia es el dominó porque viene del dominio y eso es lo que intentan los políticos: dominar. En sus cálculos no entraba que un político pudiera llegar a los niveles de corrupción que hemos llegado en la actualidad. Para él un político tenía que ser un hombre íntegramente moral, esa era la base, su moralidad. Entonces, imagínese si Max Aub viviera hoy lo que diría…

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

11 + 16 =