Iglesias se muestra preocupado por la cantidad de solicitudes del ingreso mínimo vital que no se han visto atendidas. Foto: Diario 16.

Pablo Iglesias y María Jesús Montero tuvieron ayer sus más y sus menos en los pasillos del Congreso de los Diputados. Un fotógrafo captó el momento y aunque se desconoce el contenido de la conversación, por el lenguaje gestual de ambos parece que se dijeron de todo menos bonito. La escena ha quedado inmortalizada como un tapiz parlamentario, casi una instantánea de las críticas relaciones PSOE/Unidas Podemos, y está dando para horas de tertulias y sesudos análisis en la prensa nacional. De la secuencia muda, digna del mejor Murnau por su alto grado de tensión expresionista, tan solo ha trascendido una frase para la historia que la ministra de Hacienda le espetó con severidad al líder de la formación morada: “No seas cabezón”.

Montero es una andaluza indomable que dice las cosas como las siente y con ese deje o gracejo trianero que le da un toque de encanto. Pero en esta ocasión, y a falta de conocerse los entresijos de la discusión entre ambos protagonistas, habría que decirle a la ministra que en política la cabezonería, testarudez, terquedad o pertinacia no tiene por qué ser un defecto, sino más bien una virtud. Vivimos tiempos líquidos en los que la coherencia y los principios se encuentran en peligro de extinción, como los osos polares. Desde que murió Anguita, la izquierda española está huérfana de cabezones, como diría la titular de Hacienda, y ese es precisamente el gran drama del socialismo hispano. Ahora que la ministra Calviño se coloca de lado de la patronal y le niega los 50 euros de miseria al proletariado español con la excusa de que se puede hundir la economía; ahora que el ministro Escrivá alarga hasta los 66 años la vida laboral del españolito para torturarlo y hacerlo sufrir un poco más antes de la merecida jubilación, se echa de menos que no haya más gigantes cabezudos en la vida pública del país.

El cabezón no solo es necesario sino imprescindible. El cabezón político siempre lleva su ideología hasta el final, sin dejarse corromper por los cantos de sirena del Íbex o el tintineo de las Bolsas. En el contumaz, terco o cabezota, siempre hay algo de heroico, de comprometido con la causa, de noble guerrillero, como aquel Empecinado patilludo de la guerra contra el francés que no descansaba nunca y al que Galdós dedicó un Episodio Nacional y Goya un sublime retrato. La ministra le echa en cara su cabezonería a Iglesias, pero en realidad lo que parece ciega obcecación o intransigencia no es más que integridad política, honestidad, un no venderse a los poderes fácticos como hacen otros que se llaman a sí mismos socialistas. El cabezón es un personaje quizá cargante e incómodo, pero cabal e insobornable, y jamás se deja caer en manos de los trumpistas que hoy dicen una cosa y mañana la otra, véase Pablo Casado, un personaje político mucho más voluble y superficial. El mejor ejemplo de ligereza política lo tenemos en esos populistas centroeuropeos que se las dan de machos, ultracatólicos y patriotas para acabar entregándose al sexo salvaje y tumultuario entre hombres. Toda Bruselas es ya una inmensa orgía, un gigantesco cuarto oscuro donde los euroescépticos ultraderechistas se lo montan sin distinción de razas ni credos para más tarde, en el culmen de la hipocresía social y la perversión política y ética, salir al atril del Europarlamento a proclamar la guerra cultural contra el pobre africano.

Al mundo le hacen falta más cabezones con coleta o sin ella, como ese profesional y digno Tom Cruise que ayer montó en cólera y abroncó a sus empleados negacionistas de rodaje por pasarse la mascarilla por el forro y no guardar una mínima distancia de seguridad. El actor de Misión imposible es otro ilustre cabezón que no pasa ni una ni media y se pone en su sitio cuando toca, entre otras cosas porque se juega su dinero y que le cierren el plató al menor brote de coronavirus. Con las cosas del comer (y la política es el pan para todo hombre de izquierdas) siempre hay que ser porfiado, terco como una mula, o de lo contrario uno se acaba relajando, frivolizándose y vendiéndose al poder o a un señor con bigote, como le ocurrió al PP de la Gürtel.

Es bueno que haya cabezones en la vida, gente insumisa que no se deja influir por los poderes fácticos y muere de pie, con las botas y sus cabezonerías puestas. Si el rey emérito hubiese sido algo más estricto y cabezón con la ética política, ahora no se vería acosado por un fiscal suizo y una señora rubia. El acalorado aparte entre Iglesias y Montero dice mucho sobre lo que está pasando en esta España de pandemias y ruina moral, porque si un líder no se pone cabezón la patronal termina colándole un salario mínimo interprofesional de mierda, la banca sigue con sus desahucios criminales, cualquier ministro relajado de principios le hace una jugarreta en las Cortes y los pobres energéticos pagan el pato de la indolencia de cierto PSOE. Pedro Sánchez, que es partidario de que el nuevo Ejecutivo de coalición hable “con varias voces y con una sola palabra”, debería romper una lanza por su vicepresidente cabezota. Una especie en vías de extinción.

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