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Notas de mis visitas a la cárcel

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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Desde ayer diez personas inocentes están en la cárcel y seis en el exilio sin juicio previo por su manera de pensar, una manera de pensar que en última instancia hubiese desembocado en una votación de resultado más que incierto. Lo demás: acciones pacíficas a pesar de estar protagonizadas por gente que llevaba encima ese mucho cabreo que da la impotencia (y lo que costó calmarlas, y eso fue lo que hicieron algunos de estos presos), y ruido, mucho ruido mediático que con seguridad cambiará a la corta o a la larga el panorama político de este país.

Quiero concentrarme en la situación de estos presos políticos. Los que ya están en la cárcel (ninguno de ellos juzgado, insisto) y los que es probable que entren. Quiero concentrarme en ellos porque no estoy seguro de que los que los han mandado a la cárcel, o los que hablan de ella, sepan exactamente qué significa esto.

Yo tampoco lo sabía hasta que estuve en la cárcel. No dramatizaré: he estado en la cárcel por motivos profesionales. Cualquiera de nosotros ignoramos lo que sucede dentro de esos muros. Si te toca intervenir en ellas te organizan una gira para que te enteres de a qué tipo de tarea te enfrentas.

Los integrantes del equipo que trabajaría sobre la cárcel fuimos todos voluntarios. Mi adhesión a esta aventura vino porque antes que arquitecto me considero ciudadano. Consideré un deber cívico implicarme en el diseño de un equipamiento tradicionalmente negligido por profesionales como nosotros, antipático, abstruso, poblado por (a riesgo de que parezca humor negro) un público cautivo en todos los sentidos de la expresión. Un público que no se puede quejar. Un público del que demasiadas veces se nos olvida que su pena es la privación de la libertad, no la privación de su dignidad.

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El mismo deber cívico que me impulsó a unirme al equipo de diseño de una cárcel me impulsa ahora a contar lo que sé de ellas. La privación de libertad es una medida extrema que se toma contra ciudadanos de los que la sociedad ha decidido protegerse. El papel que juegan las cárceles en todo esto es todavía ambiguo. Hay quien jura que están ahí para castigar. Otros las consideran máquinas de rehabilitar a estos prisioneros para reinsertarlos en la sociedad. Con una ingenuidad que encerradame esfuerzo en mantener pertenezco a este segundo grupo.

Lo primero que percibes cuando entras en una cárcel es que el aire es diferente. El olor es diferente. No apestan para nada: brigadas de presos fregotean incesantemente cada rincón, día a día, pintan las manchas difíciles, barren el suelo, desinfectan los sanitarios. Los presos están obligados a hacer la cama cada día y a mantener limpio su espacio. Esto se cumple a rajatabla. El aire huele a algo que puede estallar en cualquier momento. El aire huele a desinfectante, huele a ventilación excesiva. Huele a una especie de celebración de la limpieza que tiene algo de urgente, de sobreexcitado.

Una cárcel no es una cárcel. Es un conjunto de cárceles agrupadas en un mismo recinto, incomunicadas entre sí, cuanto más pequeñas mejor, para poder clasificar a los presos por tipologías de delito y por orden de peligrosidad y agruparlos según este criterio. Más seguro para ellos y para sus compañeros. Estas subcárceles son lo que comúnmente se conoce como módulos. Los presos viven en los módulos y apenas salen de ellos. Estos suelen estar formados por una L de celdas enroscada en torno a un patio rectangular cerrado por los otros dos lados por vallas de seis metros de altura. La diagonal de este patio, algo mayor que una pista de baloncesto, es lo más lejos que un preso puede ver. El cristalino de los presos pierde la capacidad de adaptarse a las distancias largas. Nuestra vista bascula a lo largo del día entre las grandes y las pequeñas distancias sin que nos demos cuenta de ello. Cuando hacemos este ejercicio nuestro ojo hace gimnasia.

El entorno antinatural de un módulo penitenciario priva al ojo de este movimiento. La mayoría de los presos que cumplen largas condenas desarrollarán defectos de visión por culpa de ser privados de este ejercicio.

La vista cansada es un defecto estructural en los prisioneros.

No he leído o escuchado en mi vida una sola memoria carcelaria que no esté asociada con el sonido de las puertas. Me sumo a ello, porque es la sensación más acojonante de todas. El protocolo para moverse por la cárcel es sencillo: la puerta, una puerta que pesa centenares de quilos que corre por guías metálicas, la puerta que está ante ti no se puede abrir hasta que la puerta que está detrás esté completamente cerrada. La construcción es recia, todo hormigón y hierro sin revestir. Retumba. Ruedas metálicas sobre guías metálicas, una cierta carrerilla y el muro ya la parará. rrrrrrrrrBUM, se abre la puerta. Pasas. rrrrrrrrBUM, se cierra. rrrrrrrrrBUM, se abre la otra puerta. Pasas. rrrrrrrrBUM, se cierra. Tantas veces como sea necesario. Cualquier desplazamiento por una cárcel (una visita al médico, al psicólogo, al funcionario de turno, al módulo de visitas, al teléfono) implica un mínimo de cuatro rrrrrrrrBUM. Eso tu solo. Hay unos ciento cincuenta presos por módulo. Echad cuentas.

El sonido se te mete en la cabeza. El sonido es la cárcel. Todos lo oyen cada día a cada momento. Es imposible que tu mente se abstraiga de ello. Ese olor y ese ruido son literalmente insoportables. Estructuralmente un tercio de los funcionarios de prisiones españoles está de baja por depresión. Los presos no pueden darse de baja. De ahí la apetencia por las drogas. Tranquilizantes siempre. Los estimulantes son casi desconocidos: quieren adormecerse. Quieren no sentir. Quieren evadirse por lo que sea que dure una dosis. El tiempo en la cárcel se cuenta por minutos. Es por eso que las uvas o las ciruelas son desconocidas en el menú de los prisioneros. Fermentan demasiado rápido y se pueden convertir en una bebida alcohólica que pueda ahorrarte un rato de infierno.

La alienación mental es algo deseable ahí dentro.

Mientras los presos estaban en el patio nos dejaron entrar en una celda. “No toquéis nada, por favor. Es su casa. Es todo lo que tienen”. La intensidad del espacio es brutal: dos camas, una ducha, un wáter, una pica, dos pequeños armarios, una mesita, una silla, todo en ocho o diez metros cuadrados. Cortinas de papel. Cubrelámparas de cartón. Fotos familiares: niños pequeños, adolescentes, mujeres de distintas edades, madres, esposas, abuelas, hijas, supongo. Todos posan, todos sonríen en las fotos. La poca luz que entra por la ventana las ha quemado y les ha dado un tono sepia. El espacio es tan pequeño que vuelco sin querer una de estas fotos enmarcada en un marco precioso hecho artesanalmente. Está cerca, demasiado cerca, de un grifo que gotea. La vuelvo a poner en su sitio. No ha pasado nada. Espero no haber molestado.

Estamos en la inauguración de Can Brians II, que nos enseñan vacía a la espera de que la semana que viene lleguen los primeros presos. Estoy con un compañero de trabajo. Decidimos pedir que nos encierren en una de esas celdas que huelen a nuevo. Queremos saber qué se siente. rrrrrrrrrrrBUM. Nos miramos. Le conozco más o menos. Le aprecio. Me cae bien. Ahora de repente estamos encerrados en ese espacio de diez metros cuadrados, solos. Veo en su gesto los síntomas de un ataque de ansiedad. Nervioso, advierto: Eh. Eh. EH. La puerta se abre. Ya fuera de la celda él me dice que ha notado exactamente lo mismo en mí. Toda la aventura no ha durado ni diez minutos.

Los presos pasan dieciséis horas al día encerrados en una celda así.

Habréis visto las imágenes de Albert Boadella cantando y bailando ante la casa de Carles Puigdemont en Bruselas. “Llarena te espera”, suelta mientas muestra que la disciplina de movimientos que da el haberse subido tanto tiempo a un escenario no se pierde.

Albert Boadella está deseando a una persona todo este infierno que acabo de describir. Mientras canta y baila y se regocija. Uno se pregunta qué ha tenido que pasar para que alguien pueda caer tan bajo.

El tiempo total de mis visitas a la cárcel es más o menos de un día. He recogido todas estas vivencias, y muchas otras, en un solo día de cárcel. Cuando cruzábamos la puerta de salida necesitábamos hacer algo al aire libre: un paseo por el campo, una celebración de lo que significa el espacio libre de verdad. Es duro. Es duro entrar ahí como un hombre libre, visitar la cárcel como un hombre libre, hablar con estas personas privadas de libertad. Descubrir determinismos sociales que normalmente no sabemos que existen.

Imaginad lo que es quedarse.

La cárcel es una vivencia extrema. La medida de la democracia de un país la da el tratamiento que se brinda a aquellos que han cometido un delito y han sido privados de libertad por ello. Repito: ahora mismo hay personas encerradas en diversas cárceles españolas por lo que piensan. No por lo que han hecho. Estas personas viven todo esto cada día. Cada minuto. No podrán pensar que todo es una broma, no podrán salir cuando estén mal. No podrán irse a tomar un menú con los amigos y pasar el resto de su tarde en el campo.

Es más, no se sabe cuando saldrán.

Quizá estas pocas vivencias os ayuden a imaginar qué significa esto.

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1 Comentario

  1. Gracioso artículo de humor. Lo de presos políticos, exiliados e inocentes en la cárcel es gracioso, aunque ya está muy vista la broma. Bueno no, aún me estoy riendo.

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