La mayoría de los países occidentales han reaccionado más tarde aún que España ante la amenaza del coronavirus. Desde Estados Unidos −donde algunos de sus líderes políticos llaman a los ancianos a sacrificarse y morir por su país para que la economía pueda seguir funcionando−, hasta el Brasil de Jair Bolsonaro, que ha calificado el covid-19 como simple “catarrito”, las grandes potencias mundiales se toman con calma los llamamientos desesperados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para que se adopten medidas drásticas con urgencia. Pero pese a la gravedad de la situación, ninguna alerta sanitaria parece hacer mella en los líderes populistas demagógicos como Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido, uno de los contagiados y todavía escéptico ante la dramática evidencia de la pandemia. Los tabloides ingleses avisan de que Johnson está demasiado relajado, mientras la plaga se acerca. El orgullo anglosajón puede ser aún más letal para los británicos que el propio germen.

Es decir, más de tres meses después de que apareciera el brote epidémico en Wuhan, los países ricos de Occidente aún no han tomado plena conciencia del escenario dantesco para la humanidad y siguen siendo laxos en las medidas estatales para frenar la propagación dentro de sus fronteras.

En este punto, si bien es cierto que España falló en la prevención, ya que tardó en reaccionar cuando China estaba ya enviando mensajes de alerta al mundo entero, es preciso destacar que a posteriori sí ha actuado con firmeza mediante el confinamiento general de la población y la declaración del estado de alarma, que Pedro Sánchez decretó el 14 de marzo. Hoy, aunque España es el cuarto país más afectado del mundo, con más de 57.000 casos, los científicos confían en doblegar la curva de contagios en las próximas semanas, cuando quizá la pandemia esté causando los mayores estragos en los países que ahora se muestran más reacios a actuar.

El nuevo coronavirus covid-19 ha infectado a más de 534.000 personas en 188 países del mundo, más de la mitad en Europa, que ya ha detectado al menos 262.000 casos. La cifra de fallecimientos en todo el planeta supera los 24.000 y la de recuperados se eleva por encima de los 123.000. Estados Unidos es ya el país con más casos diagnosticados, al superar los 82.000 oficialmente registrados, por encima de los 81.700 de China, donde el tsunami vírico parece controlado (la tasa de contagios es prácticamente cero y solo se detectan casos importados del extranjero).

Italia y España han superado las muertes de China este mes de marzo y ya acumulan, entre ambos países, más de 12.000 fallecidos. Hasta el momento, la tragedia del coronavirus tiene diferente incidencia según el país de que se trate, pero los expertos advierten de que si no se toman medidas arrasará en todos los lugares por igual. Así, Francia ya registra 1.698 muertos con 29.566 casos contabilizados; mientras que Alemania suma 262 víctimas mortales con 4.646 contagiados. Suiza, a su vez, acumula 11.811 infectados y 192 muertes.

El Reino Unido es uno de los países que más está tardando en reaccionar ante la pandemia. El Gobierno de Johnson echa balones fuera con las excusas más peregrinas, como un supuesto fallo en los servidores de sus correos electrónicos que ha interrumpido las comunicaciones con Bruselas. El virus no perdona y la tardanza de los británicos les ha llevado a engrosar hasta el momento 11.813 casos de contagio, entre ellos el príncipe Carlos, y 580 decesos.

Mientras tanto, la OMS advierte a Trump de que Estados Unidos se convertirá en poco tiempo en el gran epicentro de la enfermedad. De momento, las medidas adoptadas por la Administración del magnate neoyorquino se limitan al cierre de fronteras y a la prohibición de los vuelos transoceánicos procedentes de Europa durante un mes. El presidente norteamericano ha declarado el estado de emergencia nacional para combatir el virus pero la sensación que transmite el inquilino de la Casa Blanca es que la epidemia no será un grave problema para la población. A buen seguro una pose más del millonario yanqui, ya que la inyección de dos billones de dólares en la economía estadounidense para frenar el pánico en Wall Street viene a demostrar que la amenaza del coronavirus es tan real como terrorífica.

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