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¿No piensa la ciencia?

Julián Arroyo Pomeda
Catedrático de Filosofía Instituto
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Heidegger es un pensador radical, es decir, que va a la raíz de lo que está tratando, sin importarle nada lo que otros hagan o piensen. Se hace preguntas provocadoras para descubrir la esencia de algo, su sentido fundamental. Si nos quedamos solo en la frase no vamos a entender nada, porque el filósofo alemán siempre se la plantea en un contexto determinado, que solo comprenderemos, empleando una hermenéutica para interpretarla.

Una de las afirmaciones que ha producido mayor debate ha sido la que pronunció Heidegger en una de sus Lecciones de Friburgo, en 1951, que recoge posteriormente en el libro ¿Qué significa pensar?, de 1954: “La ciencia no piensa” (“Die Wissenschaft denket nicht”). Aparentemente, puede resultar una afirmación escandalosa. Cuando nos damos cuenta de que con esto no va el autor contra la ciencia, sino a favor de ella, la cosa se complica más. Heidegger está apuntando a la estructura interna de la ciencia, que no piensa y esto es una ventaja para ella.

La frase la ciencia no piensa hay que ponerla en el significado del pensar filosófico. Los filósofos son los pensadores genuinos, porque el pensar se ha producido de modo preferente en la filosofía, no es que no haya pensamiento más que en esta materia. Otros también piensan, claro está, pero el pensamiento se ha dado de un modo preferente en la filosofía. Esta es su esencia, que la ciencia no puede ni quiere disputarle, porque sus caminos son distintos: la filosofía piensa en el ser, mientras que la ciencia trabaja con el ente. Hay que reconocer una diferencia fundamental entre el ser y el ente. El ser humano no es ninguna de las dos cosas, si no un da-sein, o un ser que está ahí y que se va realizando en el tiempo (Sein und Zeit), según titula Heidegger una de sus obras.

Las cosas, los objetos, simplemente son, como en el banco del anuncio, que ha oído y visto que violentaban a una mujer y la tiraban al suelo, pero no puede hacer nada más, porque solo es un viejo banco de madera, según la publicidad del Ministerio de Igualdad. En cambio, cuando pensamos vamos en pos de las cosas. Rigor y demostración son las cualidades de la ciencia, no la interpretación de lo que quiere fundamentar.

La ciencia no va en la perspectiva de la filosofía. Aquella no piensa en sus métodos, sino que los aplica. Esta es su esencia misma. La filosofía no se origina en las ciencias, por anteponerse a las mismas. Tiene un dominio muy diferente a ellas, está en otra dimensión, que no es ni mejor ni peor. No se trata de establecer diferencias cualitativas de valor. Las ciencias no tienen que justificar su existencia, nadie duda de ellas, pero la filosofía sí, por eso las ciencias no tienen que pensar, no lo necesitan, poseen su propia estructura específica.

Pensar es lo propio de los filósofos (“Die Philosophen sind ‘die’ Denker”; “los filósofos son ‘los’ pensadores”), pero no son los únicos que piensan, fijémonos en el ‘die’ alemán, aunque históricamente el pensamiento se ha instalado de modo preferente en la filosofía. Y esto tiene que querer decir algo necesariamente. ¿Cuál es el problema, si es que haya alguno? Claro que sí lo hay, porque lo preocupante de todo esto es que todavía no pensamos, aunque todo da que pensar. Entonces es que no valoramos la filosofía, en la que se da el pensamiento. Necesitamos pensar, es decir, practicar la filosofía.

Esto no significa que ciencia y filosofía se excluyan mutuamente. Por el contrario, se relacionan y pueden alcanzar un acuerdo, aunque sean territorios distintos, a los que separa un abismo, que es preciso saltar. Es como si nos encontráramos delante de un árbol en flor. ¿Dónde está este árbol? ¿En mi conciencia, que lo capta, o, más bien, en el prado que lo muestra y en la tierra, que es una realidad? Sin embargo, renunciamos al árbol floreciente y lo sustituimos por conocimientos físicos. Es muy distinta la opción de la exactitud construida a dejar que se alce lo simple en sus múltiples dimensiones. Esto es mucho más valioso y bello que aquello. La biología y la fisiología analizan el organismo del ser humano, pero tales experiencias orgánicas nunca serán la esencia y la naturaleza de un ser humano. Por eso la ciencia no es un certificado de verdad.

Pensamos el ser, por la sencilla razón de que el ente no piensa, esto es manifiesto. La ciencia proporciona mucha información sobre los entes, pero todo esto, con ser importante y fundamental, solo constituye huellas e indicios. Los médicos siempre se curan en salud, diciendo que la medicina no es una ciencia exacta. Las ciencias bordean tinieblas en la explicación de la propia esencia, escribe Heidegger. Y hasta pueden desvelarla, pero no irán más allá.

Todas estas consideraciones se pueden aplicar, igualmente, de forma aumentada, a las tecnologías. Tampoco las tecnologías piensan, aunque respondan estricta y exactamente a las órdenes que tienen programadas. Siempre cumplen con sus protocolos exactos. Nunca se desbordan. Es el responsable humano el que las controla y puede corregir efectos no deseados, si bien, a veces, también esté previsto que la propia máquina pueda establecer modificaciones mínimas, pero no se puede ir más allá.

Solo los humanos manipulamos pistolas, misiles y tanques, siempre con un propósito determinado. No vale excusarse con que se escapan por distracción. Los ejércitos tendrían que responder de sus acciones individualmente, aunque ya se sabe aquello de la obediencia debida, que no debería aceptarse nunca como justificación. Los muertos producidos siempre reclamarán justicia.

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