Ha pasado una semana, que podría parecer poco tiempo, pero en la época actual nada dura. Por eso hoy me paro, y cierro los ojos y recuerdo y pienso en las 24 horas de Daytona, en el fabuloso papel que desempeñó Alonso: el primer piloto campeón del mundo de Fórmula1 en ganar las 24 horas de Daytona (porque hubo otros pilotos, otros campeones del mundo, concretamente Phil Hill en 1964 y Mario Andretti en 1972, ganaron en Daytona, pero en el caso de Phil Hill la carrera era Los 2000 kilómetros de Daytona, y en el caso de Andretti las 6 horas de Daytona. Pero bueno, eso da igual, el primero o el tercero me importa un bledo: grandísima hazaña en cualquier caso).

Vuelvo a cerrar los ojos.

Lo primero que recuerdo son:

Los adelantamientos. Se sube Alonso al coche por primera vez y el Cadillac número 10 va octavo (he leído en algún sitio que noveno), y él lo pone primero, en un momento, en poco tiempo, en casi nada: pone el coche en cabeza de la clasificación. Adelanta a todo el mundo. No lo estaba viendo en directo y me iba enterando por los periódicos y twitter y los grupos de facebook (adoro alguno de ellos). Entonces, de algún modo y en algún sitio, no recuerdo con precisión, conseguí ver la carrera en directo, o unos minutos más tarde, quizá unos minutos más tarde: estaba Fernando adelantando a Helio Castroneves. Wooooow.

Fue entonces cuando empecé a nervioso, eufórico y emocionado, claro, pero también, como sucede en el póker cuando se va ganando, sentí el pellizco del miedo. “Ahora va primero, pero la carrera no ha hecho más que empezar. ¿Logrará mantenerlo?”

Mis temores eran fundados, no tardó demasiado en caer el Cadillac 10, con otro piloto al volante, Jordan Taylor, a la cuarta posición. Y llovía. Alonso volvió a subirse al coche, que ahora era cuarto bajo la lluvia inclemente y tropical de la baja California, ¡y lo puso de nuevo primero tras una tanda de adelantamientos que quitarían el hipo a un hipogrifo hipocondríaco!, ¡y dejó al segundo clasificado 55 segundos atrás! Bajo la lluvia nadie era capaz de conducir a su ritmo: le sacaba como mínimo dos décimas a cualquiera por vuelta. Impresionante demostración de talento. Woow woow.

Pero LO QUE MÁS ME GUSTÓ, y es personal lo comprendo, fue lo del paraguas. Lleva ya la carrera horas de dar vueltas a baja velocidad sin que se puedan producir adelantamientos a causa de la lluvia extrema. Y entonces Alonso llega a boxes, se baja del coche (“se baja del puto coche” sería más oportuno y expresivo decir), agarra un paraguas que en mi memoria a veces es negro y otras rojo, y se va a por los de dirección de carrera, para decirles:

-Hasta aquí hemos llegado, muñecos. Se está poniendo en peligro la integridad de los coches y de los pilotos (no lo dice así, lo de “muñecos” es mío, por supuesto, lo recuerdo y redibujo como me gusta y prefiero).

Y por fin los comisarios entran en razón, hacen caso al Español Volador, a Fernando Magic Alonso, ponen fin a la carrera, y gracias a Dios, pero también gracias a él mismo, Fernando Alonso y su Cadillac número 10, el que comparte con 3 compañeros, está el primero.

Qué alegría, que alboroto, que gran e inolvidable momento. Ya sé que no hacía falta este artículo, que se encuentran noticias en todas partes porque con internet los periódicos no van todos a la basura ni sirven para envolver el pescado del día siguiente sino que se quedan flotando en la nube, pero quería escribirlo, recordarlo, volver a vivirlo y disfrutar y sentir la emoción del momento.

Y también compartirlo con todos, los muchísimos, que disfrutaron como yo del éxito del Asturiano Volador, incomparable maestro.

 

Tigre tigre.

Por qué Fernando Alonso es el mejor piloto de todos los tiempos

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