El creador madrileño, poeta, narrador y presidente de la Asociación Colegial de Escritores de España, publica con Huso Editorial una nueva edición de El lento adiós de los tranvías, novela emblemática que nos habla de una investigación en tiempos de la dictadura franquista. En entrevista con Diario16, Manuel Rico habla de literatura y “del disgusto que le causa la poca importancia que los políticos le dan al hecho artístico”. La novela se presentará 30 de enero en biblioteca de La casa encendida a las 19:00 horas. El autor estará acompañado por Luis García Montero, escritor y director del Instituto Cervantes.

 

¿Por qué volver a publicar El lento adiós de los tranvías?

Es una novela en la que se evoca un tiempo en blanco y negro, duro, que en demasiadas ocasiones se tiende a olvidar, a enterrar. Cuando apareció en 1992 se vivía en España la euforia de la Expo sevillana, de los Juegos Olímpicos de Barcelona, incluso el Madrid Capital Europea de la Cultura. En aquellos momentos nadie, o solo una minoría irrelevante, osaba a reivindicar los años de la dictadura. Sin embargo, ahora, hay una tendencia a trivializar ese tiempo. Desde la política y desde determinados medios. Mi novela se adentra en la cotidianidad de la vida de entonces y sitúa al lector en un mundo que fue real, que vivieron varias generaciones. Creo que hoy es una novela quizá más necesaria que en aquellos años. Además, he corregido algunos aspectos y la contextualiza José María Merino con un prólogo que le aporta un valor adicional.

 

Háblele de su novela a un lector que se acerque a ella por primera vez y que hoy se encuentre sumergido en la publicación de novedades.

Un lector de hoy, incluso un lector muy joven, lee novelas que tratan del Medievo como hacen algunas novelas históricas, de la Segunda Guerra Mundial, de la vida en Europa en los años 60 o 70. Pues bien, en El lento adiós de los tranvías (Huso Editorial, 2020), se va a encontrar con la intrahistoria (lo cotidiano, los olores, las películas, las lecturas, los sonidos, los sueños y decepciones, los ambientes de los bares) que se vivió en España entre 1966 y 1972. Va a encontrar una trama casi policial, va a conocer a personajes que aman y sueñan en un tiempo difícil.

“El lector se va a encontrar con la intrahistoria que se vivió en España entre 1966 y 1972”

 

Su novela es una búsqueda; en medio de las confusiones que imperan en el mundo actual, ¿qué pistas de búsqueda le daría su obra al lector de este tiempo?

En la novela, el personaje central, Mario Ojeda, busca un pintor republicano desaparecido al final de la Guerra Civil, uno de tantos hombres o mujeres que dejaron de existir o cambiaron de identidad. Pero en el fondo busca lo que el pintor representa: la ilustración, el valor del arte y de la creación en un mundo hostil, la respiración de la democracia, la juventud de sus padres, un mundo que es el reverso de la dictadura en que vive. Esa búsqueda está hoy plenamente vigente: seguimos buscando en la literatura valores humanistas, los valores de la Ilustración, la profundidad vital de la democracia… Eso es algo que está en el ADN de muchos lectores jóvenes y por supuesto en el de las generaciones anteriores.

 

Periodista, poeta, narrador, gestor cultural, un poco de detective. ¿Todas estas facetas de Manuel Rico se encuentran presentes en esta novela?

En buena medida, sí. Pero la fundamental es la de escritor que intenta integrar el valor de la literatura como disciplina artística, como necesidad de encontrar un sentido a la vida a través del lenguaje, con el de la memoria. Personal, sin duda, pero también, a veces fundamentalmente, colectiva. No hay literatura sin memoria.

 

Hay temas políticos que determinan buena parte de la literatura de algunos países. ¿Escapa su obra a esta reiteración o no le interesa escapar?

Creo que lo político es secundario en esta novela, aunque siempre, tratándose de personajes que viven en una realidad dictatorial, con las libertades amputadas (cuando se inicia la acción de la novela, el franquismo llevaba vigente más de 25 años), es un telón de fondo inevitable. Me interesaban más las atmósferas (¿es capaz un joven de hoy imaginar lo que es no poder reunirse, ni manifestarse, ni besarse en la calle, o no poder leer a Sender, a Max Aub, a García Lorca?), la realidad que rodea a los personajes y cómo se desenvuelven en un Madrid de muchos silencios, de miedos y ocultaciones, de tranvías y renuncias. De eso también se aprende desde la perspectiva de hoy…

 

¿Qué siente cuando los políticos no toman en cuenta la importancia del arte y la cultura ni en debates, ni en programas ni en acciones de gobierno?

Entre el disgusto y la incredulidad. Sólo uno o dos candidatos, en la última campaña, han aludido a la cultura. Pero con la boca pequeña. Se ha citado casi de pasada el Estatuto del Artista y no se ha hablado de derechos de autor, de piratería, de la seguridad social de los creadores… Eso no me parece admisible. Esperemos que el nuevo gobierno y, en especial, el nuevo ministro aborde esas tareas pendientes con urgencia. Y que lo hagan con la participación de las entidades profesionales del sector…

 

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