Algo no cuadra. Algo no les encaja a los epidemiólogos en todo este asunto de la pandemia mundial por coronavirus. ¿Cómo puede ser que un país como China con 1.386 millones de habitantes acredite 81.600 contagiados y 3.291 muertos mientras España, con poco menos de 47 millones, registre un balance desproporcionadamente superior en menos días de enfermedad (más de 49.500 infectados y 3.647 fallecidos)? ¿Qué estamos haciendo mal?

Esa es la gran pregunta que planea sobre los laboratorios científicos, donde se trata de encontrar respuestas a preguntas que ahora mismo son enigmas insondables. Todos los patrones científicos de grandes pandemias han saltado por los aires en esta crisis sanitaria provocada por un enemigo biológico de origen desconocido. En el futuro, cuando ya hayamos superado la tragedia, los viejos manuales epidemiológicos irán a la papelera y habrá que revisarlo todo como si empezáramos de cero. Ahora bien, tal descuadre entre las cifras que nos llegan del lejano Oriente y las que manejamos en países europeos seriamente golpeados como España o Italia, desconcierta a los investigadores.

La versión oficial es que el Gobierno de Pekín, tras un esfuerzo colectivo gigantesco, ha logrado derrotar a la pandemia. Según los dirigentes chinos, en solo tres meses se ha logrado contener la propagación del virulento germen que nació en Wuhan y la televisión ofrece imágenes de médicos y enfermeros bailando, festejando la victoria y agitando rojas banderitas comunistas, alegremente, por los pasillos de los hospitales. Es cierto que China tiene un poderío tecnológico y científico apabullante, tal es así que ha sido capaz de construir dos hospitales para miles de personas en apenas quince días. Pero los epidemiólogos occidentales siguen con la mosca detrás de la oreja, sobre todo porque en el caso del supuesto fracaso sanitario de Italia y España estamos hablando no de estados fallidos donde no hay hospitales ni médicos, sino de países entre los más avanzados del mundo, según los informes de la OCDE. ¿Qué está ocurriendo entonces? ¿Está mutando el virus de forma diferente, aritméticamente en China y exponencialmente en la Unión Europea? ¿Se vuelve el ente microscópico más agresivo según se expande o tendríamos que empezar a sospechar de otros factores ocultos que no manejamos?

“Hay varias cosas que no concuerdan”, asegura un epidemiólogo europeo radicado en Shanghái que prefiere no dar a conocer su nombre, según informa Zigor Aldama, corresponsal para el Grupo Vocento en aquel lugar del mundo. “En primer término está el hecho de que, en un inicio, los casos respondiesen a una fórmula aritmética que no se cumple en ningún otro país. En segundo lugar, están los cambios de criterio y la opacidad. Sinceramente, es difícil de creer que, en Italia, con una población similar a la de Hubei y un sistema sanitario mucho mejor preparado, se hayan registrado muchos más fallecidos. Incluso teniendo en cuenta que se trata de una población más envejecida”, explica el experto.

Quizá, a fin de cuentas, el secreto de la gran victoria de China haya que buscarlo en la fórmula de recuento de bajas y en las prácticas de transmisión de la información desde el poder político a la opinión pública. Según las informaciones del periodista Aldama, en el gigante asiático se determina que un caso es sospechoso de estar infectado “si cumple dos de tres criterios: sufrir fiebre o complicaciones respiratorias; tener daños en los pulmones visibles en una placa de rayos X; y registrar linfocitos o glóbulos blancos por debajo de lo normal. No obstante, se puede dar el caso de que una persona asintomática dé positivo en el test del coronavirus y, sin embargo, no sea contabilizada. Así lo afirmó el pasado 14 de febrero la Comisión Nacional de Sanidad de China en una rueda de prensa”. Es decir, “solo si durante la cuarentena desarrollan síntomas serán considerados casos confirmados”, afirmó un portavoz del citado organismo.

El pasado día 17, un paciente de 62 años de apellido Zhang, residente en Wuhan, acudió al hospital con síntomas de sufrir el Covid-19. Los médicos lo sometieron a la prueba del coronavirus y dio negativo. Sin embargo días después, cuando China ya daba por superada la pandemia al no haber detectado ni un solo caso entre su población de casi 1.400 millones de habitantes, fue sometido al test y dio positivo. De inmediato, las autoridades chinas notificaron a sus vecinos de edificio la existencia del episodio para que se pusieran en cuarentena. El caso del señor Zhang no engrosó las listas de contagiados, lo que para algunos expertos constituye una prueba sólida de que Pekín no está diciendo toda la verdad.

Conviene no olvidar que China sigue siendo un país totalitario donde la libertad de información y prensa está seriamente restringida, al igual que otros derechos humanos fundamentales. Los informativos de la televisión oficial pasan estrictos controles, filtros y censuras políticas, de manera que lo primero que habría que poner en cuarentena son los datos que cada día nos sirven los jerarcas de Pekín. Sin duda, Wuhan pasará a la historia como el Chernóbil chino y no hay más que echarle un vistazo a la magnífica serie de HBO dirigida por Johan Renck, sobre aquel histórico desastre nuclear, para entender cómo se las gasta un Gobierno de corte dictatorial cuando de lo que se trata es de esconder las negligencias, los errores, las mentiras y las corruptelas de una tragedia de proporciones cósmicas.

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