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¿Nos quitamos la mascarilla?

Javier Pérez Soriano
Javier Pérez Soriano
Profesor de Secundaria. Licenciado en Química. Técnico Superior de Prevención de Riesgos Laborales y Máster Universitario en PRL. Formador de Formadores en Seguridad y Prevención de Riesgos Laborales. Autor del portal www.prevenciondocente.com
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análisis

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Cuando uno observa como ciudadano la eliminación de la obligatoriedad de utilizar mascarillas en espacios exteriores en este preciso momento surge la duda sobre si es una decisión basada exclusivamente en criterios científicos o es más una medida devenida de cuestiones económicas.

Si hacemos caso a la ciencia, la adopción de esta medida bajo ciertas condiciones es totalmente correcta, pero ya lo era desde hace mucho tiempo. Sin embargo, en este caso, el momento en el que se toma la decisión de hacerlo es un factor determinante, ya que comienza la temporada de verano y puede convenir el llamamiento al turismo, probablemente de los más de veinte países europeos donde ya no se usan mascarillas en exteriores, lo que supondría una traba menos para que nos visitaran.

Si se adoptara dicha decisión desde el punto vista científico, no hay nada que objetar, ya que lo que viene a decir la ciencia es que la transmisión por el aire del virus causante de la COVID, a distancias mayores de dos metros parece poco probable en espacios abiertos. Entonces, ¿dónde está el problema?, pues precisamente en poder garantizar mantener dicha distancia de seguridad en lugares donde se puedan reunir varias personas no convivientes. No es lo mismo dar un paseo por la calle Larios de Málaga en plena hora punta, que salir con la familia a hacer una ruta por el monte, y en ello habría que incidir precisamente: ambos espacios son exteriores, pero la probabilidad de transmisión en uno y otro es completamente diferente.

Desde los inicios de la pandemia, el problema ha sido, y sigue siendo, que cualquier medida impuesta al ciudadano ha carecido de la pedagogía necesaria. Esta vez parece que va a volver a ser así, con el agravamiento de que tenemos un umbral de vacunación todavía bajo y la variante procedente de India, renombrada como Delta, que, en principio, es más transmisible y más resistente a las vacunas, y que va camino de convertirse en la dominante en el planeta, por lo que un paso en falso en la adopción de medidas puede acarrear consecuencias graves si nos tiene que hacer retroceder unas cuantas casillas en esta trágica partida.

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Si se explicara bien o, al menos, se explicase, todo esto sería más sencillo, pero tampoco se ha hecho pedagogía de ello para hacerlo entendible. La medida más fácil es aplicar la regla conocida como «dos de tres», defendida desde hace tiempo por la estadounidense Linsey Marr. Esta regla consiste en que en cualquier espacio en el que nos encontremos hay que cumplir dos de las tres condiciones siguientes: mascarilla, distancia de seguridad, aire libre. Así, si estás al aire libre tienes que cumplir o con el uso de la mascarilla o con mantener la distancia de seguridad de dos metros. En el caso de no estar al aire libre entonces debes cumplir con el uso de la mascarilla y mantener la distancia de seguridad. Desde mi punto de vista, en este segundo caso en el que hablamos de espacios cerrados, a estas dos condiciones yo le añadiría la ventilación y la medición continua de CO2 de manera prioritaria.

La pregunta que surge ahora es: ¿por qué se toma la decisión de eliminar la obligatoriedad de utilizar mascarilla en espacios exteriores en este preciso momento si no se están siguiendo estrictamente criterios objetivos o parámetros sanitarios para el proceso de la desescalada? Hasta ahora, no se han tenido en cuenta el tanto por ciento de personas con pauta completa de vacunación o los niveles de incidencia, dada la asimetría de valores en las distintas comunidades autónomas. Todo apunta entonces a lo indicado al comienzo de este artículo, es decir, a cuestiones económicas, porque para adoptar esta medida sin atender a cuestiones sanitarias se podría haber llevado a cabo con anterioridad. De otro lado, si se aplicara el sentido común también se podría haber adoptado un poco más tarde, cuando hubiera un mayor porcentaje de personas vacunadas, especialmente aquellos grupos con mayores incidencias en la actualidad como es el caso de los más jóvenes, colectivo más propicio a romper la distancia de seguridad tan necesaria para garantizar estar sin mascarilla en espacios exteriores con el menor riesgo posible.

De nuevo, el cumplimiento de la norma vuelve a recaer en la responsabilidad individual, y eso ya hemos visto cómo ha salido en ocasiones anteriores. Por ese motivo, habría sido importante tener en consideración una serie de cuestiones: por ejemplo, tener en cuenta que en la temporada estival los hábitos y el comportamiento humano cambian radicalmente con un incremento de la socialización; que no todos los grupos de edad tienen la misma evolución en el grado de inmunización; o que los jóvenes –quienes menor sensación de riesgo han tenido durante esta pandemia– son los más propicios a generar aglomeraciones al aire libre, muchas veces con consumo de alcohol que da lugar a una mayor desinhibición y son los que se encuentran menos inmunizados en este proceso de vacunación. No se puede olvidar que en ese rango de edad es donde actualmente se está produciendo la mayor tasa de contagios.

Otro de los problemas añadidos a los que nos vamos a tener que enfrentar a la hora de retirar las mascarillas, si no se explica bien la decisión, es al desconcierto de muchas personas con respecto a medidas como esta, ya que después de todo lo vivido, puede que no quede claro a qué atenerse. Se ha pasado de una situación, al inicio de la pandemia, donde se decía que las mascarillas no eran necesarias –obviando que era por falta de suministros–, a otra donde pasaron a ser obligatorias por ley, para volver a no ser obligatorias, pero, en este caso, solo en exteriores y si no hay aglomeraciones.

Las medidas en esta pandemia, además de basarse en criterios científicos, deberían haber ido siempre acompañadas de una justificación pertinente. La polarización en este tema, otra más, vuelve a estar servida, desde personas que tienen claro que no se las van a quitar hasta que estén vacunadas, a gente que no las utilizaban o las llevaban por debajo de la barbilla cuando eran necesarias. No obstante, la decisión de eliminar la obligatoriedad de utilizar mascarilla en espacios exteriores tampoco cambia mucho la situación actual, ya que no obliga al ciudadano a quitársela y quien crea que todavía es pronto para hacerlo puede seguir manteniéndola porque, aunque medidas como estas puedan parecerlo, no significa que la pandemia haya concluido.

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