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Nos están haciendo trampas jugando al solitario

Javier Pérez Soriano
Profesor de Secundaria. Licenciado en Química. Técnico Superior de Prevención de Riesgos Laborales y Máster Universitario en PRL. Formador de Formadores en Seguridad y Prevención de Riesgos Laborales. Autor del portal www.prevenciondocente.com
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análisis

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Ya lo dice la famosa frase que algunos atribuyen a Benjamin Disraeli, otros a Mark Twain y otros a Leonard Courtney: «Hay mentiras, malditas mentiras (grandes mentiras) y mentiras estadísticas. Luego está querer hacer comulgar con ruedas de molino».

Desde el principio de la pandemia todos los partidos políticos, ya que en mayor o menor medida gobiernan o cogobiernan en alguna autonomía, se pusieron de acuerdo en que los centros educativos iban a ser seguros, incluso antes de que se abrieran, apoyados además por algunas asociaciones médicas. La necesidad de mantener los centros educativos abiertos es una cuestión que no he puesto nunca en duda como se puede comprobar en mis artículos anteriores. El problema es que se han mantenido abiertos incluso cuando se observó que en los centros se estaba produciendo transmisión y con índices de incidencia en los que otros países de nuestro entorno ya habían cerrado sus puertas varias semanas antes.

Uno de los grandes pilares en los que se ha sustentado el mantra de que los «centros educativos son seguros» ha sido en la deliberada opacidad en los datos de contagios de alumnado y profesorado en colegios e institutos. Solamente dos de las diecisiete comunidades autónomas, Cataluña y Extremadura, ofrecen datos actualizados de contagios en el ámbito educativo. El resto de autonomías no los ofrecen cuando los mismos están recogidos de manera diaria, ya que los coordinadores Covid de los centros los incluimos en las plataformas de gestión educativa de cada comunidad.

Los únicos datos oficiales de centros educativos a nivel nacional eran los ofrecidos por el Ministerio de Sanidad mediante la relación de brotes semanales, donde se incluía el ámbito escolar junto al familiar, laboral, mixto, etc., como objeto de estudio. En él se indicaban brotes, número de casos por brotes, y brotes y casos acumulados durante el curso. Casualidad o no, lo cierto es que en educación nos hemos quedado a oscuras, porque cuando los brotes en el ámbito educativo iban subiendo allá por el mes de febrero, esos datos de buenas a primeras desaparecieron, ya que, según la explicación de una comunidad, «solo se reportan en las tablas de brotes aquellos con circunstancias especiales por acuerdo del ministerio».

Nos encontramos ante una situación donde un estudio reciente del CDC americano indica que el 60 % de los casos son provocados por personas asintomáticas, situación que se da en mayor proporción en jóvenes, donde además, según la OMS, solo se detecta el 1,2 % de las infecciones en menores de 4 años y el 2,5 % en niños de entre 4 y 14 años, y donde hay provincias españolas que desconocen la procedencia de hasta un 80 % de los contagios. A pesar de todos esos condicionantes, realizando una extrapolación en base a los datos de brotes escolares detectados y datos ofrecidos por las dos comunidades que los muestran, podemos estar hablando de más de 400.000 contagios entre docentes y alumnado en todo el territorio.

Cuando las administraciones dan datos, nos hacen trampas, y lo saben. Cuando el presidente de una comunidad autónoma dice recientemente que «el 98,3 % de los centros educativos están libres de covid, por lo que la incidencia del virus es bajísima», lo que realmente está diciendo es que el día que hizo la declaración solo el 1,7 % de las aulas estaban cerradas, cosa que parece que es lo único que les importa. Lo que oculta es que el número de aulas cerradas lo dividen entre el total del número de aulas de la comunidad, incluyendo aulas cuya mayoría no son susceptibles de cerrarse en ningún caso. Y lo que no dice tampoco es que en muchas de esas aulas hay casos puntuales sin llegar a ser brotes y, por lo tanto, no hay cierre de aula, y donde también hay alumnado con síntomas, o pendientes de prueba para saber si es positivo o no, por lo que falta a la verdad al decir que dichas aulas están libres de covid.

Un estudio reciente de seroprevalencia de covid-19 elaborado por la Comunidad de Madrid en centros escolares indica que «el entorno escolar es seguro en cuanto al contagio de coronavirus, pues se detectan unos porcentajes de infección entre alumnos y profesores similares a los que se puede esperar en la población general». Craso error. Si se mantienen en porcentajes similares, los centros educativos actuarán como mantenedores de la incidencia en la población general, pero nunca como elemento de reducción de la transmisión, a pesar del tremendo esfuerzo realizado para hacerlos lo más protegidos posible.

¿Realmente se puede considerar un éxito que los niveles de transmisión en un espacio como son los centros educativos, donde se han adoptado fuertes medidas de contención de la transmisión, sean los mismos que en una situación claramente insegura como ocurre en el exterior de ellos? ¿No será mejor reconocer que los centros educativos son inseguros por su condición de espacios cerrados y masificados debido a las altas ratios, donde se tiene que convivir durante un elevado número de horas con otras personas que llevan mascarilla de dudosa calidad, o excedido su tiempo de uso, y con ventilación deficiente en la mayoría de los casos, y que gracias a las fuertes medidas de contención de la transmisión adoptadas, como mucho se ha podido conseguir que la transmisión alcance niveles parecidos a los de una situación insegura como es la que hay en el exterior?

Las administraciones han jugado al agotamiento en este tema, impidiendo realizar un seguimiento real de la situación, y con su falta de transparencia en los datos, lo han hecho bien en función de su objetivo marcado desde el principio. Han conseguido que mientras que el tema de seguridad en colegios en muchos países haya sido un clamor, aquí haya muy poca gente que cuestione la versión oficial de que los «centros educativos son seguros». Es desolador tener que estar peleando por algo como la falta de transparencia, que en una sociedad democrática normal no debería salir gratis. Desde principio de curso se han ocultado deliberadamente a la comunidad educativa, sociedad al fin y al cabo, los datos de lo que realmente está pasando en los centros educativos, y están obligando a que docentes, alumnado y familias aceptemos sin rechistar los datos que quieran ofrecer como si de un dogma de fe se tratara.

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1 Comentario

  1. Buen artículo que esclarece la situación en los colegios. Simplemente, las autoridades educativas no importa bajo qué signo político han impuesto un dogma de fe de que los colegios son lugares seguros como si el virus se detuviera en sus puertas. Para ello han contabilizado casos a conveniencia y han cambiado los protocolos las veces q que ha hecho falta. Todo ello amenizado con las correspondientes amenazas a los etiquetados como in sumisos. Lo peor la complicidad de los medios que han guardado un silencio. Por ello felicito al diario y al periodista.

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