El escritor gallego Suso de Toro. Foto: P. Cosano (Anaya)

Pocos como Suso de Toro (Santiago, 1956) para exponer con su consolidada y aplaudida trayectoria la fuerza de las letras gallegas a nivel nacional, y su nuevo libro, Un señor elegante (Alianza), así lo demuestra con creces. En él aborda, a modo de narrativa de no ficción como si de un detective más se tratara, la insólita historia de una familia, los Baltar, que dio cobertura y cobijo a figuras relevantes de la cultura como Rosalía de Castro y su marido, Manuel Murguía, Castelao o Rafael Dieste. El autor, en una obsesión creadora casi policial, busca indicio a indicio la estela dejada por el sueño republicano de una familia como exponente máximo de la ética de la resistencia. «Los Baltar desde el siglo XIX creían en el futuro, en el trabajo y en la protección de las figuras libres y creadoras”, asegura el autor de este absorbente e iluminador libro.

A veces, las historias se les imponen a los escritores de forma espontánea sin saber cómo. ¿Le ha ocurrido a usted esto en Un señor elegante? ¿Por qué?

Sí y no. Yo lo que quería inicialmente era escribir un libro sobre una familia, esos Baltar, pero me salió un libro diferente, que no me esperaba. Casi se podría decir que cuando estaba investigando y empezando a escribir la historia fui asaltado por otra historia distinta. La novela familiar inicial, con mucho componente del siglo XIX y principios del XX, se me fue transformando en una novela del siglo XX y ya centrada en un personaje, el cirujano Ramón Baltar.

“Algunas veces fantaseé imaginándome como policía investigador”

Los demás personajes de la familia, su padre, su hermano exiliado, sus hermanas, su esposa…, se me fueron transformando en figuras secundarias. Mientras lo escribía yo tenía la conciencia de que lo estaba investigando y persiguiendo, ahora que veo el libro desde fuera creo que fue él quien me arrastró.

¿En qué momento supo que en la saga de los Baltar tendría el germen de un libro?

Lo supe hace años cuando investigaba los hechos ocurridos en mi ciudad alrededor de 1936 para escribir una novela, Home sen nome (“Hombre sin nombre”). Entonces supe que esa familia había sido castigada en esa época. Pero ya entonces me sorprendió, y me desconcertó, el modo en que los descendientes se referían a esos hechos, lo hacían con humor, parecían una familia contenta, como si no les hubiera ocurrido nada a sus mayores.

Pasaron años y hace dos años volví a coincidir con miembros de esa familia y me refirieron nuevas anécdotas que se remontaban atrás y contaban de la protección a Rosalía de Castro y a la familia de Castelao y Rafael Dieste.

Era evidente que ahí había una historia que contar, lo que no tenía yo claro era que a mí me interesase tanto como dejar de lado otros proyectos literarios y meterme a escribirla. Dudé unos días y me puse a ello, aunque sin una entrega total. No esperaba encontrarme con la historia oculta de Ramón Baltar.

¿Es necesario enamorarse, en cierto sentido, del protagonista de su libro para volcarse en el trabajo de campo que ha culminado con la publicación de Un señor elegante?

Enamoramiento. Es cierto, es exacto. Nadie me lo había dicho. No es necesario estar enamorado de tus personajes antes de escribirlos pero es frecuente que te acabes enamorando de alguno de ellos, o de todos, al escribirlos, al concebirlos. Hay una relación muy íntima entre el autor y sus personajes. En este caso el personaje no lo inventé, se trataba de alguien que había existido y tuve que construirlo a partir de recuerdos que tenían de él y de documentos. Y se puede decir que me fascinó, y que me enamoró.

No fue tan importante para mí la labor de documentarme, en la que por cierto me ayudó por primera vez, y ya van casi cuarenta años publicando literatura, mi compañera, sino lo que fue decisivo fue el trabajo de imaginar a Baltar, reconstruirlo psicologicamente, caracteriologicamente. ¿Cómo era ese hombre internamente, por qué actuó de ese modo en cada circunstancia?

El escritor gallego Suso de Toro. Foto: P. Cosano (Anaya)

Un ensayista y novelista como usted, ¿se siente mejor incluso ejerciendo como una especie de detective en potencia para extraer a la realidad los elementos fundamentales de su novela de no ficción o, al contrario, cuando espera sentado la llamada de las musas de la ficción?

Va a sonar raro pero algunas veces fantaseé imaginándome como policía investigador. El espectáculo que está dando la policía, como todas las instituciones de este estado, es de lo más penoso, pero pensando en abstracto la labor de un investigador que reconstruye los hechos y para ello tiene que comprender sus causas me parece fascinante. La figura de un policía honrado y al servicio de la ciudadanía, si eso existe, es una figura protectora y reparadora de las heridas de la vida en la sociedad.

Y la labor del escritor es parecida, sólo que en los mundos de la imaginación. En las vidas ficticias el autor le da forma al caos de la vida, nos ayuda a entender a quienes nos rodean y a lo que nos acontece y explica el sentido de las vidas.

Y la pregunta que me hace es algo que ahora me estoy planteando precisamente tras escribir esta obra, me lo pasé tan bien imaginando a personajes que vivieron y sus hechos que no sé si a continuación volver a imaginar personajes ficticios me tendrá tanto sabor, me dará tanto placer.

¿Qué representó, a grandes rasgos, esta familia, en el relato sobre la ética de la resistencia en la Galicia del pasado siglo?

Pues hasta ahora no representaba casi nada y es este libro precisamente el que corrige ese relato de lo ocurrido porque precisamente debido a la destrucción de la República y la guerra y el franquismo el relato de una familia que se continuaba y que ascendía en sus hechos se cortó y quedó oscurecido. Los Baltar se quedaron en sombra, en la letra pequeña mientras otros nombres y apellidos que se adaptaron mejor a las circunstancias ocuparon toda la memoria.

La historia familiar culminó en la figura poderosa de Ramón Baltar, él concentró el afán bibliófilo y cultural, el mecenazgo y la protección de figuras de la cultura y la sociedad pero, debido precisamente a la radicalidad de su compromiso, acabó prefiriendo o viéndose obligado a que sus pasos permaneciesen en sombras.

“No es necesario estar enamorado de tus personajes antes de escribirlos pero es frecuente que te acabes enamorando de alguno de ellos”

¿De qué forma la figura de Ramón Baltar fue engrandeciendo el relato de su libro conforme fue aumentando la información que tuvo sobre el personaje con el testimonio de allegados y gracias a la documentación consultada?

Es que al principio su figura, partiendo de las informaciones que tenía, era la menos atractiva. Y eso que llegué a la historia familiar a través de sus hijos e hijas. En un principio tenía a un patriarca, don Ángel Baltar que venía de una familia de bibliófilos y protectores de Rosalía de Castro, y que a comienzos del XX es una figura de la cirugía y un hombre expansivo y generosos con muchas anécdotas simpáticas. Y tenía también a un hijo suyo, Antonio, formado en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y republicano que se tuvo que exiliar para salvar la vida. Y luego estaba Ramón, que sí tuvo contratiempos, lo echaron de la universidad y lo detuvieron en una redada con otros intelectuales, pero en general era un padre de familia numerosa y con una vida profesional exitosa bajo el franquismo. No parecía tener épica.

Y poco a poco fui viendo que tenía un compromiso claramente político oculto. Y entonces fue cuando pedimos más papeles a la familia y fueron muy colaboradores, fueron valientes atreviéndose a abrir la Caja de Pandora. Y encontramos documentos que probaban su participación en la resistencia política y militar contra el franquismo. Y el plano de esa ahora famosa “operación Termópilas” para matar a Franco. Si hubiese triunfado nos habríamos ahorrado muchos otros crímenes del franquismo y tantos años de fascismo y atraso.

“Ahora que veo el libro desde fuera creo que fue él quien me arrastró”

¿Qué lección dejó para la posteridad esta saga familiar y sobre todo Ramón Baltar?

Para mí, dejaron la lección de la alegría y la esperanza. La destrucción de la sociedad que hizo la guerra, el largo franquismo y este largo posfranquismo es que debemos tener miedo, que no debemos atrevernos a ser libres, que no debemos imaginar vivir en un país democrático y con futuro, que debemos aceptar ser siempre la vergüenza de Europa. Los Baltar desde el siglo XIX creían en el futuro, en el trabajo y en la protección de las figuras libres y creadoras. Y Ramón Baltar particularmente es una lección de ética y de valor. Un tipo que se rige por un código ético y con una envergadura moral y un valor que asusta. A su lado nos sentimos muy poca cosa.

En los convulsos tiempos actuales, ¿se hace más necesaria que nunca la presencia de figuras como la de los Baltar?

Hay ciertos valores que no nos atrevemos a reivindicar, precisamente por ese acoquinamiento a que nos sometió el franquismo y posfranquismo, como el valor y la libertad personal, la ética. Ramón Baltar encarna eso, se puede, y se debe intentar, vivir libremente. Pero eso nos exigirá valor. Cada uno, cada una debe hacer lo que debe hacer. Hacer lo que se debe, ésa es la lección. Simple, pero no pequeña.

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1 Comentario

  1. Los pueblos españoles (salvo excepciones) está tan acobardados porque el terror clerical-fascista del franquismo caló hasta los huesos. Es difícil encontrar alguna familia de los territorios fieles a la República que no haya tenido un paseado o un represaliado, además los gobiernos teóricamente progresistas del PSOE lo único que han hecho es asegurar que nada cambié en el reino boubónico; por eso Felipe Cal Viva incorporó a la OTAN a España. Al fin y al cabo, lo único que hizo es cumplir las directrices de quien lo aupó al mando en Sureness, la CIA y los servicios de inteligencia de Carrero Blanco, de un partido desaparecido de la resistencia antifranquista. Recomiendo leer: «La CIA en España» de Grimaldos.

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