El tratamiento que se da, en Cataluña, a las lenguas oficiales es, a menudo, motivo de debate. Y la verdad es que hay un gran desconocimiento sobre el tema por parte de la población española que no vive en Cataluña, precisamente porque se encuentra lejos de donde se produce el supuesto problema y tiene que informarse a través de los medios, que no siempre son todo lo objetivos que sería deseable.

Las lenguas, no sólo la catalana, sino todas, son elementos de identificación colectiva muy importantes. Lo es la lengua castellana, de la que, con toda legitimidad, se sienten orgullosos quienes pueden proclamar que es la suya. Así sucede también con la francesa o con cualquier otra del mundo, pero sucede muy especialmente con aquéllas cuyos hablantes sienten cuestionada su identidad colectiva, como es el caso de la catalana. Y también sucede con la castellana, que está afectada de una enfermiza e incomprensible necesidad de demostrar su hegemonía en el territorio del Estado frente a las otras lenguas oficiales y muy especialmente frente a la catalana.

Para empezar, unos cuantos datos estadísticos para ir situando el problema. Según las últimas informaciones que se pueden obtener consultando el Instituto de Estadística de Cataluña (www.idescat.cat), el año 2011, del total de la población de Cataluña mayor de dos años, que era entonces de 7.306.000 personas, sólo un 4,88% declararon no ser capaces de entender el catalán. Es probable que la mayoría de ellos formasen parte de los entonces recién llegados a Cataluña procedentes de tierras no españolas. Por lo demás, un 95,12% de la población declaraba entenderlo, un 73,16% aseguraba poder hablarlo, un 78,71% decía saber leerlo y sólo un 55,70% se consideraba capaz de escribirlo.

A la vista de estos datos, creo que cabe hacer las siguientes consideraciones:

  1. El porcentaje de personas que no entienden el catalán es muy poco significativo y sostenido en el tiempo. 1991: 6,20%; 1996: 5%; 2001: 5,49%; 2007: 6,20% y 2011, 4,88%, Son valores muy parecidos, ya que la oscilación máxima a lo largo de estos veinte años es sólo de 1,32 puntos porcentuales arriba o abajo que deben de corresponder mayoritariamente a los recién llegados, que, con el tiempo, van aprendiendo la lengua y son sustituidos en su desconocimiento por los que van llegando. Este dato permite asegurar que el uso de la lengua catalana no ofrece dificultades de comprensión por parte de la inmensa mayoría de los ciudadanos, que, por regla general, la asumen como una lengua de comunicación habitual en mayor o menor competencia con la castellana según cada situación personal.
  2. Si observamos las cifras que arrojan las capacidades de hablar, leer y escribir en catalán, podemos comprobar que son muy deficitarias ya que ponen de manifiesto una situación sociolingüística anormal, pues hay un significativo porcentaje de ciudadanos que, si bien pueden entender el catalán sin dificultad, no son suficientemente competentes para interactuar normalmente en esa lengua. Según mi modo de ver, las autoridades españolas no deberían quedarse impasibles ante un terrible déficit como ése si realmente consideran que la lengua catalana es una lengua española. ¿No le parece, querido lector? Quizás habría que aplicar a Cataluña el artículo 155 de la Constitución para dar más vigor a la lengua catalana. Porque es evidente que la Generalitat se ve incapaz de hacerlo a pesar de que lo intenta desde hace más de treinta años. Y, sin embargo, el Estado actúa en la dirección contraria. ¡Difícilmente comprensible desde un sentimiento de amor hacia todo lo español!
  3. De todos modos, la deficitaria situación descrita sobre el conocimiento de la lengua propia de Cataluña no ofrece problemas de incomunicación entre ciudadanos gracias a que casi todos los que vivimos en esa tierra hemos hecho un esfuerzo para ser competentes en lengua castellana. Si he dicho “casi todos” es a causa de los recién llegados desde fuera del Estado y no porque haya catalanes que no dominen el castellano ya que todos, sin excepción, somos capaces de mantener una conversación fluidamente en esa lengua. Por eso mismo, el castellano suele actuar como lengua de interacción habitual cuando en la conversación hay, al menos, un individuo que no sabe o no le apetece expresarse en catalán. Y por mucho que algunos políticos y muchos medios hayan intentado deformar esta realidad hablando de una supuesta intolerancia por parte de los catalanohablantes que les empujaría a obligar al castellanohablante a expresarse en catalán o barbaridades similares, eso no es así en absoluto. Le invito a venir a Cataluña, amable lector, a comprobar la veracidad de mis afirmaciones antes de creer a pies juntillas tanto lo que explican los medios como lo que yo afirmo en este artículo. Como mucho, lo que se ve, a veces, en conversaciones en las que intervienen hablantes de lenguas diferentes es que cada uno habla la suya de la manera más natural sin que nadie se sienta obligado a cambiar a la del otro. De todos modos, lo más frecuente en estos casos es que el catalanohablante renuncie a su lengua y hable castellano.
  4. Si entendemos que el objetivo a alcanzar es la igualdad entre ambas lenguas, según reza la actual normativa, que han aceptado, en la teoría, hasta partidos como el PP o Ciudadanos, nada sospechosos de ser proclives a la causa catalana, es indispensable conceder al idioma catalán una atención especial en forma de discriminación positiva frente al castellano, que tiene ya ganado un terreno que el catalán aún tiene que recorrer. Otra cosa es que alguien crea que el catalán, una lengua que es la propia de muchos españoles, no merece gozar de esa igualdad, con lo cual se consagraría la idea de que hay españoles de primera y españoles de segunda.
  5. De ahí, pues, la voluntad de las autoridades catalanas de que el catalán goce de un trato preferencial en determinados ámbitos, cuyos ejemplos estrella son los medios de comunicación públicos y la escuela, que tienen el poder de incidir positivamente en la población y extender el conocimiento de la lengua catalana sin que, por ello, se produzca menoscabo alguno en el conocimiento de la castellana, como demuestra el hecho de que, en Cataluña, prácticamente todo el mundo es capaz de dominar el castellano, que por eso actúa como lengua franca, pero no el catalán.

Los datos presentados al inicio de este artículo, que son objetivos y, por lo tanto, incontestables –o, cuando menos, sólo contestables con otra estadística que arroje datos distintos y que no tengo noticia de que exista–, centran en su justa medida el estado de las cosas. Sin embargo, suelen silenciarse de manera interesada y todos los partidos no catalanes, así como los medios afines a esos partidos, que son la mayoría de los de ámbito estatal, fijan su atención únicamente en la discriminación positiva, que, efectivamente, se intenta llevar a cabo, pero silencian que ése es el único modo posible de que algún día las dos lenguas se encuentren en pie de igualdad, dando a entender, con ello, que se vive, en Cataluña, una situación de imposición del catalán, que es totalmente falsa e interesadamente falaz. Eso confunde al ciudadano español de buena fe que sólo tiene a su alcance medios de ámbito estatal que no cuentan la realidad catalana de manera veraz y objetiva, sino con la intención de incidir en la opinión de la ciudadanía en un solo sentido y contribuyen a crear una predisposición desfavorable hacia todo lo catalán.

Se dice que se imponen sanciones por usar el castellano en la rotulación pública o en el etiquetado de productos, cuando es rigurosamente falso. Lo que sí es cierto es que existe una normativa en virtud de la cual, en determinados casos, sólo en determinados casos, se exige rotular al menos en catalán, lo que no excluye, naturalmente, la posibilidad de hacerlo también en castellano.

Por otra parte, son mucho más numerosos los casos de conculcación de derechos del ciudadano por déficits en el uso del catalán que por déficits en el uso del castellano. ¿Sabía usted eso? ¿Y sabía usted que, en determinados ámbitos, es muy difícil que penetre el catalán? Pongamos, por ejemplo, la justicia, el ejército o las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, el cine, determinados sectores del ocio juvenil o de la burocracia, la informática o el deporte, entre otros ámbitos, que, por desconocimiento de la lengua, se desarrollan muy mayoritariamente en castellano en Cataluña. Pero eso se silencia y así parece que no exista. Ése es un importante déficit del catalán que jamás se esgrime. Y el Estado debería preocuparse por ese problema que afecta a una lengua oficial española cuyos ciudadanos pagamos rigurosamente nuestros impuestos y debería tomar las medidas oportunas para corregirlo en lugar de hacer lo posible para aumentarlo. Hablo de conocimiento. No de uso. Cada persona que hable la lengua que quiera, pero el Estado debería garantizar a todos los ciudadanos el conocimiento de ambas lenguas oficiales para que el individuo pueda escoger libremente. Y no lo hace.

Hay que considerar, además, que, en Cataluña, entre ciudadanos con cierto arraigo en el país, sólo existen monolingües entre los castellanohablantes. No hay ni un solo monolingüe en catalán. ¿Cómo se puede explicar eso a partir de las noticias que circulan por la mayoría de los medios españoles sobre la supuesta imposición del catalán?

¿Sabía usted que, por regla general, cuando un grupo de personas está interactuando en catalán y se añade a la conversación un castellanohablante, todos suelen cambiar de lengua y pasarse a la castellana cuando se dirigen a él aunque éste comprenda perfectamente el catalán? ¿Sabía usted que esa actitud es precisamente uno de los mayores inconvenientes con los que se encuentra la incorporación de ciudadanos venidos de otras tierras a la lengua catalana? ¿Sabía usted que esta costumbre que tenemos los catalanes de renunciar automáticamente a nuestra lengua en cuanto aparece alguien de lengua materna no catalana es denunciada, paradójicamente, por muchos castellanohablantes, que desearían que les habláramos en catalán para poder aprenderlo? Pues no solemos hacerlo porque es un vicio, pernicioso ciertamente, hijo del miedo que heredamos del franquismo y de la prohibición de expresarnos públicamente en nuestra lengua y que todavía persiste en nuestros días.

Finalmente, ¿sabía usted que, en Cataluña, no hay un solo conflicto a causa de la lengua y que los que se producen con ese pretexto, que son muy pocos, en realidad, se deben a posicionamientos políticos excesivamente radicales y completamente ajenos al conocimiento o desconocimiento de la lengua, generados normalmente por castellanohablantes que, a pesar de comprender el catalán, pretenden imponer su lengua en virtud de una mala entendida españolidad de Cataluña?

Se nos exige, a los que somos de lengua materna catalana, que consideremos que el español es nuestra lengua. Y no lo es. Lo reitero: no lo es. Por lo menos, no para todos los catalanes. Sí para algunos, claro… Yo no siento que el español sea mi lengua. No me siento en absoluto identificado con ella. Yo sólo tengo una lengua que considero mía, igual que usted, amable lector. En mi caso, es la catalana, aquélla en la que pienso, aquélla en la que pronuncié mis primeras palabras, la que me hablaron mi madre y mi padre desde mi más tierna infancia y también mis dos abuelas, naturales, sin embargo, una de la provincia de Teruel y la otra de la de Guadalajara. Y, del mismo modo, los castellanohablantes de Cataluña deben de considerar legítimamente que el catalán no es su lengua. Quizás no todos tampoco. En cualquier caso, es una opción personal que, sin duda, hay que respetar porque los hay que se consideran bilingües, a pesar de que determinados estudios revelan que el bilingüismo simétrico no existe en el individuo porque una de las dos lenguas siempre predomina. Pero, en fin, el criterio científico no es materia de este artículo.

Y digo todo esto sin ningún sentimiento negativo. El castellano no es mi lengua, pero sin embargo me parece una lengua bellísima como lo son todas las lenguas de la tierra, de las cuales domino unas cuantas y, por consiguiente, sé de qué hablo. Disfruto cultivando todas las lenguas y, por supuesto, también la castellana, con la que me unen numerosos vínculos: de proximidad con la catalana, de afinidad por contacto y de afecto por relaciones sociales y familiares. Y estoy satisfecho de poder dominarla con un alto grado de competencia. Pero eso no significa que sea mi lengua. Y todo aquél que pretenda convencerme de lo contrario o, más aun, obligarme a creer lo contrario, corre el peligro de provocar en mí unos sentimientos de rechazo hacia el castellano contra los que siempre he combatido.

Les voy a contar dos anécdotas que ya he referido en alguna ocasión en este mismo medio pero que me parece muy pertinente contar de nuevo aquí. La primera se remonta a los años sesenta del siglo pasado, cuando yo era todavía un colegial de nueve años y mi lengua estaba prohibida en mi tierra. Por aquel entonces, mi abuela aragonesa me enseñó a rezar el padrenuestro en catalán, ya que en la escuela sólo se enseñaba en castellano. Y yo lo aprendí con gran gozo pues estudiaba en una escuela religiosa y me pareció, entonces, algo bueno. Pues bien, alborozado por mi reciente aprendizaje, lleno de ilusión, fui a contárselo a mi profesor, un hermano de La Salle, esperando una felicitación, pero, ante mi estupor, recibió la noticia sin ninguna alegría. Y me dio una descorazonadora respuesta: “No reces en catalán, hijo mío, porque Dios no te va a entender”. Y me obligó a arrodillarme ante él y a rezar el padrenuestro tres veces en voz alta, por supuesto, en castellano. Con ello, naturalmente, aquel piadoso soldado de Dios pretendió contribuir a hacer nacer en mí la creencia de que mi lengua era la castellana, a pesar de que, en mi entorno más inmediato, sólo se hablara por la radio, en la entonces única cadena de televisión, en la escuela porque era obligatorio, y entre algunos conciudadanos vecinos recién llegados de fuera de Cataluña. Además, aquella sentencia inesperada de mi profesor me produjo mucha desorientación y dudas que no tuve el atrevimiento de preguntar y que sólo supe responderme una vez hube obtenido la madurez suficiente para desengañarme de toda creencia religiosa.

En otra ocasión, durante mi servicio militar, entonces obligatorio, mediados los años setenta pero antes de la muerte de Franco, en la provincia de Gerona, estando yo hablando en catalán, con un compañero, durante un descanso, un sargento que pasaba casualmente por allá, me sugirió sutilmente que me expresara en castellano con un amable, inesperado y sonoro bofetón en la cara, que en aquel momento, no supe de dónde venía porque me llegó por detrás. Comprendí inmediatamente, sin embargo, gracias a su erudita explicación posterior: “¡Habla bien, coño!”, me dijo. Una nueva contribución para aumentar mi admiración por la proactiva actitud de ciertos españoles para promocionar la lengua que aman.

Y, sin embargo, querido lector, episodios como éstos, más frecuentes de lo que se puede creer, no han generado en mí ni un solo prejuicio contra la lengua castellana, ni un ápice de odio. Porque ella es inocente de todo eso. Fueron el cura y el sargento, los culpables de querer invadir mi intimidad. Ellos eran los invasores. No por españoles, sino por perversos. Pero la lengua era –es– inocente.

Pues bien, esas actitudes extremas, hoy afortunadamente desaparecidas, igual que la pena de muerte o la tortura legalizadas (¡No faltaba más!, ¿verdad?), perviven aún hoy en el ánimo de muchos españoles, sobre todo entre algunos de los que viven fuera de Cataluña o se han incorporado recientemente y que, por tanto, no tienen lazos de solidaridad con nuestro país como tal, sino que nos ven como un apéndice rebelde de España. Y como ya no pueden llevarlas a cabo, salen a la superficie sólo en situaciones de dominio como aquélla que saltó a los medios no hace muchos días cuando el agente de la Policía Nacional que estaba a la puerta de una comisaría en una localidad catalana no quiso dejar entrar al abogado de un detenido que había dentro hasta que el letrado le hablara en castellano. Y era un funcionario público el que se negaba, no ya a hablar, sino a atender a alguien que se dirigía a él en una de las dos lenguas oficiales de Cataluña, un funcionario cuyo sueldo procede de los impuestos que paga, entre otros muchos, aquel abogado a quien quería obligar a renunciar a su lengua. Una lengua española, por cierto, según la Constitución que está obligado a cumplir y a hacer cumplir.

Otra modalidad muy al uso es intentar conculcar el derecho a aprender catalán que tienen todos los niños que viven en Cataluña, que es lo que intentan los partidos españoles de derecha hoy en día y también, aunque lo hace de forma más velada, alguno que se sitúa teóricamente en la izquierda. Lo hacen propugnando demagógicamente un trato igualitario de las dos lenguas en la escuela, ignorando la situación de inferioridad de la que parte el catalán. A pesar de los intentos de muchos medios de comunicación y de la mayoría de los partidos españoles para embaucar a incautos e ignorantes, hay que considerar que, hoy por hoy, en Cataluña, la lengua feble, la llamada a desaparecer, aquella que no sirve para ser usada en todos los ámbitos es el catalán, que se encuentra, sobre todo en territorios urbanos, en una situación de clara inferioridad respecto a la castellana en la calle y en muchos ámbitos públicos como los que he mencionado más arriba. Y ésta es una situación que hay que revertir simplemente porque es injusta. Y para hacerlo, no basta con considerar la lengua catalana como una asignatura más, en la escuela. Porque está demostrado que así, el niño castellanohablante no aprende catalán. El predominio del castellano es tan claramente avasallador en Cataluña, sobre todo en las zonas urbanas, que si no se sumerge al niño en un ámbito (¿cuál mejor que la escuela?) donde el catalán sea la lengua de uso habitual, en muchos casos, sobre todo en aquéllos en que el niño es de lengua materna castellana, aquél se ve arrastrado por la fuerza que tiene el castellano y no acaba de dominar nunca la lengua propia del país. Sin embargo, el castellano, como flota en el ambiente y está muy vivo en la calle y en los medios, se aprende igualmente y la escuela sólo tiene que pulirlo. Los resultados demuestran claramente que no todos los niños acaban dominando el catalán a pesar de la llamada inmersión lingüística y, sin embargo, todos acaban dominando el castellano de una manera suficiente. Y eso, por cierto, sin aplicar ninguno de los métodos horribles que algunos medios dicen que se usan en la escuela catalana como las regañinas o las sanciones. Mienten. Simplemente se hace procurando que los adultos hablen siempre en catalán, invitando a los niños a hacerlo también, pero sin que ello suponga una imposición y flexibilizando estas medidas lo que sea necesario para priorizar la comprensión por encima de todo.

También se acusa a la televisión catalana de su sesgo claramente favorable al uso de la lengua catalana. ¡Pues no faltaba más! ¿Tiene usted idea, amigo lector, de la cantidad de cadenas en castellano de las que dispone el televidente catalán? ¿Realizan las cadenas españolas desconexiones para emitir en catalán? ¡Ni una! Sólo la televisión pública lo hace en una proporción ridícula a pesar de que ésta haya aumentado últimamente.

La escuela y los medios de comunicación son, hoy por hoy en Cataluña, los únicos recursos que pueden darnos alguna esperanza de que, en un futuro, aún muy lejano, ambas lenguas oficiales de Cataluña se encuentren en igualdad de condiciones, Por eso, las fuerzas ultranacionalistas españolas quieren intervenirlos. Y ¿para qué? Para que una lengua que, según la Constitución, también es española vaya languideciendo hasta convertirse en residual. ¿No es una contradicción?

El Estado español y los españoles individualmente darían un gran paso adelante en la dirección de que los catalanes aceptáramos algún tipo de articulación política con el Estado español si, entre otras muchas cosas, asumieran el catalán como una lengua española y consideraran que debe gozar de los mismos derechos que la castellana. ¿Sabía usted, por ejemplo que, según la Constitución, el conocimiento del castellano es un derecho y un deber para todos los españoles, incluidos los catalanes, pero que el catalán es sólo un derecho pero no es un deber? Una consideración esencial porque eso potencia los derechos de los castellanohablantes en Cataluña, que, según eso, son ciudadanos de primera, por encima de los que tienen los catalanohablantes, que son ciudadanos de segunda.

Además, el catalán es una lengua todavía hoy prohibida en el Congreso de Diputados y vetada por el Estado español como lengua oficial de la Unión Europa. Por ello, los diputados catalanes no tienen derecho a expresarse en su lengua en el hemiciclo español y en las instancias europeas. Derecho que sí tienen, en cambio, los diputados de lengua materna castellana. Pero, ¿por qué esta diferencia? Los actuales encausados independentistas se ven también obligados a declarar en el Supremo en una lengua que no es la suya porque la traducción consecutiva no ofrece suficientes garantías. Podría continuar enumerando agravios comparativos pero no quiero hacer este artículo más largo de lo que ya es.

Y yo me pregunto: ¿no es el catalán, desde una lógica leal a lo español, una lengua tan española como el castellano? Porque, si no lo es, ¿qué es…? ¿Una lengua extranjera? Eso ya sabemos a qué conclusiones conduciría… ¿Por qué, entonces, ese supremacismo castellano, ese nacionalismo exacerbado, esas ganas de demostrar que el castellano tiene un rango superior? ¿No es una deslealtad hacia lo español que quien considera que Cataluña es España, considere, al mismo tiempo, que una de las lenguas oficiales de Cataluña merece un trato menor? ¿Pues por qué tengo yo que considerar mío un estado que considera que mi lengua no es tan válida como la castellana?

Me temo que faltan aún muchos años para que el Estado español y la mayoría de los españoles sean capaces de reconocer lo que es España en realidad: una unión de naciones que, a pesar de estar construida a la fuerza, podría funcionar si se aceptara tal como es. Y es una lástima. Fíjese, amable lector: le voy a contar una paradoja que no por paradoja deja de ser realidad. Creo sinceramente que esos españoles que, a menudo, lanzan soflamas asegurando amar a España, en realidad, la odian profundamente tal como es, porque lo que aman en realidad no es la España real, sino una España de matriz castellana, una España uniforme, una quimera, por consiguiente, que nunca ha existido y que jamás va a existir. Sólo humo en mentes engañadas que les impide ver la pluralidad y sienten verdaderas náuseas cuando se asoman a la España real. Para esa concepción ideal de España, mi lengua sólo es una molestia, una anomalía que debería desaparecer o quedar enterrada en la marginalidad. Y ésa es una de las causas, sólo una, porque hay más, por las que queremos marcharnos.

Me encantaría poder sentirme español porque yo no odio a España, pero la intolerante actitud que muestra su Estado para con las cosas propias de mi tierra no me lo permite. Y lo lamento profundamente. Y, además, es que España no tendría bastante con que me sintiera español porque lo que me exige, en realidad, sin decirlo abiertamente, quizás hasta sin darse cuenta, es que me sienta castellano. Porque la autoconcepción del Estado español es invasiva, ultranacionalista, excluyente y, como mucho, paternalista con las culturas no castellanas que, hoy por hoy, aún alberga. Porque se las mira desde arriba. ¡Como si, en eso, hubiera arribas y abajos…!

1 Comentario

  1. Yo no odiaba a españa,pero desde que el gobierno de ESPAÑA me robo lo que tenia ahorrado para mis hijos en el Banco Popular.entonces que voy a decir ,que odio a españa por ROBARME,y mis hijods haran lo mismo.Que le den por c. a todo.Estamos en un pais de ladrones,los cuales roban a sus ciudadanos durante la noche mientras duermen. Ahi queda mi opinion ,no digpo mas ,cada cual que lo tome como quiera,pero creo que es lo mas normal.Mariano ,guindos etc… felicidades por colaborar en en este ROBO del Banco Popular.

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