Nosotros se dice de muchas maneras. Puede significar tú y yo, puede significar todos los que hablan o todo lo que se mueve, todo aquello en lo que nos fijamos o todo lo que importa. Ya que estas delimitaciones son elásticas, nuestra tarea debe ser una clara demarcación. Esta consiste en decir quién o qué somos nosotros, distinguiendo de otras clases de objetos u organismos que encontramos en nuestro mundo.

En una página irónica, Kafka narra su encuentro, ocurrido en un tren antes de la Gran Guerra, con un oficial alemán. El oficial es súbdito del Imperio Germánico, Kafka es súbdito del Austrohúngaro, que comprendía numerosas nacionalidades diversas. Los dos se ponen a hablar; en un momento dado, el oficial le pregunta de dónde viene y luego de qué nacionalidad es. Kafka responde, pero el otro no llega realmente a entender cuál es su nacionalidad. Kafka ha nacido en Praga, pero no es checo; es ciudadano austriaco, pero el oficial no lo puede identificar simplemente como austriaco; es judío, pero un judío desarraigado de los orígenes del judaísmo. La identidad de Kafka desorienta al militar, ocasional compañero de viaje. Kafka es en sí mismo una frontera: su cuerpo es un lugar en el que se encuentran, se cruzan y se superponen, como cicatrices, muchas fronteras diversas.

Kafka muestra que, esta tarea de demarcación no nos viene impuesta por la manera en que son las cosas mismas. Pues lo que somos lo hacemos y también lo encontramos, lo decidimos y también lo descubrimos. La clase de cosas que somos depende en parte de lo que nosotros mismos tomamos por lo que somos. Una de las maneras características en que nos desarrollamos y nos convertimos en lo que somos es expresando, explorando y clarificando nuestra propia comprensión.

Hacernos evidente a nosotros mismos quiénes somos requiere una aclaración teórica de lo que significa en la práctica el hecho de que tratemos a alguien como uno de nosotros.

Las distinciones arbitrarias que se guían por la biología, la geografía, la cultura o las preferencias pueden servir y de hecho han servido para hacer comprensible la diferencia crucial entre nosotros y ellos. Sin embargo, desde que existe el pensamiento filosófico existe también, el impulso de comprendernos a la luz de un relato fundado en principios más generales y menos estrechos de miras y, en consecuencia, como una especie de seres de mayor fundamento y no tan provincianos.

¿Qué hay de tan especial en lo que hacemos? La respuesta es que nos distinguimos por capacidades en buena medida cognitivas. Nuestras transacciones con otros y las que realizamos entre nosotros, significan algo para nosotros las comprendemos de una manera y no de otra. Esta estrategia de demarcación subyace en nuestra identificación clásica como seres dotados de razón. Esta fuerza es una especie de fuerza normativa, un «tengo que» racional. Ser racional significa estar sometido u obligado a normas y sujeto a la autoridad de razones.

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