Como me alegra no haber hecho realidad uno de mis sueños de adolescente, irme a vivir al barrio del Carmen con mis amigas, en los últimos años convertida en Z.A.S (Zona Acústicamente Saturada). Empatizo especialmente con la vecindad harta del ruido y es entonces cuando mi esencia se solidariza porque cuando llegas a ese momento de “Zerebro Absolutamente Saturado”, resulta necesaria la desconexión y encontrar el anhelado silencio tan imprescindible como el aire que respiramos. Si no lo has probado, te invito a bloquear durante unos días, las notificaciones de tus redes, es un gustazo indescriptible ver cómo el miedo a “qué me estaré perdiendo” te abre nuevos horizontes y te devuelve a esos libros aparcados. Ese paréntesis me ha permitido también escribir artículos como éste.

A veces sucede que, estando en tu oasis, se cruzan los astros para darle un punto de inflexión a tu paz interior y descubres como un pequeño desgarro en tu zona lumbar puede llevarte a un reposo obligado para poder saborearlo mejor y recordar tiempos mejores cuando tus movimientos eran inconscientemente libres y armoniosos.

Desde mi refugio imagino a la chiquillería en la piscina gritando “Marco-Polo”, el juego del verano en horas aceptables o en momentos de teórico silencio. Entonces, es cuando se hace patente que el derecho al descanso es exclusivo de los padres de esos niños que no empatizan para nada con los vecinos afectos. El problema es que cuando van creciendo, se van convirtiendo en adolescentes sin límites y sin educación. Peor aún es que tengan su campamento asentado bajo tu ventana y tengas que escuchar el lenguaje tan patético que emplean en sus patéticas reuniones. En el oasis, los insectos duermen a la hora de la siesta.

Será la morriña, pero eso de oír en el maravilloso silencio de la noche a los grillos y las olas del mar, me lleva lastimosamente a pensar en quienes siguen teniendo que madrugar y no han podido huir de allí. Tengo que agradecer a este oasis la inspiración que, con o sin lumbago, me regala para poder escribir a modo de ”liberación” para poner ante tus ojos sentimientos que si no has vivido, está bien que los conozcas.

Creo que hay normas que no tendrían ni que estar escritas, pero cuando se pierde el sentido común, da igual que estén en un cartel o no. Como no hay derecho de admisión, también a los oasis entran bandidos.

Cuando alguien tira al suelo la colilla del cigarrillo con el que te ha estado atufando previamente, tienes 3 opciones, o decirle que lo recoja, o pasar de todo y ya lo limpiarán, o meterle la colilla en algún orificio de su cuerpo a ver si le molesta. Como se supone que soy civilizada, tendríamos que ir a la primera opción, pase lo que pase. En el último concierto que viví, pude ver las 2 caras de la vida, el impresentable que tiraba sus colillas al suelo y la señora que recogía las suyas en un vaso y a la que agradecí su acción después de pedirle si me dejaba hacerle una foto. Me llamó la atención que me diera las gracias por escribir sobre ello cuando era ella la protagonista.

Si fuera una superheroína de la Marvel metería en un cohete: colillas, tapones, bolsas de papas y de pipas, aplicadores, pajitas y desperdicios en general, para que nada más salir de la atmósfera se autodestruyera.

A los sujetos responsables tanto de ensuciar el mundo como del “ruido- destroza- descansos” los congelaría con la mirada para que meditaran durante su letargo y sólo permitiría devolverlos a su estado normal tras el arrepentimiento real.

Mientras me llegan esos poderes, tendré que seguir recogiendo las colillas de la playa con las manos, aunque tendrán que esperar a que me recupere del lumbago y posiblemente, cuando estés leyendo esto habré vuelto de mi desconexión temporal a las redes… o no.

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