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Nuestra primera prueba para desviar asteroides

Josep M. Trigo
Astrofísico Cum Laude por la Universidad de Valencia (2002) con estancias en el Observatorio Ondrejov de la República Checa durante su doctorado. Entre 1999 y 2003 fue profesor asociado de Física y Termodinámica en la Universitat Jaume I. Entre 2003 y 2005 fue investigador postdoctoral en el Centro de Astrobiología de la NASA y en el Instituto de Geofísica y Física Planetaria de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA, EE.UU.) donde se especializó en meteoritos primitivos (condritas) y su papel en la formación de planetas y el transporte de agua bajo la dirección del Prof. John Wasson. Regresó a Catalunya en 2005 para trabajar en el Instituto de Ciencias del Espacio (IEEC-CSIC) donde en 2009 ganó el puesto de científico jefe del CSIC, creando el Grupo de Meteoritos, Cuerpo Menor y Ciencias Planetarias: http://www.ice.csic.es/ca/content/109/asteroids-comets-and-meteorites
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Podría parecer que es ciencia ficción, pero lo cierto es que permanecemos acechados por asteroides de pocas decenas de metros, algunos de los cuales todavía no conocemos. Rara vez se habla de la devastación causada sobre cerca de 2.200 km2 de taiga siberiana por el evento de Tunguska, producido el 30 de junio de 1908 por la fragmentación de un cuerpo rocoso de alrededor de 50 metros de diámetro. Sin embargo, el superbólido de Cheliábinsk producido por un asteroide de unos 20 metros de diámetro nos lo recordó el 15 de febrero de 2013, con miles de heridos por la onda de choque y la irradiación a la luz del intenso bólido. Este miércoles la humanidad da un primer paso en el desarrollo de técnicas efectivas para desviar asteroides, lanzando la misión Double Asteroid Redirection Test (DART) de la NASA de la que tengo el honor de formar parte del equipo científico de investigación. Esta misión histórica es dirigida desde el prestigioso Johns Hopkins Applied Physics Laboratory (APL) en el que se concentran algunos de los mayores expertos en asteroides. Nace en un contexto particular, promovida bajo el mandato que la NASA recibió del congreso de los Estados Unidos para descubrir y catalogar los asteroides que suponen un riesgo y desarrollar técnicas para paliar su peligro. Así pues, la misión DART es administrada bajo el programa de exploración del Sistema Solar de la NASA, así como de la Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria y la División de Ciencia Planetaria de la NASA. El objetivo científico de esta misión pionera es impactar esa sonda a toda velocidad contra Dimorphos, un asteroide de 160 metros de diámetro que es el satélite de Didymos, el cuerpo principal, unas tres veces mayor, de ese asteroide binario.

Pese a su objetivo necesariamente kamikaze, DART es una sonda espacial extraordinaria, nacida como una prueba de concepto, un ejemplo de innovación tecnológica impulsada por un equipo colaborativo que es, más que nunca, necesario para afrontar con garantías la defensa planetaria frente al impacto potencial de un asteroide peligroso. Cierto es que no conocemos un asteroide de pocos cientos de metros capaz de impactarnos en un futuro, pero eso no debería ser excusa. El evento de Cheliábinsk nos dijo que esa relativa ausencia de peligro podría cambiar de la noche a la mañana con un nuevo descubrimiento dado que todavía desconocemos algo más de la mitad de los asteroides con un diámetro inferior a unos 140 metros, capaces de producir una devastación regional en caso de un eventual impacto. No es la primera vez que descubrimos un asteroide potencialmente peligroso a pocas semanas de experimentar un paso relativamente próximo como, por ejemplo, el presumible cometa extinto 2015 TB145. Así pues, para tomar cartas en el asunto toca, por tanto, aprender a hacerles frente con el impactador cinético DART, una primera prueba in situ para desviar asteroides.

Los asteroides no son objetos para tomarse a broma. Las misiones espaciales que los han visitado hasta la fecha nos demuestran que la mayoría han sufrido grandes colisiones, acabando sus días como cuerpos heterogéneos y reagrupados en gigantescos bloques ligados por su débil campo gravitatorio. Por poner un ejemplo: un asteroide aparentemente rocoso que pensásemos que, a priori, podría ser eficientemente destruido por su entrada a hipervelocidad en la atmósfera, podría esconder un núcleo metálico denso y consistente, siendo capaz de excavar un enorme cráter. Otras veces no haría falta crear un cráter para causar una catástrofe, como consecuencia de la onda de choque o la nube de gas incandescente de la bola de fuego sobre una zona poblada, en un evento tan sólo de las dimensiones de Tunguska. De hecho, podría no ser ni tan siquiera necesaria una colisión para multiplicar su riesgo dado que un paso próximo al sistema binario Tierra-Luna podría disgregarlo gravitatoriamente y así multiplicar su riesgo a corto o medio plazo. Además, estos torturados cuerpos rocosos o metalorocosos poseen propiedades físicas que, aunque conozcamos parcialmente por los trabajos que realizamos sobre meteoritos en centros de investigación como el Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC) y en el Institut d’Estudis Espacials de Catalunya (IEEC), pueden resultar ser un reto añadido. Por todo ello, la misión DART de la NASA se convertirá en la primera demostración de una técnica concreta, el llamado impactador cinético, una sonda pensada para transferir su momento cinético en su impacto al asteroide, capaz de desviarlo de su ruta. DART también ejemplifica el tipo de misiones de exploración que veremos en un futuro, abiertas a la colaboración multidisciplinar y, de hecho, una oportunidad de incrementar nuestro conocimiento científico y tecnológico en esas disciplinas. 

Cabe tener en cuenta que ese impacto con Dimorphos ocurre en condiciones controladas, no supone ningún riesgo dado que el asteroide objetivo de DART no representa una amenaza real para la Tierra y, además, orbita alrededor de un asteroide mayor. El impacto ocurrirá a unos 11 millones de kilómetros de nuestro planeta y, por lo tanto, la configuración que proporciona ese sistema binario de asteroides constituye el campo de pruebas ideal para realizar ese primer test de un proyectil sin carga explosiva como un método práctico de cambiar el curso de un asteroide en una ruta de colisión directa hacia la Tierra. Esta misión histórica con un sistema de guiado automático único está previsto que impacte su objetivo entre el 26 de septiembre y el 2 de octubre de 2022 por lo que en menos de un año disiparemos las posibles dudas sobre nuestra capacidad real de desviar asteroides mediante esa técnica. Posteriormente le tomará el relevo la misión Hera de la Agencia Europea del Espacio (ESA) en la que investigaremos los efectos de ese impacto sobre Dimorphos y también la estructura, composición y características de ese asteroide binario. Con ambas misiones pretendemos dar un paso de gigante en nuestra comprensión de las propiedades de esos objetos y, al mismo tiempo, desarrollar una técnica efectiva para desviarlos.

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