Los efectos negativos sobre la economía, empleo, mente y costumbres españolas de la Covid-19 tienen cronistas, notarios, profetas y adivinos. Esa fatalidad literaria Jorge Manrique la elaboró en verso o Valdés Leal la trasladó al pincel de sus óleos. El pintor acercó muerte y la devastación a la realidad humana. Pero no precisamos más altavoces. La recesión que trae la pandemia parece repetirá los efectos de la guerra fratricida (1936-1939). Los chinos ante cualquier crisis tienen, como se sabe, dos planteamientos. Uno es la alerta. Otro es la oportunidad.

El peligro, la angustia, el largo confinamiento, la borrasca que pende sobre el futuro se lo dejamos a tertulianos radio-televisivos que saben de todo y entienden de lo que haga falta. Les da igual insistir en el error, prodigar el sectarismo, defender lo imposible o cacarear guiones que hacen productoras para ‘crean opinión’.

La oportunidad de toda crisis desnuda los fallos, insinúa puntos de mejora y resucita un refrán español al que le daremos la vuelta: ‘no hay bien que por mal no venga’. Es decir, lo bueno [final] asomará tras lo malo [inicial]. La recesión consiguiente que traerá la pandemia será una ocasión perfecta para reflexionar sobre lo que enseña una situación tan dramática nunca vista antes a nivel planetario y con desiguales efectos en cada país.

Lo primero que debe dejarse claro es la concienciación y disciplina del pueblo español. Obedeció el RD 463/20 que declaró el pasado 14 de marzo el estado de alarma. El confinamiento decretado, prorrogado varias veces hasta mayo, no cesó la expansión de la Covid-19. Simplemente evitó un colapso hospitalario. Este sólo se registró en grandes núcleos urbanos y capitales castellanas superadas por una población avejentada y vulnerable.

Sin entrar si fue el Gobierno mejor o peor ante una crisis cuyas pautas se improvisaron, queda claro que la lucha política no cesó agarrándose –Gobierno y oposición– a influir la opinión pública con propaganda y estadísticas cuestionables. A gestores, expertos y críticos les superó la fatal realidad tras generarse tantas incógnitas como verdades se sentaron. La guerra informativa relativizó lo contrastado, abrió paso a lo contrario.

La pandemia atacó a la estructura del Estado y relativizó la credibilidad del Gobierno. Y repetimos, sacó lo mejor de un pueblo español disciplinado ante una crisis que técnicos y profesionales lograron ‘desescalar’.    

Seguidamente, haremos pronósticos sobre el panorama post-pandemia que parece seguirá nuestra economía. La que antes apostó por la globalización deberá militar en una autarquía sin los tintes de la autocracia franquista pretéritos. La tesis del ‘kilómetro 0’ que se aplicó en tendencias gastronómicas de las élites triunfará para ser España un país autosuficiente sin atacar las bases del estado del bienestar.

POBLACIÓN VULNERABLE: Las residencias de ancianos españolas hasta la crisis de la Covid-19 en un 75% estaban en manos privadas con cuotas que superan la pensión media (+/- 1.080 euros al mes) más extendidas. Sólo el restante 25% eran gestionadas por la administración pública, siendo ínfimas las plazas concertadas con la iniciativa privada. El Estado paga de sus arcas cuatro de cada 10 euros presupuestados para gasto social. Los casi 10 millones de pensionistas por distintos motivos (viudedad, orfandad, incapacidad, no contributivos, discapacitados…) se teme que subirán por los bajos índices de natalidad lo que adivina los peores augurios.

La crisis pandémica reveló que demasiadas residencias no atendían debidamente a sus alojados. Faltaban ayuda médica y trasparencia, profesionalización y recursos. Será un reto abaratar los costes indicados, dinamizar el sector asistencial, crear nuevas fórmulas para abordar la ‘tercera edad’, la discapacidad, fomentar la inmigración cualificada y medicalizar –por ejemplo- hoteles amenazados de cierre. La compra colaborativa de inmuebles para autogestión de mayores es una propuesta que se abrirá paso cuando se recicle el turismo en zonas urbanas y de litoral

SECTOR PRIMARIO: Las cuotas, subvenciones y ‘globalización’ de la agricultura, ganadería, pesca representan un ejemplo que los mimbres europeos no son perfectos en cuanto a los números españoles. Racionalizar la distribución, intermediarios y claves productivas abaratará precios. Apostar por naturalizar lo que se artificia con semillas, granjas pesqueras y añadidos químicos a animales será aplaudido por los consumidores y acercarán cereales, legumbres, frutas, verduras, pescado marisco, carne a nuevas texturas que parecían historia. Minería, petróleo y explotación forestal son peldaños del sector primario que merecen racionalidad y garantías medioambientales. Las riquezas patrias, además, no sólo deben cotizar en bolsas extranjeras y repartir dividendos en otros continentes.

TURISMO: La fórmula de lo masivo, low cost y turistificación de centros urbanos tendrían fecha de caducidad. Si el 12,6 % del PIB español lo sustenta el turismo, segmento que –además- genera empleo y riqueza incontestable parece sufrirá recesión y desempleo. Hacer de España un destino de inversiones no especulativas, reciclar planta hotelera y hacer competitivas pequeñas aerolíneas y españolizar líneas de cruceros parecen metas alcanzables. El turismo gastronómico, aventura, enológico, rutas temáticas, sanitario y religioso no son descartables para actualizar y optimizar un negocio que debe mantener como sustantivo en la economía.

TECNOLOGÍAS: La ingeniería, cualificación profesional e I+D patrio parecían anuncios vacuos u orgullos que morían en noticias. A la inventiva española se le deben herramientas y recursos para desarrollar patentes, innovar y maridar avances con profesionalidad. El secular retraso español se ha relativizado los últimos tiempos por la vanguardia investigadora y científica que tiene España dentro y fuera de sus fronteras. Es imperativa una política que fomente tecnologías para fabricarlos aquí. La dependencia asiática debe ser algo del pasado.

SALUD: La Covid-19 ha revelado más virus. Uno atacaba a la sanidad pública desde aseguradoras y empresarios privados. Otro visibilizó a unos profesionales sanitarios vocacionales y entregados a los que se aplaude cada tarde. Un tercero interroga por el futuro de una batalla ajena que sufría el ciudadano por recortes, emigración de médicos, enfermeras, biólogos, veterinarios, despilfarros y corrupción en la gestión sanitaria pública.

¿Dónde está la solución? ¿Cuál es el futuro? Se antojan nuevas políticas de empleo para no perder profesionales en el extranjero formados con nuestros impuestos. Esas políticas deben primar la promoción, estabilidad y sueldos acordes a la cualificación. La planta hospitalaria debe optimizar sus recursos anulando hemorragias de gasto y despilfarro. Los centros de salud deberán ser prehospitales que acercan la salud a quien la pierde. Los legítimos negocios de la sanidad privada deberán considerar al profesional un activo, no un número bajo a la hora del pago. Aseguradoras, empresas hospitalarias y asistenciales deben de abrir el abanico inversor español en detrimento de fondos foráneos de los que España sólo extrae dividendos.

La sanidad pública es sostenible y esencial. La privada debe reformularse y hacer empleados sobre autónomos, invertir en curar más patologías y aportar sus granitos de arena sociales que son aplaudidos por el sentido común.

ADMINISTRACIÓN PÚBLICA: El sistema de oposición, es decir, proyectar memoria sobre temarios parece agonizar porque puestos de confianza, contratos atípicos o urgentes, interinos, priman las nóminas actuales. Jamás hubo tanta precariedad y discrecionalidad en el empleo público español. Contratos sobre méritos y entrevistas con trasparencia digital frente a terceros, incluyendo período de prueba, parece más sensato que soportar años de litigios sobre vulneraciones de derechos. El empleo público representa un 18% del total y creció exponencialmente durante los últimos 40 años gracias a las autonomías y redes de otros entes (diputaciones, ayuntamientos, mancomunidades…). Prejubilaciones y privilegios que cuentan algunos cuerpos y empleos no hacen muy operativa la maquinaria pública ya que el gasto de personal entraña gran parte del presupuesto. Amortizar plazas, seleccionar nuevos contratados e incentivar los ya existentes parecen adecuado. Hacer competitivo el empleo público sobre empleos privados bien remunerados parece otro reto. La política sufre de plantilla preparada y capaz porque no están los mejores en el poder. Gracias a aparatos de partidos el empleo de cuadros, militantes fieles y técnicos afines se garantiza con la llegada al poder, pero muchos se hacen vitalicios. No sucedía como antaño con las ‘cesantías’.

En otros países servir al Estado, o trabajar para el Gobierno, es una etapa laboral a veces corta. Nunca es algo vitalicio, burocrático y que acaba desmotivando con rutinas.

INDUSTRIA: Parecían dogmas ‘deslocalización’ y supuesta optimización cerrar la industria nacional. Astilleros, siderurgias, farmacéuticas, textil… etiquetaron a España como cliente tras explotar fábricas en su territorio. El sector secundario, el industrial, transforma bienes. La agricultura necesita enlatar, la minería producir y la manufactura precisa transformarse. La dependencia foránea para suministros hizo que se relocalicen nuevas industrias aplicando pautas del siglo XXI. La revolución del XIX desarrolló la sociedad mundial, pero el desafío es el regreso de la industria sobre un país concebido en el sector servicios. Una pata de esa mesa parece lo concerniente a producir lo que desinfecte, higienice y cure personas y limpie objetos. 

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