Los políticos nos vendieron el cuento de que nuestra sanidad pública era la mejor del mundo y nos lo tragamos entero, de principio a fin. Puede ser que lo fuera en algún momento en el pasado, por supuesto siempre antes de los brutales recortes de Mariano Rajoy. Quién sabe. En cualquier caso, ya no lo es. Fue un espejismo más, una de las muchas leyendas que a lo largo de la historia nos contaron gobernantes sin escrúpulos, charlatanes avezados a los que los españoles siempre hemos creído a pies juntillas, no se sabe muy bien por qué, si por absurdo patriotismo, por orgullo remanente del viejo imperio o por una extraña competición con el resto de los europeos para ser los mejores en algo.

El maldito Covid-19 ha venido para ponernos en nuestro sitio y de paso para desmontar tantos años de especulación, robo y negocio con los hospitales y centros de salud. Nuestra historia −desde el puritano Felipe II hasta el sanguinario y corrupto Franco, pasando por el conspirador Godoy y por una recua de reyes ineptos−, se repite una y otra vez, como una maldición bíblica que no podemos quitarnos de encima. Siempre nos han gobernado los mismos perros con diferentes collares: caudillos vocingleros que nos embaucan; grandes de España que nos estafan; líderes que jamás miran por el bien común y siempre piensan en llenarse las alforjas. Fue así desde los tiempos de Viriato. En 1898, el Gobierno español envió a miles de soldados a las colonias de ultramar para luchar contra los norteamericanos en una guerra perdida de antemano. Los poderes fácticos, políticos y económicos, con el servicio inestimable de la prensa de la época, se encargaron de crear el ambiente bélico propicio, una fiebre delirante de fervor nacionalista para que fuéramos al frente seguros de la victoria. Fue una escabechina; nos enviaron al matadero; nos convencieron de que derrotaríamos a los yanquis en menos de dos semanas y ya sabemos cómo acabó todo aquello. Fue tal el “Desastre del 98”, en el que perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas, que el país no volvió a levantar cabeza. Una vez más, las mentiras de nuestros gobernantes quedaban al descubierto.

Al igual que los americanos se hundieron el Maine como excusa perfecta para declararnos la guerra, hoy vemos cómo se nos hunde el gran buque del que nos hicieron sentir orgullosos ficticiamente: nuestro incomparable sistema de seguridad social, que no ha aguantado ni quince días el tsunami del coronavirus. Este mismo miércoles hemos sabido que España supera ya a China en número de muertes, con 3.434 fallecidos. Un terrible mazazo para la moral de la sociedad española confinada diligentemente en sus casas y haciendo todo lo que le dicen. El pueblo, con las excepciones de unos pocos idiotas, siempre sabe estar a la altura de las circunstancias. El país nunca falla a la hora de la verdad; son sus políticos los que, por una u otra razón, siempre yerran.

Nos habían vendido la burra de que nuestra Sanidad pública estaba preparada para el inmenso reto de la pandemia mortífera. Hoy vemos con horror cómo médicos y enfermeras tienen que improvisar trajes asépticos con chubasqueros traídos de casa, con bolsas de basura y esparadrapo. Otros han estado trabajando a pecho descubierto en los servicios de Urgencias, con riesgo para sus vidas, sin una miserable mascarilla. El resultado es desolador: más de cinco mil sanitarios infectados y en cuarentena. Ni siquiera tenemos respiradores mecánicos suficientes para atender a los miles de pacientes que se hacinan en los pasillos de los hospitales y si conseguimos el preciado material en los próximos días (ojalá lo logre Pedro Sánchez) no será por la previsión y competencia del Estado, sino por el ingenio inventivo del científico español, que a falta de recursos ya está improvisando bombas de oxígeno para los asfixiados, engendros caseros que por lo visto funcionan milagrosamente.

En un último alarde de imaginación hemos sido capaces de convertir el recinto ferial de Ifema-Madrid en un hospital improvisado, una nueva genialidad de algún lumbreras (entre tanto mediocre siempre hay excepciones), que sin duda contribuirá a salvar miles de vidas. De nuevo los españoles demostramos que somos un país de imaginativos, de creativos, de pícaros que saben sobrevivir en tiempos difíciles. Pero un auténtico fracaso como nación cuando se trata de racionalizar los recursos, de ser previsores, de invertir en el bien común y sobre todo de no esquilmar el dinero del pueblo. Cómo echamos de menos ahora los 100.000 millones de euros que nuestros políticos han robado durante todos estos años de alegrías y corrupción.

El Chernóbil español produce tanta vergüenza y tanta rabia que es mejor callar, no decir nada y ponerse manos a la obra a la espera de que todo pase y endosar las facturas que sean necesarias. Y a todo aquel que vuelva a decir aquello de que nuestra Sanidad pública es la mejor del mundo que le pongan una mascarilla con mordaza alrededor de la boca para que no pueda decir ni mu. O mejor aún, una camisa de fuerza.

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