Margaret Thacher fue la Primera Ministra del Reino Unido que más tiempo estuvo en el poder durante el pasado siglo. Cómo jefa del gobierno sus políticas supusieron una completa transformación del país al apoyar la privatización de empresas estatales, de la educación y de los medios de ayuda social, y disminuir el poder de los sindicatos.

Su frase “Quiero una nación de individuos independientes, y no su alternativa, que es una nación de gente cada vez más dependiente del estado”, pronunciada al subir al poder es definitoria de lo que sus mandatos significaron para la población.

Daniel Blake, un carpintero inglés de 59 años, tras dejar el trabajo por problemas de corazón, tiene que solicitar las ayudas públicas para sobrevivir. Pero a pesar de que los médicos le han prohibido trabajar, la administración le obliga a buscar un empleo que no puede desempeñar, si quiere percibir una prestación económica y no ser sancionado. Durante una de sus visitas a la oficina de empleo Daniel conoce con Katie, una joven madre de una niña y un niño.

La historia de Daniel es en la consecuencia de las políticas neoliberales que Margaret Thacher impulsó en el país, privatizando lo público, suprimiendo los servicios sociales y cualquier vestigio de un estado que pudiera llamarse del bienestar.

“Yo, Daniel Blake” es una muy buena película dirigida por Ken Loach, con un gran guión de Paul Laverty. Una entrañable y desoladora narración que nos muestra las crueldades e incongruencias de una política que cosifica a las personas transformándolas en números, y la crueldad de una Administración insensible que no sirve a los ciudadanos, situándonos ante la visión de una realidad que no es la que vivimos, a la que aspiramos, ni la que los medios nos enseñan, sino aquella que padecen cientos de miles de conciudadanos, hombres y mujeres que día tras día son expulsados del sistema, condenados al olvido y a la destrucción personal, sin que a nadie parezca importar.

Nos cuenta la auténtica verdad de estas economías neoliberales que pregonan las bondades de la libertad individual y la austeridad económica, a costa del sufrimiento humano.

La película muestra las incongruencias de una política que cosifica a las personas transformándolas en números y la crueldad de una Administración insensible que no sirve a los ciudadanos

La historia dura, sensible, afectiva, nos conmueve desde el minuto uno y no nos suelta. El tiempo transcurre lento y rápido, imperceptible sin lugar al cansancio hasta sorprendernos con un final que no esperáramos ni deseamos y que nos vuelve a estremecer, aunque sin derramar una lágrima, ni dejar espacio para el melodrama. Hermosa, bella, cruel, la vida de Daniel Blake, con quien es imposible no empatizar e identificarse.

Pero para mí si la película destaca y se singulariza de todas las demás, es en su apuesta por la puesta en valor de un modelo de hombre diferente, alejado del patriarcado y del machismo, que no responde a los patrones clásicos. Un hombre que basa su masculinidad en la empatía, la afectividad, la ternura, y los cuidados, y no en la superioridad, la agresividad, ni las violencias.

Nos trae la visión de un hombre que lucha sin violencia contra la burocracia de las normas de un sistema perverso e injusto, que se vuelca en los cuidados a una desconocida y sus hijos con una humanidad que nos sorprende, haciéndonos ver que lo anormal y extraño puede ser normal y cotidiano.

Yo, Daniel Black es una estremecedora historia de cuidados mutuos, que nos demuestra que otro hombre es posible. Véanla.

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