Las corporaciones policiales en nuestro país forman parte de un espacio de privilegio que se mantiene distante y alejado de la sociedad a la que sirve y que además está alineado, en esencia, aún y en gran medida, ideológicamente con la derecha más rancia.

La prueba de ello son las innumerables noticias, que se intentan disfrazar de casos aislados pero que salpican constantemente nuestros medios de comunicación y nuestras conciencias. Me refiero por ejemplo al reciente caso del Jefe de Policía Nacional de Navarra que tenía una cuenta en Twitter para amenazar e insultar a políticos de izquierdas, sobre todo de Podemos, y afirmar que Tejero había puesto su vida al servicio de España y que al líder de Vox, Santiago Abascal, le iba a tocar ser el José Antonio de este siglo, refiriéndose al fundador de la Falange, que no hay que olvidar, duerme al lado del fratricida en Cuelgamuros. Pero para acabar de ponerle la guinda al pastel afirmó, sin tapujos, que defenderá España como desde hace siglos, haciendo alusión al parecer, a los alzamientos armados que han protagonizado los fascistas en este país que intenta sobreponerse aún a la violencia como forma de gobierno.

Los cuarteles están confinados por enormes muros invisibles que separan y segregan a conciencia ambas realidades, la policial y la de la calle y aunque el trabajo de los agentes se desarrolle en gran parte en la vía pública, la mirada que se genera hacia los problemas sociales suele ser el resultante miope y sesgado de un golpe de vista diestro a través de una cerradura oxidada.

El hecho de que los funcionarios de seguridad pública tan sólo ejerzan su derecho a manifestarse cuando se trata de pedir los aumentos de sus propios salarios, es muy preocupante en unos tiempos en los que hemos sido utilizados como arma arrojadiza contra el pueblo para resolver, a porrazos, asuntos que son políticos y que requieren, por lo tanto, una solución de despacho.

Para ilustrar este asunto me remito a la manifestación que llevó a cabo el Sindicato de Policía Jusapol el pasado día veintiocho de septiembre en Barcelona, dónde, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, no se limitaron a tomar la calle para pedir la equiparación salarial en vísperas del uno de octubre, sino que reivindicaron, en clave de homenaje, el papel de los Guardias Civiles y los Policías Nacionales en el Procés catalán.

Este hecho tiene pues, a mi criterio, una connotación política enormemente grave, pues demuestra que gran parte de nuestra policía entiende más importante la defensa de una idea de Estado que los propios derechos humanos de aquellos ciudadanos y ciudadanas que fueron golpeados por estar pasivamente en los colegios.

Como policía pido disculpas en mi nombre y en el de todos aquellos que pensamos que el proceder de muchos de los agentes fue desproporcionado, así como parece que ahora está investigando la justicia.

Los cuerpos de seguridad en España cargamos con una herencia que pesa demasiado, arrastramos el legado de un régimen que no se ha marchado y que está más vivo de lo que somos capaces de aceptar y eso, aunque resulte doloroso, es imprescindible narrarlo, contarlo, ponerle voz, letra y palabra para poder finalmente transformarlo.

Desde la izquierda se abandonó a su suerte todo aquello que hablara de “necesario uso de la fuerza” o de “coerción”, regalándole a la derecha un espacio democrático que no es suyo, que es de todos, pero que no hemos sido capaces de cultivar porque nos llena de dolorosas contradicciones mirarlo de frente y a los ojos.

Hemos regalado a los beligerantes esa hegemonía discursiva acerca de la policía y los ejércitos, colocando a todos los compañeros y compañeras demócratas, que entienden el afán de servicio con el ciudadano en el centro y no como la obediencia a patrias ni banderas, en la posición de seguir resistiendo, en la peligrosa disidencia de siempre, en la obligatoriedad de vivir en un margen y de seguir siendo los hijos bastardos de aquellos guardias que por defender la República elegida en las urnas, duermen en alguna cuneta.

Las fuerzas y cuerpos de seguridad son no sólo necesarias, sino que son imprescindibles en una democracia y reivindicarlas, desde la izquierda, es imperiosamente urgente. Lanzo mi texto, como un mensaje en una botella, y lo hago por los compañeros y compañeras de uniforme que callan porque temen, por los que son perseguidos, por quienes son expedientados por escribir y por pensar diferente, porque sé que somos una gran masa que, inmolándonos con pequeños y grandes gestos, estamos poco a poco transformando aquello que tanto amamos, adelante, vamos juntos, que somos fuertes, prietas las filas, con arrojo compañeros.

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Nació en Barcelona en el año 1978. Hija de una familia de emigrantes extremeños. Pedagoga y educadora, policía vocacional. Cursó master en ciencias forenses y se especializó en derechos contra las libertades fundamentales liderando el servicio de delitos de odio pionero en Baleares. Residente en Palma de Mallorca, entiende la seguridad pública como un servicio al ciudadano en comunión con los derechos humanos. Mujer, feminista, lesbiana y de izquierdas. Concejala de Justicia Social, Feminismo y LGTBi del Ayuntamiento del Palma de Mallorca

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