Kael
Cartel del documenta What she said: The art of Pauline Kael.

Hay personajes con los que cuesta llegar al segundo párrafo. Ese en el que se cita dónde y cuándo nacieron. Antes hay que presentar al protagonista del artículo, y en este caso no es fácil –ni justo- ahorrarse detalles a la hora de hablar de Pauline Kael, la crítica de cine estadounidense con mayor influencia de las últimas décadas. Escribió una docena de obras divulgativas -una de ellas merecedora del National Book Award– y firmó más de once mil críticas a lo largo de su vida. Su estilo era tan reconocible que toda una generación de críticos se demostró deudora de su trabajo, y eran por ello apodados ‘los Paulettes’. También puede decirse de ella que varios directores le deben su corona, mientras que otros tantos la vieron desaparecer de sus cabezas a golpe de Olivetti.

Nacida en Petulama, California, en 1919, la vida de Kael daría para una película. De hecho, es fácil imaginarla en el papel de Burt Lancaster en aquella obra maestra de Alexander Mackendrick que era Chantaje en Broadway (homérica la música de Elmer Bernstein para acompañar al mejor Nueva York en blanco y negro jamás filmado); una vida, decía, que parecía no encontrar nunca la senda adecuada: cuando fue a la universidad empezó Filosofía, que dejó por Literatura para pasar finalmente a estudiar Arte, carrera que tampoco terminó. Lo que sí acabaron con el tiempo fueron sus tres matrimonios, así como una larga lista de empleos en los que no terminaba de sentirse realizada: cocinera, asistente de publicidad, sastre… Hasta que en uno de esos giros del destino, en 1953, se encontró en una cafetería hablando de cine con un grupo de amigos. Uno de los presentes resultó ser el editor de City Lights, quien quedó tan impresionado por la rotundidad de sus argumentaciones que la invitó a escribir en su revista. Le propuso empezar con Candilejas, de Chaplin, y le dio un buen repaso.

En pocos años Pauline Kael se haría un nombre en el sector, llegando a suponer desde las páginas de The New Yorker una dura contrincante para Andrew Sarris, el crítico de cabecera de la aristocracia intelectual neyorquina, a través de la revista The Village Voice. Kael, no obstante, logró imponerse, combinando sus críticas cinematográficas con artículos en los que reflexionaba sobre el arte en aquellos convulsos años sesenta. “Se necesita una inteligencia, un sentido de discriminación y un gusto extraordinarios para aplicar cualquier teoría a las artes”, escribió en su popular ensayo de 1963 ‘Círculos y cuadrados’. Su estilo era mordaz y su forma, innovadora. Owen Gleiberman, su homólogo en Variety, ha comentado sobre ella que fue más que una gran crítica: “Reinventó la forma, y fue la primera en un estilo de escritura. A veces se nos olvida que bajo su prosa, también había un análisis cerebral”.

“Kael no tenía reparos a la hora de señalar el vergonzoso ocaso de algunas leyendas ni a hablar del machismo de las estrellas y las películas”

Pauline Kael encumbró a directores como Robert Altman, Woody Allen o Martin Scorsese, y abrió las taquillas a películas que habían sido denostadas por el resto de la crítica, El último tango en París, Tiburón o la innovadora e incómoda Bonnie & Clyde, de Arthur Penn. El periodista y amigo personal de Kael, Greil Marcus, recordaba recientemente el efecto de la lectura de la crítica de aquella película: “Aunque la hayas visto, es como si no lo hubieras hecho. A través de sus palabras la vuelves a ver por primera vez”.

 

Azote del machismo en Hollywood

Kael no tenía reparos a la hora de señalar el vergonzoso ocaso de algunas leyendas ni a hablar de algo por entonces poco comentado: el machismo de las estrellas y las películas. Cuando se estrenó Harry el Sucio, en 1971, Kael escribió de su protagonista: “Clint Eastwood no es ofensivo; no es un actor, así que difícilmente podríamos llamarlo un mal actor. Antes tendría que hacer algo para poder decir que lo hizo mal. Y no es necesario que actúe en esta película, donde pasa todo el metraje meneando ese falo gigante que es el Magnum 44”.

También en 1971 llegaba a los cines la película de Sam Peckinpah Perros de paja, con la que la periodista alcanzaba una profundidad en su análisis del machismo nada habitual en la crítica cinematográfica de la época: “El tema de Perros de paja es el machismo. Esta ha sido una obsesión subyacente en la mayoría de los filmes de Peckinpah; ahora que ha salido y está a la vista, resultan claramente visibles su fuerza y sus destinos. Sus intuiciones como director son infinitamente superiores a su forma de pensar (…) Me doy cuenta de lo terrible que resulta que alguien cuyos dones admiramos haya realizado un clásico fascista. Y de alguna forma las actitudes de Peckinpah no difieren tanto de las de Norman Mailer, que también está afectado por el machismo. Pero Mailer no es tan ingenuo: le preocupa, anda a tientas y trata de profundizar en él. Aparte de la maestría de Peckinpah, hay algo básicamente crudo y torvo en Perros de paja”.

 

Su vida, por fin, en la pantalla

El cineasta Rob Garver ha escogido sin duda un momento muy apropiado para llevar a las pantallas un documental sobre esta mujer a reivindicar. What she said: The art of Pauline Kael, es el título del documental que ha tenido su estreno europeo esta semana en la sección Panorama de la Berlinale. El director ha pasado varios años reuniendo y ordenando material documental, desde artículos y vídeos de Kael a cartas de famosos admiradores o entrevistas a cineastas actuales -Quentin Tarantino, Paul Schrader, David O. Russell o John Boorman- en las que hablan de cómo les influyó el trabajo de la periodista. La labor más ardua, no obstante, fue la negociación a lo largo de dos con la única hija de Kael para que colaborase en el documental.

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