Viñeta de Iñaki y Frenchy.

Existe un estrecho condicionamiento de los hombres en sociedad. Un condicionamiento según el cual el valor de un hombre reside en la opinión que su prójimo se forma de él. Es el aborregamiento fundamental de la opinión. Lo que permite ir más allá de todas las patrias, es precisamente esa capacidad de individualizarse respecto de las opiniones del grupo. Y esa capacidad de individualizarnos no es otra cosa sino lo que llamamos pensar.

Gracias al pensar, al singularizarnos, al convertirnos en individuos vemos lo injustificado de nuestras razones, de lo infundado de todo aquello que, simplemente porque nos viene de antiguo, porque ha durado largo tiempo, nos parece obvio, natural y razonable.

Y aun así sólo leemos y escribimos lo que ya hemos leído y escrito, una y otra vez, para buscar en las palabras como símbolo, emoción o ficción una comprensión. Y la comprensión dura apenas un instante y en ese instante sin duda sucede que hemos soñado cuando creíamos pensar o comprender. Pero es tan poco lo que necesitamos para sostener las ilusiones de las que estamos hechos que salimos de ahí, de esos momentos, de esos sueños, renovados, con unas renovadas convicciones.

Todo ciudadano, articulista o periodista sabe que la forma más eficaz de influir en la opinión consiste en seleccionar y ordenar los hechos adecuados. Se dice que los hechos hablan por sí solos. Es falso, por supuesto. Los hechos sólo hablan cuando el investigador apela a ellos: él es quien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo. Era un personaje de Pirandello quien decía que un hecho es como un saco: no se tiene de pie más que si metemos algo dentro.

El primer requisito del articulista – opinador es la ignorancia, una ignorancia que simplifica y aclara, selecciona y omite. Cuando me siento tentado, como me ocurre a veces, a envidiar la inmensa seguridad de articulistas dedicados a hablar de Catalunya, de la pandemia en Catalunya, me consuela la idea de que tal seguridad se debe, en gran parte, a lo mucho que ignoran de los temas que tratan.

Si alguna vez han discutido ustedes con un devoto religioso, por ejemplo, habrá advertido que su amor propio y su orgullo participan en la discusión, y que le está pidiendo que renuncie a algo más que a un argumento. Lo mismo cabe decir de los patriotas viscerales y de los admiradores de monarquías. La lealtad es una fuerza poderosa en los asuntos humanos; no servirá de nada tachar a alguien de siervo mental si está convencido de que su servidumbre es honrosa y voluntaria.

Pero quizás de lo que se trata no es de opiniones más o menos fundadas, es de orgullo intelectual. La esperanza de poder probar lo que uno realmente vale (o cree que vale) es lo más difícil de abandonar. El orgullo intelectual es lo último que se pierde aunque uno se haya convertido en una escoria.

Podemos responde que todo son maneras de hablar. Aunque, o mejor dicho, precisamente por ello, no todas valgan lo mismo y ese valor sea, por tanto, lo que está siempre por contrastar.

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2 Comentarios

  1. Descartes dejó escrito que los hombres tenemos diferentes opiniones porque «no contemplamos las mismas cosas y dirigimos nuestro pensamiento por caminos distintos». Como no hay dos personas que hayan tenido las mismas vivencias y leído las mismas cosas no hay dos personas que tengan idéntica información.

    No hablamos de tener creencias absurdas o infundadas como que la tierra es plana, sino de creencias fundamentadas en hechos empíricos constatados. «contemplar» diferentes cosas nos lleva a distintas conclusiones. Esa es la razón por la que personas razonables, instruidas e inteligentes mantienen posiciones distintas u opuestas sobre muchos asuntos.

    Como soy consciente de la fragilidad de mi opinión he optados por guiar mis decisiones atendido a los «previsibles resultados» es decir «contemplando» los asuntos desde la perspectiva de -las consecuencias-.

    Nuestra monarquía, como la danesa, holandesa, o inglesa, no es un obstáculo para que nuestros políticos puedan hacer las políticas apropiadas, así que no veo la necesidad imperiosas de abolirla. España es la 19 democracia y uno de los países más descentralizados ,por lo que tampoco acierto a ver como podría mejorarse con una nueva constitución

    Si cae la monarquía cae la constitución, y como no hay un consenso, como lo hubo en el 78, hay muchas probabilidades de que sobrevenga un período de convulsión y de que acabemos como las «primaveras árabes» o el «rosario de la aurora».

    El día que haya condiciones (consenso) para abolir la monarquía y sustituirla por una república con garantías de que no va a ser peor el remedio que la enfermedad apoyaré sin reserva su abolición. Pero sin amplio consenso es una temeridad.

    No somos «patriotas viscerales», ni «admiradores viscerales de la monarquía» ni «siervos mentales» señor Martí. Somos personas racionales y razonables, como usted, que queremos lo mejor para nuestro país y para sus ciudadanos, y que opinamos diferente porque «no contemplamos las mismas cosas».

  2. Le agradezco su tono y su tiempo.

    No sin un ligero escalofrío por el peligro, a menudo percibo la facilidad con que estoy a punto de admitir mentalmente los detalles de algún asunto trivial, las voces de la calle; y me sorprendo de ver como gente sensata se carga el cerebro con semejantes trastos, permitiendo que rumores sin ton ni son, incidentes sin significado, se introduzcan en unos dominios mentales que deberían ser sagrados. ¿Es que el cerebro debe convertirse en una plaza pública donde se traten las cosas de la calle y las habladurías de café?
    Henry David Thoreau: Vida sin principios

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