Fotos: Carlos Pérez.

David Monteagudo (Viveiro, Lugo, 1962) llevó dentro el gusanillo de la literatura desde siempre, pero no le brotó de forma torrencial hasta bien pasada la decisiva barrera de los 40 años. Ya entonces tenía en el morral un buen puñado de historias escritas pero sin publicar. Con su primera novela, Fin (2008), los lectores de este país descubrieron un diamante literario en bruto que tuvo resonancias posteriores con otras obras de notable repercusión de crítica y lectores.

Ya dejada muy atrás su experiencia como empleado en una fábrica de cartonajes –tarea que compaginaba en silencio y soledad con su pasión por la literatura–, Monteagudo se ha volcado también en su taller literario en la localidad barcelonesa de Vilafranca del Penedès, donde reside desde que se trasladó de niño de su Galicia natal. Aquí precisamente cocinó su último experimento literario, a medio camino entre los fogones y la literatura. Si quieres que te quieran (:Rata_) surge de la comunión perfecta de lo que Monteagudo denomina “taller más tortilla”. El producto está listo para que lo degusten los lectores. Que les aproveche.

 

Le van los retos, qué duda cabe. Este original, cuanto menos, proyecto literario-gastronómico, presentado en una nueva editorial independiente, es toda una declaración de intenciones. ¿A dónde quiere llegar con este nuevo órdago?

Pues precisamente este libro no lo empecé con ninguna ambición específica. Simplemente quería divertirme un poco, desquitarme del formato tan estricto al que me había sometido en mi anterior libro, Hoy he dejado la fábrica, y comprobar si lo que me decían mis amigos era cierto: que las recetas que les pasaba por escrito, farragosas, de una minuciosidad obsesiva, tenían su gracia desde un punto de vista literario. También quise hacer lo que hacían mis alumnos en los talleres literarios (¡y qué envidia me daban!): escribir textos variados, cada uno con una pauta diferente, sin ninguna presión. Lo que sí tuve claro es que aquello representaba un reto: escribir unos textos que tuvieran valor por su densidad y su tensión estilística y literaria, pero que al mismo tiempo explicaran la receta con todo detalle, para que cualquiera, con el libro en la mano, la pudiera reproducir en su cocina.

“Por mi experiencia personal, los talleres literarios sirven para hacer un montón de tortillas de patatas, con las que obsequiaba a mis alumnos en la pausa que hacíamos a mitad de clase”

 

En su caso, ¿qué fue antes: la olla o la letra?

Primero fue la letra, cuando en la adolescencia leía como un loco y llegué a escribir todo un poemario a base de sonetos y otras métricas muy clásicas. Después vino la olla, cuando aparqué el sueño de ser escritor (aunque no dejé de leer), me agarré al de ser dibujante y tuve que empezar a currar de verdad en trabajos que nada tenían que ver con ninguna de las dos cosas. Digo que vino la olla porque, al independizarme no me quedó otro remedio que empezar a cocinar, con veinte años, y ahí fue donde empecé a cogerle el gustillo a los fogones. Y por último, a los cuarenta, reapareció la letra, porque empecé a escribir narrativa, y a los cuarentaiocho me convertí en escritor profesional. Pero en ningún momento dejé de cocinar.

 

Su original trayectoria literaria tiene mucho de lampedusiana. Un día tardío, tras atravesar la crítica barrera de los 40 años, se le activó el chip de la escritura. De eso hace ya algunos años y varios éxitos de crítica y público por el camino. ¿Qué balance puede hacer hoy del proceloso mundo de la literatura sin dañar susceptibilidades?

Es muy sencillo: he llegado a la conclusión de que en este mundillo, y en nuestro país (que es lo que yo conozco) si quieres ser escritor tienes que ser exigente contigo mismo, escribir por amor a la literatura, a la letra escrita, por verdadera necesidad vital de expresarte en este medio; tienes que vivir “para la literatura”, y no intentar vivir “de la literatura”; y por supuesto, confiar (que ya es mucho confiar) en que la gloria, la fama y los reconocimientos llegarán en la posteridad, cuando ya estés criando malvas, cuando haya cesado el ruido y la furia y el paso de las décadas haya filtrado todo el aluvión, y separado el grano de la paja.

“Un escritor está toda su vida aprendiendo a escribir”

 

En el prólogo de Si quieres que te quieran reconoce la importancia que han tenido los talleres literarios en la génesis de este libro que entremezcla, como en un buen guiso, recetario, gastronomía y literatura. ¿Para qué cree que sirven hoy estas ‘fábricas’ de escritores y escribidores?

Por mi experiencia personal, sirven para hacer un montón de tortillas de patatas, con las que obsequiaba a mis alumnos en la pausa que hacíamos a mitad de clase. De esa manera he perfeccionado y automatizado mi receta. También me han servido para conocer a un montón de personas muy interesantes, para aumentar mi red social, que es exclusivamente analógica y presencial, y para descubrir (que no crear), e incluso estimular a talentos ocultos, de alguno de los cuales oiremos hablar en el futuro, no tengo ninguna duda. Pero mis talleres son muy raros, nada convencionales. En general, los talleres “normales” facilitan a escritores noveles el contacto directo con el mundo editorial, imposible desde el total anonimato, y también están creando una generación de escritores muy correctos, pero tal vez un tanto estandarizados.

“Así como no hay literatura de género y literatura seria, sino literatura buena y literatura mala, del mismo modo hay buenos escritores en todos los estratos sociales, económicos e intelectuales”

 

¿Qué es más difícil: tomarle el punto de sal a unas lentejas a la jardinera o practicar literatura de altura demostrando que es mucho más que un simple libro de cocina escrito con buena pluma?

Para las dos cosas hay que tener un don natural… y al mismo tiempo haber practicado mucho, y haber arruinado alguna que otra comida.

 

¿Es mejor escritor quien antes ha pasado por monitor deportivo, soldador, montador de stands o conductor de carretillas en una fábrica o quien se ha forjado desde jovencito en un taller literario?

No, en absoluto, y lo digo con todo el convencimiento. Así como no hay literatura de género y literatura seria, sino literatura buena y literatura mala (y esta aparece de manera completamente transversal), del mismo modo hay buenos escritores en todos los estratos sociales, económicos e intelectuales. La vida influye muy poco en la calidad de un escritor; influye mucho más lo que no es la vida: la literatura, las lecturas, la tradición, el trabajo anónimo y silencioso, y el talento que ya viene de fábrica.

“La vida influye muy poco en la calidad de un escritor”

 

Y las paradojas de la vida: ahora que vive de, por y para la literatura escribe menos que cuando la compaginaba con otros trabajos. ¿Se ha aburguesado?

Más bien digamos que me ha convertido en ama de casa, y eso te roba mucho tiempo. En cuanto a aburguesarme, el mío es un hogar con dos menores y dos artistas, mi mujer y yo, que uno es escritor y la otra bailarina y coreógrafa de danza contemporánea. Creo que no hay que explicar nada más. Menos mal que mi mujer también da clases.

 

Volviendo a su espíritu desafiante, ¿dónde se ha autoimpuesto el listón literario?

Un escritor está toda su vida aprendiendo a escribir, y su estilo mejora y se pule y se perfecciona libro a libro, de modo que cada vez tiene más “oficio”. Lo malo es que la creatividad, en cambio, disminuye con el paso de los años, y por lo tanto es muy difícil superarse una y otra vez. Si algo me he propuesto es ofrecer algo diferente cada vez, al menos en cuanto a la forma y la estructura narrativa.

“Vivir de la literatura no me ha aburguesado, más bien me ha convertido en ama de casa, y eso te roba mucho tiempo”

 

¿Y hasta dónde cree que podrá crecer? ¿sueña con esa gran novela española aún no escrita?

Sí, tengo que reconocer que no escapo a esa aspiración que han sentido tantos escritores (y que a los editores les resulta tan provechosa): la ambición de escribir una gran novela, grande en todos los sentidos: extensión, número de personajes, tramas y subtramas, ambientes… Pero soy un gran escéptico, y creo que eso nunca se consigue cuando vas a por ello, y menos cuando le pones adjetivos a tu proyecto (“española”, “de Barcelona”, “de la post-transición”). Además, el olimpo literario está lleno de obras pequeñas en su extensión, y de relatos que ni siquiera son novelas.

 

¿Cuánto hay de impostura en la mitificación de unos determinados escritores en detrimento del ostracismo al que los especialistas envían a otros colegas?

Sólo el tiempo (el mejor crítico literario que hay) dirá lo que es impostura y lo que es verdadera calidad. Pero eso ni tú ni yo lo veremos. La verdadera partida se juega más arriba, y con otros plazos.

 

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