La escritora Marta Orriols. Foto: Ariadna Arnés.

Tras una primera incursión literaria con un libro de relatos, Marta Orriols se inició en la novela de forma exitosa con Aprender a hablar con las plantas (Lumen, 2018), donde ya se constató la fortaleza de una autora con un mundo literario muy particular donde la mujer y sus inquietudes acaparan el foco argumental para plantear cuestiones universales nacidas de mundos muy particulares que nos atañen a todos sin distinción de género. Ahora, con Dulce introducción al caos, también publicada por Lumen, una pareja se enfrenta con valentía al dilema de tener o no a su primer hijo y todo lo que la decisión final acarrea para ellos, ya sea de forma individual o en conjunto para su proyecto de futuro. Orriols lanza preguntas al aire que incomodan y revuelven de su asiento a cualquier lector, y que muy pocos pueden, y saben, responder sin un mínimo atisbo de duda.

Su novela plantea un tema lacerante que no admite polaridades pero sí exige posicionamientos valientes, no accesibles a cualquier persona. ¿Es el tema de la maternidad y paternidad el que más nos marca como seres humanos?

Los hijos, el hecho de tenerlos o no tenerlos, forma parte de un acto irreversible y en ese sentido nos marca como seres humanos, claro. Sin embargo, la elección opuesta a lo que decidamos se convierte en una renuncia que a su vez puede convertirse también en lo que más nos acabe marcando como individuos. 

“Las mujeres estamos acostumbradas a que se nos juzgue, se nos censure y se nos cuestione siempre”

¿Por qué para muchas parejas un embarazo no deseado marca el inicio de una cadena incesante de frustraciones?

Porque una decisión sobre algo que es de dos nunca es propia del todo, y aunque se coincida en la decisión, creo que es algo tan íntimo y personal, tan atado a todo aquello que ha conformado nuestra identidad individual, que es muy difícil ser objetivo. La llegada o la no llegada de los hijos  implica un cambio de estatus y muchas veces el final de la juventud. Los cambios a veces son muy frustrantes.

En una pareja, el dicho subraya que dos no discuten si uno no quiere. Pero, ¿qué debe ocurrir en caso de embarazo ante la misma dicotomía?

Se puede, y supongo que se debe, especular sobre las realidades alternativas que podrían ser en la vida real, las contradicciones nos hacen auténticos, así que está bien discutir, escuchar; sin embargo, creo que ante un embarazo toca apoyar la decisión de la mujer. Las mujeres estamos acostumbradas a que se nos juzgue, se nos censure y se nos cuestione siempre, y aunque afortunadamente cada vez menos, todavía cedemos ante la mirada de los otros, a menudo malinterpretando las buenas intenciones que hay al otro lado de esa discusión. Así que discusión sí, pero la justa.

El tema del aborto planea sobre su novela, que desparrama una incontable batería de dudas razonables y no menos preguntas muy difíciles de responder sólo con las cartas del blanco o el negro. ¿Es entonces cuando debe actuar la serenidad y el compromiso?

La novela habla de todas la variables que escapan de nuestro control en el momento de tomar una decisión vital y esto hace que la serenidad sea complicada; el aborto planea a lo largo de toda la historia y es un tema delicado sobre el que no se puede escribir con un lenguaje totalitario que pase de largo las pequeñas cosas concretas. Mi compromiso ha sido aterrizar en esas cosas, defender la idea de ambivalencia y esa voluntad de entender a los dos protagonistas sin tener que dar la razón a ninguno, pero creo que se ve uno de los mensajes que hay en la novela, y es que para mí no hay debate posible con el aborto. Siempre debe respetarse la decisión de la mujer.

“Hay que narrar el dolor, no darle la espalda”

¿Debe una embarazada ser egoísta en el pleno sentido de la palabra ante el planeamiento a corto y medio plazo de su futuro?

Egoísta es una palabra que puede sonar dura y desmedida en este contexto. Lo que una mujer debe ser, y más si hay un embarazo de por medio, es honesta consigo misma, cuidar de su propio interés y de sus deseos. Otra cosa es, y eso dependerá de cada persona y de cada pareja, cómo se acopla ella al dolor de su compañero por algo que no van a compartir. La empatía por ambas partes es fundamental, pero la mujer debe recordar y ejercer el derecho fundamental sobre la autonomía de su cuerpo, sea cual sea su decisión. Siempre.

¿Por qué las ambiciones profesionales no pueden ser moralmente igual de válidas que el anhelo de formar una familia?

Es que yo creo que sí pueden serlo. Las ambiciones profesionales pueden llenarnos de una satisfacción que posiblemente se parece a la que sentimos cuando nos planteamos la maternidad o paternidad. Pero ojo, también pueden aportarnos el efecto contrario. Las ambiciones y los anhelos  suelen ir acompañados del concepto inventado del instinto maternal por una parte, y del de la plenitud que nos aporta un cargo profesional, por otra. Diría que los seres humanos tendemos a idealizar las proyecciones de futuro, y que el valor emocional de las cosas nunca se acerca a la perfección que proyectamos. Pero de entrada, y moralmente hablando, bajo mi punto de vista, la ambición profesional y el deseo de formar una familia son igual de válidos.

Usted asegura que “escoger es renunciar, pero es, sobre todo, dudar”. Pero la duda no resuelve nada, por lo que finalmente hay que escoger indefectiblemente. Entonces, ¿qué se debería hacer ante esta duda?

Desmenuzarla y no temerla. Vivimos obsesionados con la resolución y como más rápida mejor, pero como bien dices, al final escoger es indefectible, es por eso que antes de decidir debemos permitirnos exponer la amplia gama de matices que acarrean las grandes decisiones, y en el caso de la que plantea la novela, situar la duda de la maternidad y la paternidad en el lugar que yo creo que le corresponde, es decir, en el centro de la contradicción humana.

De su anterior novela, Aprender a hablar con las plantas, el escritor Carlos Zanón dijo que usted “realiza un ejercicio de funambulismo […] pisando alambre sobre el abismo”. Qué duda cabe que le ha cogido el gusto también a ese ejercicio en Dulce introducción al caos. ¿Hay que meter el dedo en la llaga siempre para saber qué es el dolor?

Hay que narrar el dolor, no darle la espalda. Para mí escribir tiene que ver con comprender más que con la creatividad, y para entender una debe meterse dentro de esa llaga, aunque resulte incómodo a veces, pero es la única forma de comprender el mundo, analizándolo desde todos los ángulos, buscar esa verdad que todos contenemos, poniendo palabras a aquellos pensamientos que tienen todo el sentido del mundo cuando los pensamos, y que lo pierden cuando los decimos en voz alta. Creo que la literatura debe acercarnos a esos pensamientos mediante la escritura. El dolor es universal pero el significado que le damos a nuestro dolor, la manera de narrarlo, es totalmente cultural y contextual. Supongo que en mis libros viaja parte del mío.

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