Sentado en un cochambroso banco del viejo apeadero, mirada fija en el antiguo depósito de aguas que abastecía a las viejas locomotoras de carbón y que aún hoy suministra, en modo urgencia, al Barrio de la Estación, Helimenas quizá recuerde tiempos de juventud cuando debía llevar el farol encendido y moverlo de izquierda a derecha para que el maquinista hiciera sonar la bocina con un chorro de vapor anunciando la partida del tren.

Entonces trabajaban trece personas en la estación. Tres guardagujas, tres factores, un jefe de estación, un guardanoches, cuatro peones y un capataz. En aquel tiempo no se planteaban si el ferrocarril era rentable o no. La principal función era el servicio público y que los paisanos de Sorrodlav pudieran acercarse a la capital sin tener que echar el día: cuatro horas de ida, cuatro de vuelta y el tiempo necesario para las gestiones.

Helimenas es el último jefe de una estación que fue muriendo poco a poco. Primero, al jubilarse  Prudencio, el guardanoches, no vino nadie a sustituirle. El guardagujas de turno hacía sus funciones además de las suyas. Más tarde, cuando Horencio, uno de los peones, tuvo un accidente, los otros tres tuvieron que acoquinar y encargarse de repartir el trabajo entre tres. Luego se quedaron sin uno de los guardagujas. Más tarde, sin el encargado de los peones.

Mientras todo eso sucedía, los trenes se retrasaban cada vez más porque el desmantelamiento era general. La suciedad en los vagones llegó a causar verdadero asco a los viajeros. Los asientos comenzaron a tener primero desconchones por desgaste y más tarde agujeros por los que se salía el relleno.

La línea comenzó a perder viajeros de forma paulatina.

Fue en ese momento cuando a algún lumbreras se le ocurrió que como una de las mayores quejas era el retraso de los trenes, y para evitarlo, se montara una línea paralela con otro ancho de vía que construyeron como la otra, con los impuestos de los ciudadanos. Pero al contrario que el ferrocarril tradicional, este lo explotaría una empresa privada a la que se le pagaría por ello un dinero desde las Administraciones públicas. Nadie preguntó pero el presupuesto público dedicado a subvencionar la vía privada comenzó siendo una vez y media mayor que el que antes se dedicaba a la conservación y funcionamiento del viejo ferrocarril, para acabar siendo cinco veces mayor.

Una vez en funcionamiento la nueva vía exprés, que contaba no solo con personal cualificado, sino con servicios jamás vistos en el viejo tren como asientos reclinables, sala de espera con calefacción y hasta bar dentro del tren, y que no paraba en los apeaderos, los problemas del viejo ferrocarril se agravaron de una forma veloz. Parte de los trabajadores que aún quedaban en la vieja estación de Sorrodlav, fueron obligados a elegir entre el despido o el traslado al nuevo tren con un salario inferior. Todos, por supuesto, eligieron el mal menor, trasladarse con la rebaja salarial. Así, en la vieja estación solo quedó Helimenas ascendido a jefe de estación, pero con el salario de guardagujas, y uno de los peones, al que por edad y condiciones físicas, no podían exigirle grandes esfuerzos.

Así, los viajeros fueron decreciendo. Al estado general de descuido, decadencia y degeneración de la vieja estación, de las vías y del propio convoy, se añadían retrasos inmensos que ya no eran puntuales sino generales.

Los trenes circulaban en unas condiciones de seguridad que ponían en peligro la vida de aquellos viajeros que no podían permitirse un billete en el nuevo tren que, a pesar de estar subvencionado, costaba cinco veces más que el mismo trayecto en el viejo tren. Por eso, y por que paraba en cualquier apeadero, seguía habiendo viajeros fieles al añorado trantrán.

Una semana antes de que cerraran definitivamente la línea, uno de los que habían promovido con intensidad la vía exprés, ante las quejas de los viajeros del viejo ferrocarril que recogía parte de la prensa, se propuso, para demostrar que no pasaba nada, conducir el tren de las 7:15 de la mañana. El que usaban más viajeros. Durante el llano, todo fue como la seda, a pesar de que los frenos se encasquillaban. Él presumía de que había sido un excelente conductor antes de ser ejecutivo. Sin embargo, no supo ver que a dos kilómetros había una curva cerrada que llegaba tras un prolongado desnivel. Ya no había señales que lo indicaran. El tren fue creciendo en velocidad hasta alcanzar los 80 km/h. El arribista conductor, les decía a los periodistas que iban con él que no entendía las quejas. Aquello iba como la seda. Cuando quiso frenar no pudo, entre otras cosas porque los frenos no respondieron. El tren acabó descarrilando. Muchos viajeros murieron. En lugar de asumir responsabilidades, los prebostes tomaron la decisión entonces de cerrar definitivamente la vía.

Hoy, Helimenas vive en una penumbra constate mientras sigue mirando fijamente el depósito de aguas. O quizá lo que mira son las grúas que han empezado a sembrar los antiguos terrenos de la estación.

No está IDA, es hijoputismo

Probablemente, querido lector, cuando estés leyendo esto, estarás hasta el higo de Madrid, de su presidenta, de su socio Aguado y de todo lo demás que acompaña a este sindiós. Por eso no voy a cansaros con un artículo sobre las maldades de un desgobierno que hace aguas por todos los lados y que, llegado el momento de tomar decisiones para salvar a los pasajeros, en lugar de volver a puerto y reparar el agujero, no se les ocurre mejor cosa que seguir navegando virando hacia el lado donde está la vía de agua y ante la incredulidad del pasaje y para amedrentarlos, suben a bordo personal armado.

Porque esto no va de Madrid, sino de una forma de ejercer el poder de forma despótica, que no actúa en beneficio de los ciudadanos sino para los negocios de unos pocos y para aquellos a quienes, ejerciendo de representantes de de la ciudadanía a través del voto, actúan sin embargo en favor de unos pocos que a su vez les acaban recompensando a con aquello que han venido a llamar puertas giratorias.

El Partido Popular se ha dedicado durante años, sobre todo desde la ascensión al trono de ese ser despreciable, lleno de complejos, ególatra y ambicioso a más no poder que se autoproclamó sucesor de Felipe II en el trono Imperial de España y cuyos ministros han acabado en su mayor parte en Soto del Real, a publicitar como impecable una paupérrima gestión (la suya). Como la panacea y el paradigma del saber sobre gestión pública. Nada más lejos de la realidad. Su nula gestión pública y su afán por convertir la rentabilidad pública en el negocio de unos pocos, les llevó a privatizar todas aquellas empresas con capital estatal (Endesa, Tabacalera, Repsol, Telefónica, Caja Postal. Argentaria o Gas Natural) todas en sectores estratégicos para la ciudadanía como las comunicaciones, la electricidad, el gas o la banca pública que justamente desde entonces, han supuesto la mayor carga de gasto mensual para el ciudadano de a pie.

Esos polvos dieron paso a los lodos de las privatizaciones encubiertas de la sanidad y la educación pública en la Comunidad de Madrid. La indecencia y la impunidad ha sido tanta que no se les ocurrió mejor negocio que vender las viviendas construidas para fines sociales a un fondo en el que trabajaba uno de los familiares directos y dejar desprotegidos a miles de ciudadanos.

Por tanto, no es que ahora estos gañanes que ascendieron al trono de Madrid, no por su valía, sino por una especie de ruleta rusa con suerte, sean distintos de lo que ha venido siendo históricamente un partido con numerosos casos de corrupción, comisiones, cohechos y financiación ilegal. Lo distinto es que ahora, su inteligencia es tan transparente que deja ver a las claras en qué consiste su “gestión”. Madrid ha recibido del Gobierno Central 3.400 millones para la lucha contra el Coronavirus. ¿Qué han hecho estos zangolotinos con ese dineral? Pues no sabemos. Desde luego luchar contra la pandemia no. En Madrid sigue sin haber rastreadores (1.000 menos que el mínimo recomendado por la OMS. Tenemos 1 rastreador por cada 30.000 habitantes cuando la recomendación es de 9). Son numerosas las denuncias de positivos a los que nadie llama, nadie controla e incluso se niegan a hacerles las pruebas de covid. En Madrid, la atención primaria sigue, al menos en lo que yo conozco, cerrada o semicerrada, masificada y atendiendo bajo mínimos y en la mayor parte de los casos, a través de asistencia telefónica. En Madrid, siguen faltando médicos y enfermeras, llegándose a convocar una huelga a partir del 28 de septiembre porque el esfuerzo sobrehumano de estos profesionales (60 pacientes por médico), les está pasando factura. En Madrid, siguen faltando recursos humanos que atiendan a los colegios cuando hay positivos, ya sean de alumnos, ya de profesores, que no pueden tomar acciones para el control de la pandemia porque nadie contesta a las preguntas, sobre cómo deben actuar, que efectúan los equipos directivos de los centros perjudicados. Siguen faltando personas que atiendan las solicitudes del IMV y los subsidios de desempleo en la SEPE.

En cambio, en Madrid se ha utilizado 1 millón de Euros para que haya sacerdotes en los hospitales (rezar contra curar). 30 millones para las residencias en las que murieron los casi 5.000 abuelos por covid, como compensación a su bajada de ingresos. 2 millones más para empresas privadas de limpieza en colegios (para que luego los alumnos tengan que llevar de casa un espray desinfectante y papel para limpiar su mesa y su silla todos los días en el momento que entran a clase). Una cantidad indeterminada en subvencionar un euro y medio en las comidas de los comedores escolares de los hijos de policías y guardias civiles (los parados y los pobres siguen pagando los 5,50 € diarios) y 4,5 millones para subvencionar las ganaderías de toros de lidia.

Madrid es la región de Europa con más contagios y una de las primeras también en todo el globo terráqueo. Está demostrado empíricamente que la propagación de la pandemia tiene dos principales causas. Una, la pobreza y otra, la falta de una sanidad adecuada. Y aquí, en la sanidad, es dónde el desgobierno de Madrid (y de tantas otras regiones cuyos regidores están cortados por el mismo patrón del hijoputismo) hace aguas. Llevan 25 años desmontando la sanidad (como el tren de la historia que introduce este artículo) y llevándosela al huerto de lo privado al que además le inyectan cantidades ingentes de dinero público.

Mientras todo ha ido bien, la gente “tragaba” porque en lugar de 6 meses de lista de espera en el Ramón y Cajal, en La Milagrosa te hacían las pruebas en tres días, y total tú no pagabas nada. Y encima si te operaban en el hospital público, tenías que compartir habitación mientras que en el privado que pagamos todos, eran individuales. La gente de la calle no se paraba a pensar que con cada euro que le estaban metiendo a la privada se estaban perdiendo 3 en la pública. La sanidad pública les parecía algo lejano que no les iba a tocar usar en mucho tiempo. Y llegó la pandemia y todo el mundo se queja porque ahora la Milagrosa ha dicho que no, que para eso del Covid te vayas a la pública y que si quieres test, son 120 euros.

Pero no solo el PP es responsable de esta ruina social, sanitaria y económica. El PSOE lo es tanto o más que el partido de la corrupción. Porque ellos fueron los que empezaron a privatizar aquellos negocios públicos que metían todos los años miles de millones de pesetas de beneficios en las arcas públicas. Porque ellos, allí dónde han gobernado, como en Andalucía durante décadas, han desmantelado lo público lo mismo que en Madrid el PP.

Decía el otro día Enric Juliana en La Vanguardia que “España es un país con una administración notablemente descentralizada que viene registrando desde hace años un intenso proceso de recentralización económica y mediática. El gigantismo de Madrid ha contribuido a vaciar media España y ha llevado a confundir los intereses más inmediatos de la capital con los de todo el país”. Y no le falta razón, solo que además, España es un estado fallido dónde los ciudadanos sufren de indefensión frente a unas administraciones que en muchas ocasiones actúan como la mafia (por cojones). Así, en el caso de la sanidad pública y de la no contratación demostrada de rastreadores, ante la falta de médicos, no porque no haya, sino porque los que gobiernan prefieren gastarse el dinero público en obras innecesarias (¿será por las comisiones?) que en solucionar los problemas sanitarios, ante las órdenes de no enviar personas por razón de edad a los hospitales como ocurrió en marzo, ¿quién nos protege de esas actuaciones que son recogidas como delito en el artículo 412 del Código Penal y que debieran estar amparadas en el artículo 103.1 de la Constitución y en el 17 de la Ley Orgánica del Poder Judicial?

Este estado es fallido desde el momento en el que la justicia actúa por intereses distintos a la legalidad y uno es o no investigado dependiendo del rango que se ocupe, de la cantidad de amigos importantes que tenga o de lo peligroso que sea para el Régimen del 78.

Cuando un simple operario del Canal de Isabel II te puede parar una obra cuando les llamas para advertirles del estado calamitoso de una tubería que tiene más de 70 años, que es de hierro (totalmente insalubre) y que no aguantará mucho más y el pollo te dice que la tubería aunque es pública y está en la vía pública la vas a tener que pagar tú (por sus huevos morenos) y que mientras él no dé el visto bueno, tu no puedes continuar con lo que estás haciendo, la administración se está comportando como lo haría cualquier extorsionador de cualquier banda callejera. Y protestar no vale para nada porque la única forma de que pudieran hacerte caso es que un juez, dentro de cinco años, te de la razón en un juicio que te ha costado más que los diez metros de tubería nueva.

Cuando no puedes sacarte un certificado digital porque hay una fase presencial en un lugar dónde, por falta de personal no atienden, cuando no puedes vivir porque no tienes ingresos y ni en la SEPE, ni en la SS te atienden porque no hay personal suficiente, y ningún poder te ampara (si fueras un banco en 48 horas tendrías una orden de actuación inmediata), la administración en lugar de resolver te está extorsionando.

En España, como estamos viendo en Madrid, y ante medidas delirantes para contener el virus como que puedas salir de tu casa a todo, menos a pasear o tomar el aire, en lugar de contratar sanitarios y rastreadores o de que el gobierno obligue a contratarlos, en lugar de obligar a instaurar una frecuencia de los trenes del metro de un país civilizado y no del tercer mundo, lo que prima es mandar cada vez más policías para que asegurarse de que el miedo, te deja paralizado en casa.

Muchos de mis conocidos están que echan chispas con la situación. Pero el 26 de mayo del año pasado, decepcionados con Carmena, Errejón y los suyos, decidieron quedarse en casa y no ir a votar. Mientras, los barrios en los que votarían a un mono loco si este se presentara por el PP, acudían en masa. Hoy sufrimos las consecuencias de tan sesuda decisión.

No tenemos lo que nos merecemos, pero si lo que soportamos impasiblemente sin hacer nada. Y el derecho al pataleo no es algo que cambie las cosas. Todos tenemos que morir, pero al menos que no sea antes de tiempo, con un sufrimiento extremo y como consecuencia de las decisiones de unos deficientes.

Salud, feminismo, república y más escuelas laicas y públicas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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