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Orbán, el fascista que trata a los homosexuales como enfermos contagiosos

La Unión Europea celebra un debate histórico sobre la ley que prohíbe enseñar educación en igualdad de sexo en la Hungría reaccionaria del primer ministro del Fidesz

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El fascismo sigue avanzando en el corazón de Europa. Viktor Orbán, un pequeño hitlerito a la húngara, ha declarado la guerra a los homosexuales, devolviéndonos a aquellos oscuros años treinta en los que la Gestapo perseguía a los no heteros como enfermos peligrosos. La ley Orbán es un peligrosísimo retroceso en la historia del respeto a los derechos humanos y no solo eso: trata de imponer una ideología racista por razón de sexo. Bruselas ya ha reaccionado ante la tropelía (“una vergüenza”, en palabras de Ursula von der Leyen) y los jefes de Estado y de Gobierno de la UE presionarán hoy al primer ministro húngaro para que retire su engendro legal, que no deja de ser un bodrio fascistoide.

Orbán es un nazi confeso. Primero fue a por el feminismo y las mujeres, a las que se discrimina como seres de segunda categoría; después arremetió contra el multiculturalismo y los inmigrantes (el sujeto en cuestión se niega a acoger a los refugiados porque cree que los musulmanes son violentos invasores); y ahora abre una despiada caza de brujas contra las personas que viven libremente su sexualidad. Si prospera su aberración, no se podrá enseñar igualdad sexual en las escuelas y miles de personas serán estigmatizadas como apestados. ¿Qué será lo próximo? ¿Recluir a los síndromes de Down en centros especiales de internamiento para que no contaminen la vigorosa sangre húngara? ¿Planear una solución final para los pobres y marginados como ciudadanos potencialmente asociales? ¿Purgar a la disidencia comunista para que Hungría pueda abrazarse al partido único como en los tiempos de la esvástica y el brazo en alto?

Rufián definió a la perfección, ayer en el Congreso de los Diputados, lo que es toda esta gente. Una jauría. Una jauría para la civilización, una jauría para la convivencia, una jauría para los valores humanistas. Son las nuevas alimañas de la democracia que han llegado para imponer regímenes autoritarios donde no tienen cabida las minorías de ninguna clase. Algunos nos tacharán de apocalípticos, de exagerados sin fundamento, de crispadores de la sociedad. De rojos enemigos de la patria. Pero hace falta estar ciego para no ver la basura ideológica que nos llega del corazón mismo de la vieja Europa. Nacionalismo patriótico, fanatismo, racismo, ultracapitalismo destructor del planeta. En una palabra: fascismo puro y duro.

Orbán es la reacción visceral de la extrema derecha tras décadas de dominación soviética. Un megalómano supremacista de libro, uno de esos tipos que gobierna con arrogantes maneras antidemocráticas (ya ha prometido que Hungría abandonará la democracia liberal para imitar el modelo de Rusia, China y Turquía) y que no duda en promocionar el nepotismo, el amiguismo y la corrupción como sistema político. No hace mucho, uno de sus compañeros del Fidesz, un díscolo que ha decidido abandonar el barco escandalizado por lo que ha visto en las cloacas de Orbán, denunciaba que el treinta por ciento de los fondos de Bruselas han sido malversados y desviados a bolsillos particulares. Detrás de un patriota exaltado siempre hay un ladrón.

Orbán, un nazi de libro

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El delirio racista de Orbán le ha llevado aún más lejos que al propio Trump. Fue capaz de levantar una valla de alambre de espino como señuelo de una trampa mortal: una segunda verja electrificada de 900 voltios y cámaras de visión nocturna en las fronteras con Serbia y Croacia. No hay que ser muy listo para comprender lo que puede pasarle a ese pobre infeliz al que, buscando un futuro mejor en Europa, se le ocurra poner la mano en el tendido de alta tensión. Es la nueva cámara de exterminio ideada por el nazismo emergente.  

Nada más llegar al poder, Orbán acabó con el matrimonio entre personas del mismo sexo, definiendo la familia como la única “unión entre hombre y mujer”. Naturalmente, la medida fue acompañada de todo un corolario ultracatólico que considera Hungría como la quintaesencia de la cristiandad y protege el feto desde el mismo momento de la concepción. Cualquier día, en la deriva nacionalcatolicista de su partido, el Fidesz proclama la Declaración Universal de los Derechos del Espermatozoide y deroga la carta fundacional de derechos del niño. Aquí, en España, el homólogo del primer ministro húngaro, Santiago Abascal, ya ha dado pasos en ese sentido al votar en contra de la nueva ley de protección de la infancia. Tal para cual.

Bruselas se juega mucho en el debate de estos días sobre la ley antihomosexual. Hay que decirle al nazi magiar que no se va a salir con la suya en su sueño enfermizo de devolvernos a los peores tiempos del hitlerianismo. Si bien es verdad que en un principio el Parlamento Europeo ha reaccionado con tibieza contra su ley xenófoba, hoy se espera una dura declaración reclamando acciones legales e incluso sanciones contra el régimen de Budapest. Angela Merkel ha calificado la regulación de la infamia como un error y ha dejado claro que no es compatible con sus ideas políticas. Alemania daba ayer una lección al mundo al ordenar que sus estadios de la Eurocopa se iluminen con la bandera del arcoíris. No estamos hablando, por tanto, de un asunto trivial, ni de cuotas lácteas o directivas pesqueras: hablamos de que la libertad con mayúsculas está realmente amenazada, hablamos de que un fascista en el poder ha puesto en marcha su guerra relámpago para demoler la democracia desde dentro, su Blitzkrieg a decretazos contra los derechos humanos, primer paso hacia el establecimiento de un Estado reaccionario totalitario donde los homosexuales sean condenados al gueto. Permitir que haga realidad sus delirios sería el final de la Unión Europea.

Lógicamente, el monstruo va a reaccionar con todas las fuerzas a su alcance, mayormente la factoría goebelsiana de la propaganda y el bulo. Ya está recurriendo al victimismo y al mensaje de que los jerarcas de la UE mienten y desprecian a los húngaros. Otra vez el discurso del odio. Odio contra Europa, odio contra las democracias europeas, odio contra todo aquello que vaya contra su fiebre fascista. La UE debe hacer recaer sobre este fantoche todo el peso de la democracia antes de que sea demasiado tarde y el cáncer se propague sin remedio. Primero es la solución final contra el gay, luego vendrán otras aberraciones. Hay que acabar con Orbán, un musolinito que sueña con repetir las gestas ideológicas del nazismo de siempre. Es letal para la paz, la fraternidad entre los pueblos y las gentes y los derechos humanos.  

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