Igual esperamos demasiado de la política, ese noble arte de administrar la res pública, pero sobre todo esperamos mucho de los políticos para eso de resolvernos el día a día.

Tras una gestión de la pandemia que oscila entre la imprevisión, el disparate y la catástrofe, parece que hasta el contrato social esté a punto de saltar por los aires en medio mundo, ese concepto que desarrollaron con todas sus aristas Hobbes, Locke y Rousseau en los campos de la filosofía, la ciencia política y la sociología, según el cual establecemos un acuerdo entre los miembros de un grupo como, por ejemplo, el que se adquiere en un Estado en relación a los derechos y deberes de este con sus ciudadanos y viceversa. En pocas palabras, el contrato social termina delimitando las relaciones entre gobernante y gobernado.

La crónica del estado de nuestras democracias modernas cada vez me recuerda más al famoso cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, donde el vanidoso gobernante termina con sus vergüenzas al aire frente al pueblo; en este contexto, el del simulacro de democracia, el auge de los extremismos tiene un caldo de cultivo realmente fructífero en una crisis económica y sanitaria que se prevé sin precedentes y duradera en el tiempo.

La distancia entre las masas y los gobernantes es la que legitima el uso del poder y la violencia: ¿se imaginan que aquí cada uno se tomara la justicia por su mano? Mientras sintamos que los políticos resuelven nuestros problemas los legitimamos en el poder. El problema es que esa distancia se haga enorme por incapacidad, imprevisión o hastío por falta del alternativas. Y ahí andamos.

Las grietas en la sociedad se están haciendo cada vez más profundas: izquierdas y derechas, negacionistas, inmigrantes, agnósticos, ateos y creyentes, rurales y citadinos, pobres y más pobres, ricos y más ricos, los que van a los bancos de alimentos y los que no… igual son todo divisiones menos reales de lo que creemos y los árboles no nos dejan ver el bosque.

El Poder Legislativo sobra, el Poder Judicial sobra, el Cuarto Poder sobra. Y sobran porque el Ejecutivo los compra a todos. Compra desde un hacker hasta un 155. La división de poderes es un desvarío de Montesquieu… ¿Y el Ejecutivo? Sobra también porque es el corruptor corrupto. Pero que quede claro que todo esto lo pienso y no lo escribo, y que hablo de la República de Ibi y no de cualquier otro país, porque como de todos es sabido en España hay libertad de opinión, de pensamiento y de expresión. En España hay democracia, ¿o no?

¡Qué bonito sería que nadie volviera a votar y salieran todos ellos llorando, alargando sus sucias manos, hablando de muertos en la calle, de piolines y sijenas, de buenos y malos, hablando del vacío de poder. ¿El vacío de poder? ¡Cuál vacío de poder!

Que me vayan poniendo unos torreznos con Larios que el fin de todo esto va a ser memorablepasen, que yo invito.

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