Todo aquel que en algún momento disfrute consagrando su tiempo a leer debería abrir el último libro de Agustín Celis, Non serviam. Una novela amena desde su sorprendente inicio en el que van dando sentido a la obra una sucesión de conocidos escritores actuales y desaparecidos. Precisamente porque ahí reside el asunto de esta historia: la relación entre el creador y su público, es decir, el novelista y sus lectores. Para explicarlo, Celis da la vuelta al objetivo y centra su mirada en el paisaje menos conocido, en el del proceso mismo de la creación literaria. Nos muestra con una sinceridad autobiográfica las miserias de los autores desconocidos a los que las editoriales ningunean e incluso directamente desprecian. Los meritorios que se dedican a escribir libros por encargo o insulsos artículos de prensa con el fin de crearse una carrera propia en una relación de explotación conocida, consentida y, en la mayor parte de los casos, estéril. Incluso los que carecen del valor necesario para dar a conocer el fruto de su trabajo construyendo textos irremediablemente inéditos.

Junto a ellos, los autores consagrados, aplaudidos, leídos y premiados. Mimados por las editoriales que casi siempre apuestan sobre seguro con el único objetivo del beneficio económico. Populares y bienvenidos en los actos de los poderosos, tienen que pagar su peaje en agotadoras campañas de promoción, y soportar los envites a menudo absurdos de la llamada crítica literaria.

Unos y otros, escritores, críticos y editores constituyen los personajes de Non serviam. Muestran, ya desde el título de la novela, el interés por el perdedor, por el Ángel caído. Pero recalcando la grandeza que puede encerrar la derrota. La del escritor amargado que renuncia a la calidad de sus prosa pero mantiene sus ventas. La del editor que, tras años de prostituir su enorme negocio, comienza a buscar al final de sus días nuevos talentos a los que descubrir. La de la muchacha arrastrada al lado más sórdido del sexo que se recupera justo gracias a la escritura. O la del profesor desengañado y cínico que aniquila a los que representan lo que él no pudo alcanzar.

De un modo certero, ácido en ocasiones, Agustín Celis levanta las alfombras para enseñar asimismo lo impresentable, las poco edificantes maniobras que jalonan el proceso que transcurre entre la finalización de un escrito y su entrada en la imprenta, si ésta finalmente se produce. Brillantes resultan, en este sentido, los párrafos dedicados a los concursos literarios, a la falsedad que tan a menudo encierran, y a la complicidad de unos y otros para que perdure su impostura.

En suma, un nuevo autor a quien conocer, una obra para descubrir, una novela, Non serviam con la que aprender, disfrutar e incluso fisgonear lo menos conocido de la creación literaria actual en nuestro país. Merece la pena y asombra todo lo que contiene, porque como afirma Celis cuando está llegando al desenlace de la historia, “Los libros son objetos misteriosos”.

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