Los duques de Sussex están reescribiendo el romance de Romeo y Julieta en versión siglo XXI. Su relato de amor que nunca se rinde frente a las fuerzas del destino, el perverso poder de una monarquía corrupta y los malvados ogros (y ogras) del Palacio de Buckingham ha conmocionado al mundo entero. La actriz y presentadora Oprah Winfrey vio el filón del cuento de hadas, pidió la entrevista con la joven pareja real y ha firmado uno de los pelotazos periodísticos del siglo. El exclusivón es sensacional y los tabloides amarillos de Londres hablan ya de la peor crisis monárquica desde la abdicación de Eduardo VIII, el annus Harrybilis de la Casa Real, haciendo un ingenioso juego de palabras.

Ciertamente, las revelaciones son demoledoras para la monarquía británica, sobre todo esa confesión íntima y desgarradora de Meghan Markle, que pensó en suicidarse por las fuertes presiones del poder. La situación emocional de la duquesa llegó a ser crítica y se vio obligada a denunciar las maniobras de acoso y derribo ante los responsables de recursos humanos de palacio, que con la habitual flema británica le comunicaron que no podían hacer nada por ayudarla, salvo aconsejarle que estuviese calladita. Fue entonces cuando Meghan echó de menos un sindicato que la defendiera como cuando trabajaba en el cine. Lamentablemente para ella, monarquía y derechos sociales están reñidos y se vio indefensa ante el mobbing.

Desde la muerte de Lady Di, un episodio oscuro en la historia del Reino Unido no suficientemente aclarado (la mayoría de los británicos siguen creyendo que la princesa de Gales fue asesinada), no se había vivido un suceso tan truculento en la realeza anglosajona. Recuérdese que tras aquella tragedia que dio para ríos de tinta y un temazo de Elton John, a la opinión pública inglesa se le cayó el mito del príncipe Carlos, que fue pillado in fraganti en un flirt con su amante Camilla Parker Bowles, a la que dedicaba ardientes versos tan mundanos como “quiero ser tu támpax”.

A Diana de Gales se la dio por muerta en accidente, pero las confesiones de Meghan y Harry nos vuelven a recordar que estamos ante una dinastía que no se anda con chiquitas cuando se trata de resolver los trapos sucios de la Familia. El escándalo ha vuelto al hogar de los Windsor, el turbio asunto de los duques de Sussex apesta, ya que pone al descubierto la decadencia de un linaje que se ha perpetuado en el trono durante siglos. Hablamos de graves problemas mentales, ambiente tóxico, odios y rencillas y complicidad con los tabloides a cambio del dinero de las exclusivas, cosas propias de una familia desestructurada de barrio marginal.

Pero de toda la entrevista, quizá lo más espeluznante sea esa acusación que Meghan Markle ha lanzado contra los inquilinos de Buckingham Palace, a quienes por lo visto les preocupaba el color de la piel del hijo que los duques iban a traer al mundo. No hay nada más repugnante y abominable que el racismo, un cáncer que se extiende por todo el Reino Unido con las políticas populistas y xenófobas del ínclito primer ministro, Boris Johnson. Desde que el rubio presidente está en Downing Street ya nadie habla español, italiano o griego en el Metro londinense por miedo a las palizas de los ultras.

Ahora se está viendo que las filosofías supremacistas de los euroescépticos no solo contaminan a la siempre pacata e hipócrita sociedad británica, sino que ha calado también en la Corte de la sonriente ancianita de las pamelas de color rosa, o sea la Reina Madre. Isabel II, la señora, ha hecho carrera y fortuna con la monarquía (unos 75.500 millones de euros, según Forbes), pero esa falta de austeridad no es nada al lado de la moda neonazi, el elitismo étnico y el asco al negro que parecen imponerse en palacio. El colonialismo anglosajón siempre fue racista y totalitario. Las razas fueron masacradas sin compasión al galope de los lanceros bengalíes y los cipayos de Su Majestad. El genocidio adquirió proporciones monstruosas hasta que apareció Gandhi, el hombrecillo menudo con bastón y gafas redondas envuelto en su dhoti blanco que inventó la revolución pacifista y la resistencia pasiva.

Al igual que a nosotros los españoles se nos ha roto el mito del juancarlismo entre follones con Hacienda y escándalos de la bragueta, a los ingleses se les ha desvanecido el cuento de hadas de esa centenaria monarquía parlamentaria supuestamente democrática y aseada que en realidad era un relato de terror sórdido y gótico en plan Henry James, una saga repleta de vicios y silencios, de pérfidas madrastras, princesas suicidas, herederos que se convierten en sapo, intrigas y mezquindades palaciegas. Un cenagal que no tiene limpieza posible y que es como para tirarse de cabeza al Támesis o arrojarse desde lo alto del Big Ben, que era lo que pretendía hacer la acosada doncella Meghan siguiendo la mejor tradición de la novela de caballerías anglosajana.

Lo que queda de toda esta polvareda mediática levantada por la inteligente Oprah Winfrey es que en Europa sobreviven ocho monarquías parlamentarias, restos de un anacronismo histórico a cada cual más decadente y degenerado. Reino Unido, España, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega y Luxemburgo sufren los rigores de la sangre azul enferma. Privilegios medievales, falta de transparencia, enriquecimiento injusto y nepotismo elitista han terminado por resultar más letales que la hemofilia. La mayoría de los jóvenes ingleses no se sienten identificados con la monarquía y en España el sentimiento republicano se abre paso tras las trapacerías fiscales de Juan Carlos I. Los duques de Sussex están haciendo más por la causa republicana europea que Pablo Iglesias votando a favor de la inmunidad de Puigdemont en Bruselas. Los chicos caen simpáticos y su historia que habla de una pareja de enamorados que huye de palacio para vivir su amor lejos de los estirados Windsor conmueve a las masas del mundo entero. Ahora a vender la exclusiva y a ser felices y a comer perdices.

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