Caos de Alambre. Obra de Inés Masip Rojas.

El poeta griego Hesiodo vivió sobre unos 700 años antes de nuestra Era y se le atribuyen dos obras extraordinarias, “Los trabajos y los días y La Teogonía”. En La Teogonía, Hesiodo, nos habla del principio de los tiempos, describe el Caos, “la personificación del vacío, en unos casos, de la mezcla informe en otros”, de un abismo insondable del que surge todo. Luego vendrían, el cielo, la tierra, las tinieblas y lo demás. Pero, también el poeta Hesiodo, en su reconocida “Teogonía” explica el origen de los dioses, así como el propio Caos, es decir, aquello anterior al orden que vendría después. Y el vate cuenta que durante el Caos había una “especie de espíritu abstracto e indeterminado” que lo ocupaba todo, aunque había una tremenda confusión entre los elementos y la materia, lo anterior al supremo momento de la creación. Bueno, también en la descripción de Hesiodo, Dios separa la luz de las tinieblas y otras muchas cosas, por tanto, es Dios el que regulariza y pone orden en la confusión. Así comprobamos como en la mitología es Dios el que ordena el Caos.

Si pasamos de los mitos a los hechos reales, y a los constatados por la historia, comprobamos como a través de los tiempos, los estados totalitarios y los grandes imperios justificaron su ejercicio del poder tratando a los enemigos como bárbaros, como los que vivían en la confusión, por ese motivo había que adaptarlos al orden y al progreso, al bienestar ofrecido por el poder dominante. De este modo, se programa, se regula, se arregla el desorden, se ordena el caos, que es de lo que se trata. Los regímenes autoritarios han justificado su actuación, como la mano necesaria para imponer la normalidad ante un estado de ausencia de disciplina, sencillamente, lo hacen para ordenar el caos. La Literatura y las Artes en general explicaron su capacidad reflexiva, y también sintética, porque han sabido describir un trozo de realidad y normalizarla, graduarla, hasta conseguir crear un mundo distinto donde exponer sus ideas y su estética. Esto nos lleva a considerar que en la comunicación entre los humanos se pretende ordenar el Caos, sea con las palabras, con los colores y las formas, utilizando la materia de donde nace una obra de arte, un mundo diferente visto por el artista para deleite y progreso.

En la cultura occidental fue Aristóteles uno de los primeros filósofos que habló sobre el ser humano como “animal político” o “animal cívico”. Deducimos, por tanto, que los seres humanos alcanzaron su plenitud cuando se apartan de la barbarie y se normalizan como seres de la polís, de la ciudad, se ordenaba el caos. Bien mirado, desde aquella Pax romana o Pax Augusta, donde el poder impuso su dominio sobre los pueblos que circundaban el Mediterráneo, la civilización del imperio consigue un largo periodo de paz, sobre las sociedades conquistadas, ya los pueblos bárbaros aceptaron el “derecho romano y sus valores morales y materiales”. Si nos atrevemos hacer un recorrido por la historia, el conquistador siempre ha venido a salvar al conquistado, a normalizar el desastre, a corregir errores. Recuerden a los dictadores de la historia y los actuales, pónganles nombres. Cuando el “bipartidismo” de 1.876 estaba agotado surge la figura de Miguel Primo de Rivera que vino a restaurar el orden que los trabajadores de Cataluña y los “jornaleros” andaluces estaban socavando. Franco fue enviado por la “Providencia Divina” para la “redención” y la “salvación” de la “nación”, para “salvar a España de la destrucción”, vino para ordenar el Caos que había supuesto la II República. El “Catecismo Patriótico” de 1939 decía que los enemigos de España eran: Liberalismo, Marxismo, Separatismo, y otras tantas cosas hasta la Democracia, con ligeras correcciones, ¿no se oye una cantinela parecida estos días? El mundo occidental, junto al europeo, también ha hecho uso del término barbarie o Caos en Irak, Afganistán, Yugoslavia, Libia y lo está haciendo en Siria, incluso en Palestina y en el Sáhara.

No hace falta ser muy espabilado para cerciorarse de la deriva que está tomando la política española, los debates en el Congreso no se plantean como preguntas al ejecutivo, son acusaciones sobre temas que nada tienen que ver con las necesidades de la gente, ni con la opinión pública, en la mayoría de los casos. Se desvía la atención en cuestiones que pueden crispar y que llegan a broncas innecesarias para una población que escucha atónita como los verdaderos problemas se diluyen entre la maraña de insultos y descalificaciones a los que ejercen el poder por mandato de la ciudadanía. Esta agresividad no es fortuita, no es casual, entiendo que todo está perfectamente calculado y orquestado por una derecha a la que es absurdo calificarla por el lugar que ocupe en la definición. En esto están todos los partidos que constituyen la derecha, ya se presenten en apariencia conciliadores, ya se presenten con las fauces babeando fascismo. Pienso que la actual situación es un ataque en toda regla que pretende, o derribar el Gobierno si pudieran, o hacer imposible la vida parlamentaria hasta el punto que tengan que convocar elecciones.

Además de este ataque deliberado a las Instituciones, y a los que la representan, está la opinión que fraguan los medios de comunicación, incluidos los que tradicionalmente apoyaron a la parte mayoritaria del Gobierno. En este sentido, junto a la crítica necesaria, está la forma sibilina de repartir responsabilidades entre los actores de la política actual, porque eso de decir “los políticos” me suena mal y, sobre todo, cuando se refieren a que “los políticos no están a la altura”. En nuestro país hay una gama heterogénea de partidos políticos, pero, no nos engañemos, la ideología queda clara en cuanto el diputado que la representa comienza a balbucear, no hace falta hacer mucho ejercicio de sabiduría política. El Congreso representa, en estos momentos, la España que se ha construido durante siglos. Con ligeros matices podemos rastrear el pensamiento de cada formación si sus referencias y loas van dedicadas al duque de Ahumada como creador del Benemérito Cuerpo o de otras personalidades históricas y actuales denigrándolas con el mayor descaro. Si les parece inapropiado, exagerado, el término complot utilicemos el de acuerdo, eso sí, hay un acuerdo de los grupos de derechas para derribar el Gobierno, al menos, para dificultar el ejercicio de su función de gobernar. Es un método antiguo que les fue bien a lo largo de la historia, lo primero es tapar, ignorar los proyectos de mejoras sociales, de libertades cívicas, de sanidad, de vivienda, de cultura y de enseñanza. Nada de todo esto le sirve a la derecha, de esos problemas y posibles soluciones nunca debaten, no plantean alternativas, porque tienen presente su historia en ese sentido, son listos para eso. Entiendo que la derecha tiene un plan previsto, un acuerdo, algo que a largo plazo les puede ser rentable para sus fines de conseguir el poder, su estrategia es la confusión, el Caos. Tenemos un pueblo poco reflexivo, desarraigado del compromiso político, esperando promesas no cumplidas, tanto de la Derecha como de la Socialdemocracia. Un fracaso de la política de pactos alternativos entre Derecha, Izquierda y Capital, la construcción de una Europa de los pueblos no era lo previsto ni lo deseado por las grandes corporaciones y va ganando su terreno la sociedad del Capital y los Mercados. Estos de aquí, nuestros rancios patrioteros embadurnados de modernidad, los de la ridícula máscara con la banderita roja y gualda nos quieren salvar del Caos, pero los otros cercanos babean la misma consigna reaccionaria. Todos, por lo pronto, agitan las mismas banderas, gritan las mismas soflamas sobre la libertad, increpan y amenazan. Quieren ordenar el Caos.

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