La historia de la Iglesia católica no ha sido precisamente pacífica. Los dogmas de la fe cristiana y la prohibición de ideologías consideradas heréticas no solo se instauraron con largas y farragosas discusiones bizantinas, sino también con violentas conjuras palaciegas. Las purgas, luchas y reyertas sangrientas entre facciones fueron habituales desde el Concilio de Nicea celebrado en el año 325 (cuando se estableció la naturaleza divina de Jesucristo como Hijo de Dios y la promulgación del primer código de Derecho Canónico) hasta nuestros días. Hoy, en pleno siglo XXI, las pugnas intestinas vuelven, también en el seno de la Iglesia católica española, donde las tensiones entre obispos conservadores y progresistas han aflorado durante el proceso de renovación de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Española (CEE).

El cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, ha accedido finalmente al cargo más elevado de la jerarquía católica en nuestro país, pero ese nombramiento no ha sido del todo sosegado ni civilizado. Omella es el hombre de confianza del papa Francisco en España y ese hecho ha despertado los recelos de los sectores más tradicionalistas y conservadores de la curia nacional. Hasta tal punto no ha gustado a los obispos ultras que Roma haya apostado abiertamente por Omella que algunos miembros de la CEE han iniciado una dura campaña de desprestigio contra él casi tan sucia como la que se cuece entre los partidos antes de unas elecciones generales. A fin de cuentas la Presidencia de la CEE es un cargo político y qué otra cosa es la religión sino pura política.

En los días previos al nombramiento, Omella ha tenido que escuchar cosas como que es el candidato de Pedro Sánchez, que es un obispo “indepe” y que ha llegado para convertir la Iglesia española en poco menos que una organización filocomunista. No cabe duda de que esa parte del nacionalcatolicismo residual heredero de la dictadura franquista teme perder cuota de poder, influencia en la escuela pública y la dura batalla ideológica contra el aperturismo en asuntos como la eutanasia, que acaba de ser regulada por el Parlamento español. Era lógico, por tanto, que la reacción contra Omella fuese visceral, ya que algunos obispos no estaban dispuestos a cambiar el rumbo que hace unos años impuso el ultraconservador Rouco Varela.

Sin embargo, quienes le conocen aseguran que el nuevo presidente de la CEE es “un hombre sencillo, de agradable conversación y que se define a sí mismo como un ‘rector de pueblo’ al que no le gustan los cargos, ni el boato, ni los protocolos, y partidario siempre del diálogo, de tender puentes y de la fraternidad”, según publica La Vanguardia. Fue misionero en Zaire (estuvo al pie del cañón en el infierno, codo con codo con los más pobres) y siempre ha defendido que todo religioso debe pasar al menos un año en las misiones. Partidario de integrar a los inmigrantes y crítico con el sistema capitalista que “deja a los más vulnerables en la cuneta, no reparte de forma equitativa la riqueza y fomenta el consumo innecesario”, Omella es, al igual que el papa Francisco, partidario de una Iglesia abierta, social y preocupada por los más vulnerables donde oenegés como Cáritas y Manos Unidas jueguen un papel fundamental. Toda esa ideología auténticamente cristiana lo convierten en un peligroso rojo bolivariano, como también juega en su contra ser un hombre “centrado”, un perfil moderado que no es visto con buenos ojos por ese grupo de la Plana Mayor de la curia que coquetea y hasta simpatiza con el ultranacionalismo católico neofranquista de Vox.

Nacido en 1946 en Cretas (Teruel), en la franja catalanoparlante limítrofe con Cataluña, dicen de él que es el obispo que más se parece en carácter y pensamiento al papa Francisco, con el que mantiene plena sintonía y una relación habitual. No se le conocen ambiciones políticas y es ante todo un “hombre de Iglesia”. Pese a todo, sus detractores empezaron a desconfiar de él tras su llegada al Arzobispado de Barcelona en pleno terremoto por el “procés”. Para los unionistas, Omella fue excesivamente tolerante con los independentistas, mientras que para estos, al no tratarse de un obispo catalán, era una especie de botifler puesto a dedo por España.

“Cinco años después, todo el mundo habla bien de él. Durante el procés, Omella no se ha cansado de hacer llamamientos a la concordia, a construir puentes y a fomentar la convivencia, e incluso intentó mediar, sin éxito, entre Rajoy y Puigdemont en los días efervescentes del otoño de 2017”, según publica La Vanguardia.

“No estoy aquí para ser servido, sino para servir (…) Los obispos deben vivir con sencillez porque su misión es velar por los demás”, ha asegurado en más de una ocasión. De hecho, prescindió del servicio doméstico del Palacio Episcopal (sólo conservó a la cocinera) y “es él mismo quien pone la mesa, sirve la comida y recoge los platos, también cuando tiene invitados”. Todos esos tics de franciscano posmoderno o “rojillo progre” han puesto en guardia a sus enemigos. Pero, obviamente, lo que más irrita a los ultras purpurados es que haya dicho que la Iglesia “no debe hacer política sino servir al pueblo, sobre todo a los más vulnerables, y buscar siempre el bien común”. ¿Dónde se ha visto semejante desfachatez y atrevimiento? ¿Lanzar un mensaje subversivo en plena ofensiva fascista en toda Europa? ¿Cumplir con los mandamientos del maestro Jesús? No extraña que los sectores conservadores se la tengan jurada, todos esos curas que, temerosos de perder sus privilegios, viven a cuerpo de rey, como en los años más oscuros de la Edad Media, cuando el obispo, dueño y señor de un extenso feudo lleno de vasallos miserables, practicaba la simonía, se daba a los lujos, riquezas y placeres terrenales y el dogma de la fe se imponía, por doquier, a sangre y fuego.

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