Primero fue un leve movimiento del dedo corazón. Un poco más tarde movió toda la mano. Los gritos de entusiasmo de su madre, llamando a la enfermera desde el pasillo, resonaron en todo el ala del hospital. Sotero, tras más de treinta y dos años había despertado del coma.

Atrás quedaba ya aquella pesadilla que comenzó un 23 de agosto de 1986, cuando en una de sus habituales salidas en las que sacaba radiocasetes de los coches que luego revendía para vivir, el propietario del Seat Ronda que estaba intentando abrir, le divisó desde la ventana en la que fumaba y, en lugar de gritarle para que se fuera, con serenidad y sangre fría, bajo a la calle, se acercó por detrás a Sotero y le preguntó si le echaba una mano. Sotero respondió que no, que ese loro era suyo. En el momento que se giró para proseguir con la maniobra de abrir el vehículo, el propietario le asió del pelo por detrás y golpeó repetidamente la cabeza de Sotero contra el coche. Los repetitivos golpes contra la chapa se llevaron consigo diez dientes y le provocaron una conmoción cerebral que le ingresó en el hospital en estado de coma.

Así ha pasado los últimos treinta y dos años. Postrado en una cama, alimentándose a través de una sonda y haciendo infelices a todos los que le rodeaban. Su novia se cansó de esperar. Los primeros días estuvo al pie de su cama día y noche. Las siguientes semanas, dedicaba todo su tiempo libre a visitarle. Cuando los médicos le dieron por perdido asegurando que podía morir en cualquier momento, o vivir así infinitamente, inconscientemente y sin premeditación, fue espaciando las visitas hasta que un día dejo de acudir. Simplemente. No hubo más explicaciones.

Su padre se cansó de esperar y acongojado por la pena, se fue apagando poco ha poco. Empezó una vida de largos silencios, escuetas palabras y un estado mental entre ido y reflexivo. Murió cinco años después de la agresión. No hubo cáncer, ni enfermedad rara, ni infarto, nada. Simplemente no quiso vivir. La pena se lo llevó.

Su madre ha estado sola con él desde entonces. Todos los días. Todas las tardes allí. Se ha pasado los últimos tres años hablándole constantemente, como si Sotero estuviera allí sentado junto a ella. Contándole las cosas del día a día. Las anécdotas diarias de las vecinas. Los sucedidos del barrio. Las maledicencias que se cuentan en la escalera sobre el hijo de Melquiades, el vecino de cuarto. La cantidad de hombres que visitan a Amparo, la del segundo. El susto de los del sexto. Dos chicos jóvenes que compraron el piso a la pobre Manuela cuando murió el marido y a los que, mientras ella hacía la compra, se les coló su hijo de tres años por el enrejado del balcón precipitándose al vacío, sin que le pasase nada. Incluso le contaba la situación actual del país. Le hablaba del paro. De la miseria. De las personas que recogen comida de los cubos de basura de un supermercado que han puesto en la calle San Pelayo. “Dónde antes estaba la carpintería de aluminio, ¿te acuerdas? “pues allí”, le decía.

Sotero quema su vida entre cigarro y cigarro. Lo ha cogido con ganas. Han pasado dos meses desde que despertó del coma. Lleva quince días en casa, con su madre. A sus casi cincuenta años, no sabe que hacer con su vida. Ahora viven los dos de la pensión de su madre. Pero es consciente que algún día su madre no estará y que entonces, si no tiene de que vivir, la cosa se pondrá bastante fea. Pero nunca ha trabajado. Los estudios nunca se le dieron bien y a los dieciséis años, cuando acabó en el hospital, estaba estudiando segundo de FP en la rama de electrónica. A parte de lo poco que había aprendido, aquellos conocimientos están totalmente obsoletos. Nadie cogería un aprendiz de cuarenta y ocho años, pensaba. Pero Sotero no sabe que ya no hay aprendices. Que ahora se llaman becarios y que para ello hay que tener estudios. Para no aguantar las historias que su madre le sigue contando en casa, como cuando estaba postrado en la cama del hospital, sale a pasear. Y piensa constantemente en una forma de ganarse la vida. Lo que sucedió fue terrible, pero está llegando a la conclusión que es su única forma de sobrevivir. Porque es lo único que sabe hacer bien.

Solo hay un problema que Sotero desconoce. Que en treinta y dos años, la radio en los coches viene de serie y que ya nadie necesita comprarla a un ratero. Ya no hay demanda, por lo que dejó de ser un negocio. Uno de los más rentables de los años ochenta.

 


 

OrtoMedia

 

Siempre se ha dicho que el gran pecado de nuestro país, es la envidia. Quizá por eso, esta es la patria de los chismosos. Esa es la gran válvula de escape de España: el chisme. La mejor forma de aflojar la angustia de una vida de mierda, llena de problemas, que muchos de nuestros conciudadanos tienen, es sentarse delante del televisor a ver como unos se tiran los trastos a los otros. Las peleas de los matrimonios o parejas de famosos son aireadas en programas que llaman del corazón pero que se debieran llamar del orto, por la cantidad de mierda que sale de ellos.

Hasta tal punto ha llegado el sensacionalismo que, en las llamadas tertulias políticas, siguen la misma pauta. Descalificaciones, insultos, inventos, mentiras y voces. Muchos gritos, para que el televidente se siente frente al televisor y olvide el robo, el constante latrocinio, los derechos amputados, la sanidad en coma vegetativo o la educación convertida en majada y adoctrinamiento. Lo esencial es dar espectáculo y morbo. El que produce que un tipo indecente, muy hábil con la palabra, invente tramas sobre financiaciones, construcciones ilegales o peleas inexistentes. Lo coyuntural es ver como, con la connivencia del presentador y la dirección del programa, las mentiras terminan sacando lo peor del invitado que acaba perdiendo los papeles. Y el televidente dando palmas con las orejas en el sofá de su casa en unos casos o insultando al falaz cantamañanas mientras se acerca a la televisión con intención de agredirle, en otras.

La televisión ha llegado a su summun de indignidad con el rescate de un niño de dos años que cayó por un pozo abierto y no señalizado en mitad del campo. Cientos de conexiones en directo buscando el morbo en el dolor de los padres. Decenas de pseudoperiodistas desplazados al lugar para ensalzar a unos profesionales, los mineros, a los que no hace ni dos años que llamaban privilegiados, insolidarios y hasta terroristas por exigir un futuro digno. Decenas de pseudoexpertos en sucesos que en realidad solo son cantamañanas que se dedican a esparcir por la tele miserias y chismes sobre los afectados, sus familias y su entorno. Y para colmo, un analfabeto telepredicador que vive del horror del asesinato de su hija, haciendo campaña política, in situ, del único partido tan ruin como él, mientras toda la basura mediática le hace de altavoz como si lo que tuviera que decir fuera importante o esencial.

Es la sociedad de la incultura. O la de la cultura de la maldad. La satisfacción del sandio. La del gozo porque a ti te van peor las cosas que a mí. La del deleite de poder vivir la desgracia ajena protegido por el burladero de la pantalla del televisor. La de voyeur que disfruta observando la miseria ajena desde la intimidad del salón de su casa. Es la indecencia moral ascendida a maná.

Está la eterna disputa de si las televisiones venden mierda porque la gente la compra o si la gente se acaba enganchando a la mierda porque es lo que echan en la tele. Desde mi humilde punto de vista hay un poco de ambas cosas. Pero como creo firmemente que todo es cuestión del tipo de educación que uno mama, para evitar que ese morbo natural que en todo ser humano aflora de forma casi instintiva, para lograr que las cosas cambien y evitar que el sensacionalismo sea el entretenimiento general de una población adormecida y atolondrada, debería impedirse que este tipo de programas, que estas personas que hacen de la desgracia ajena su modo de vida, puedan estar en antena. Debería haber un código deontológico del periodismo que expulsara de la profesión a todos aquellos correveidiles que viven de mostrar el mal ajeno, de provocarlo, de inventar situaciones para que el morbo eleve la audiencia. De contar chismes irrelevantes que afloran los instintos más primarios del animal humano. Igual que el Colegio de Médicos expulsaría de la profesión a aquel que se dedicara a realizar operaciones a corazón abierto en un polideportivo, con el único fin de satisfacer a una audiencia que le arengara desde la grada, debería existir uno del periodismo que quitara licencias y expulsara de la profesión a quién se dedica a vender basura, chismes y vidas ajenas en lugar de informar.

Y no deberíamos olvidar que las licencias para tener un canal televisivo son potestad del estado y que deben cumplir unos requisitos para su concesión y mantenimiento de las mismas. Y en España hay sobre todo una cadena que incumple diariamente y en casi todas sus horas de emisión con las exigencias establecidas en la Ley Audiovisual. Una cadena que se salta diariamente a la torera la ley 7/2010 sobre protección del menor que obliga a no poder emitir basura mediática entre las 17:00 y las 20:00.

Por tanto, el gobierno de turno es corresponsable de estos incumplimientos por permitirlos. Aunque parece claro que esta estrategia está muy relacionada con el interés del político de turno de tener una población amansada y abotargada, con la mente en constante evasión para que no piensen la coyuntura en la que malviven. Mientras la válvula de escape sea el morbo, la gente permanecerá en esa somnolencia social que le impedirá ver la miseria de vida que lleva. Una vida convertida en pasión y muerte a consecuencia de las continuas políticas de latrocinio, de la sustracción de recursos del estado mediante la privatización de los servicios públicos, de la indignidad de la justicia que es capaz de encarcelar a una madre que se encuentra una tarjeta de crédito con la que compra comida para sus hijos, mientras protege a un sinvergüenza que ha cometido fraude fiscal y con el que acuerdan una multa que no supone ni siquiera la totalidad de lo defraudado y una pena de cárcel inferior a los dos años para que no entre en prisión. Es la justicia que se ensaña con el enorme delito de gastar 30 euros con una tarjeta encontrada, frente a la consideración de indolente, un delito de fraude de casi treinta millones.

Desde pequeño, el periodismo fue una pasión inalcanzable. Una profesión idolatrada que he llegado a aborrecer debido a la sumisión de la mayor parte de un sector que es capaz de no sentir empatía por nada salvo por aquello que agrade a sus jefes. Y no hay nada que agrade más a los grandes medios de intoxicación, después de una buena subvención dictaminada por algún amiguete político, que el negocio de la publicidad que le da una excelente cuota de audiencia. Aunque para ello llenen la pantalla de miseria humana, de sensacionalismo y de cinismo profesional.

Solo hay que ver este cuadro de las audiencias del día en el que el pequeño Julen fue sacado del pozo donde encontró la muerte:

Estamos enfermos de necedad. La miseria humana se ha convertido en el nuevo principio general ético. Ya nada es blanco o negro. Todo es incoloro. Y el color lo elegimos a conveniencia, de tal forma que la que ahora nos parece verde, a los dos minutos y en una situación idéntica, salvo por el protagonista, es rojo oscuro tirando a negro.

El precipicio ha comenzado a atraernos de tal manera que no hay forma de evitar que acabemos en el fondo. Solo espero que el nuevo Fénix sea matriarcal.

 

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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