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“Olive Kitteridge es quien es y mi trabajo, como su creadora, ¡es quitarme de en medio y permitirle ser Olive!”

La escritora estadounidense Elizabeth Strout retoma en ‘Luz de febrero’ las andanzas de la irascible e inolvidable Olive Kitteridge, con la que obtuvo el Premio Pulitzer en 2009

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Nada más conocerla a través de la obra de Elizabeth Strout (Portland, Maine, Estados Unidos, 1956), sin duda se enamorarán perdidamente de ella. Sin redención. Pese a sus aspavientos, a sus desaires, a esa forma tan suya de ser irreverente pero al mismo tiempo entrañable, la genuina Olive Kitteridge entrará en sus corazones como elefante en cacharrería. Y ya no habrá vuelta atrás.

Olive Kitteridge, la novela con la que en 2009 la escritora estadounidense obtuvo el prestigioso Premio Pulitzer de Ficción, fue llevada a la televisión a través de una miniserie de la plataforma HBO, con las inolvidables interpretaciones de Frances McDormand, Richard Jenkins y Bill Murray. Obtuvo ocho premios Emmy. Ahora, su creadora continúa las andanzas de Olive en la ficticia localidad de Crosby, en el estado de Maine, al noreste del país, su Macondo particular, y reúne también a un puñado de protagonistas de otras de sus aclamadas novelas, como Me llamo Lucy Burton o Los hermanos Burgess.

La peculiar maestra jubilada, siempre en la cuerda floja y resignada a una vida de contradicciones constantes, como cualquier ser humano, afronta sus últimos años de existencia deseosa de vivirlos a tope y sin cortapisas de ningún tipo ni de nadie que se le cruce en su camino. Luz de febrero (en inglés Olive, again) es un hermosísimo canto a la vida y la libertad que deja una sonrisa en el lector muy parecida a la que le puede provocar esa luz que ya barrunta la primavera.

¿Por qué Olive de nuevo?

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Nunca pensé que volvería a escribir sobre Olive. Creía que ya había terminado con ella. Pero un día, mientras estaba sentada en una cafetería, vi cómo aparcaba su coche delante del puerto deportivo, que se apeaba ayudada por un bastón y que entraba. La imagen era tan clara que me vi obligada a plasmarla en papel. Y esa fue la primera historia o capítulo que escribí, «La poeta». Cuando lo acabé, pensé: «Bueno, veamos cómo Olive ha llegado hasta ahí». Y allí estaba Olive ¡de nuevo!

“Pese a todos sus defectos, Olive es una persona de buen corazón. Puede que sea sentenciosa, sí, pero siente curiosidad por la vida, recibe sus golpes y sigue adelante. Posee una fortaleza interior con la que creo que también se identifican los lectores”

¿Cómo miles y miles de lectores pueden querer tanto y de forma tan entrañable a un ser tan irascible como honesto e íntegro como es Olive Kitteridge?

Durante todos estos años, no deja de sorprenderme la cantidad de lectores que adora a esta señora, Olive. Creo que probablemente sea por su franqueza. Dice lo que piensa (casi siempre), y tal vez los lectores piensen y sientan lo mismo que ella, pero no se atrevan a expresarlo en voz alta. Quizá guste por este motivo. Además, pese a todos sus defectos, es una persona de buen corazón. Puede que sea sentenciosa, sí, pero siente curiosidad por la vida, recibe sus golpes y sigue adelante. Posee una fortaleza interior con la que creo que también se identifican los lectores.

¿Tiene la sensación de que su Crosby es su particular Macondo de Maine, que se suma a ese puñado de lugares literarios singulares que trascienden lo ficticio y lo real a un mismo tiempo?

He creado Crosby, Maine, porque lo veo como el lugar preciso en el que viviría Olive. Pero cualquier habitante de Crosby tiene su historia propia, y aunque no deja de ser un pueblo pequeño, siempre hay secretos y cosas que la gente desconoce de sus vecinos. Esto es algo que me fascina. También me gustan los diferentes puntos de vista que surgen al vivir en un pequeño pueblo. Una persona puede ver a Olive de una manera determinada, mientras que otra la verá de un modo completamente diferente. Y es algo que también sucede en la vida real, creo. Nuestros reflejos nos llegan a través de muchos prismas de gentes diversas. También pienso que si un escritor llega a atrapar la verdad emocional de un personaje, ese personaje (en este caso, la comunidad) se convierte en universal.

Los actores Frances McDormand y Richard Jenkins, en un fotograma de la premiada miniserie de HBO Olive Kitteridge.

¿De quién partió la bellísima elección del título en español, Luz de febrero?

Duomo, mi editorial en España, planteó el título y me encantó. La versión original se llama Olive, Again [Olive, de nuevo].

¿Qué tiene de especial esa “luz de febrero” de la que habla su nueva novela?

La luz de febrero en Maine es muy hermosa, algo que conservar en la retina. Como estamos tan al norte, la luz toma aquí una inclinación y ángulo especiales, y llevo toda mi vida fijándome en las cualidades de la luz de febrero. Empieza a cambiar, especialmente al atardecer. No solo los días se hacen perceptiblemente más largos, sino que en el horizonte parece haber una grieta que se abre, incluso cuando el sol se pone. Es algo magnífico.

“Si un escritor llega a atrapar la verdad emocional de un personaje, ese personaje (en este caso, la comunidad) se convierte en universal”

En Luz de febrero se dan cita varios protagonistas de anteriores obras suyas. ¿Les ha querido rendir un homenaje de esta forma al reunirlos de nuevo en Crosby?

Sí. Varios de mis personajes de otras novelas aparecen en Crosby, y es así porque se me ocurrió mientras escribía el libro. ¡Iban a estar allí! Bob Burgess se ha mudado con su esposa de Shirley Falls, y es lógico que su hermano Jim y su esposa, Helen, traigan a su nieto al campamento de Maine, porque eso es lo que hace la gente de Nueva York: traer a los niños a Maine para el verano. Fue divertido. Y Louise Larkin ya había aparecido en una ocasión, así que había llegado el momento de darle a su hija una historia. Me encanta cuando ocurre, cuando mis personajes, de forma bastante natural, se cruzan en sus caminos.

El amor reencontrado de Olive con el profesor Jack Kennison siendo ya personas mayores y con una larga mochila de experiencias familiares a sus espaldas, ¿es una forma de homenajear al amor con mayúsculas en el más pleno sentido de la palabra?

Jack Kennison y Olive Kitteridge −y esto se me ocurrió mientras escribía la novela− son, de alguna manera, perfectos el uno para el otro. Ambos son completamente francos consigo mismos sobre sus defectos, algo que me sorprendió. Ambos son lo suficientemente valientes como para darse otra oportunidad en el capítulo final de sus vidas. Así que ahí están, en medio de sus caóticas complejidades. Creo de verdad que es una historia de amor auténtico, porque, de lo contrario, ¿qué es? Han madurado mucho a lo largo de sus vidas y ahora están dispuestos a amarse, incluso a pesar de la mochila que ambos traen a la relación.

El hecho de que Olive se diera a sí misma una segunda oportunidad y no decidiera suicidarse en su primera novela, ¿lanza al aire el mensaje de que la vida merece la pena vivirse hasta sus últimas consecuencias?

Sí, pienso de verdad que en el caso de Olive, y en la mayoría de casos, vale la pena vivir. Incluso cuando pensamos estar en el fondo de un pozo negro, siempre hay esperanza. Así es como yo lo veo. Por muchas vueltas que le hubiera dado al asunto, Olive no se habría suicidado. Ella no es así. Es una persona que mira hacia adelante.

Hacer de un protagonista de una obra de ficción alguien casi de carne y hueso se logra en contadas ocasiones y usted con Olive lo ha conseguido plenamente. ¿Por qué tenemos la sensación de que esta mujer es tan real que podemos encontrarla a nuestro lado comprando en el supermercado?

Creo que (confío en que) Olive resulte tan real para los lectores porque es muy real para mí. Cuando Olive aparece en la página, ya nada puede detenerla. Pude descubrirlo en el primer libro. Ella es quien es y mi trabajo, como su creadora, ¡es quitarme de en medio y permitirle ser Olive!

Pese a que sus novelas abordan temas duros como el desarraigo, la enfermedad, la pérdida, la soledad o el desamor, todas ellas irradian un maravillo sentido del amor a la vida, y nos dejan una sonrisa en la boca cuando cerramos la última página. ¿Cómo lo consigue?

Abrigo la esperanza de que lo consigo preocupándome y tratando con mucho cariño a la gente sobre la que escribo. No emito juicios sobre mis personajes, aunque en la vida real sea todo lo contrario y nos estemos juzgando permanentemente; supongo que es algo natural, quizá nuestra manera de funcionar en el mundo. Pero cuando me pongo a escribir, dejo de lado cualquier juicio, lo que es muy liberador. Mis personajes son quienes son, y la gran mayoría se comporta de la mejor manera posible, como también lo hacemos la gran mayoría de nosotros.

Aquí me gustaría añadir algo que me ha venido a la mente al pensar en la respuesta para esta pregunta: mi padre era un hombre con una gran compasión innata. Recuerdo que cuando me operaron de anginas a los veinte años y venía al hospital cada día a verme, se sentaba a hablar con mi compañera de habitación, una señora que padecía cáncer y estaba muy asustada. Y no sé por qué, pero esta imagen me vino a la cabeza. Mi padre tenía una gran sensibilidad humana: hizo que aquella mujer se sintiera mejor porque se preocupó por ella. Y creo que eso era lo que me sorprendía de él, que en los momentos más oscuros, surgiera su empatía. (Ni siquiera creo que él se diera cuenta de esta aptitud.) Pero confío en reflejar esa parte de él de algún modo, que al relatar la verdad, también esté diciendo al lector: ves, no estás solo. Esa es la esperanza que abrigo.

Si así es Elizabeth Strout, tan humana, cercana y emotiva, imaginen cómo pueden ser Olive Kitteridge y sus vecinos del imaginario Crosby, ese pequeño pueblo de Maine, que nos abren las puertas de par en par para emocionarnos con ellos y sus pequeñas grandes vicisitudes diarias.

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